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lunes, 26 de octubre de 2026

ECONOMÍA VEGANA


El año 1970 la población mundial era de unas 3.600 millones de personas, y la producción de carne para satisfacer a quien podía costearla, de unos 92 millones de toneladas, así como la de peces era de 56 millones. En 2025, con una población humana de 8200 millones, la produccion de carne fue de 387 millones de toneladas y la de peces de 197 millones. No matamos el doble de animales que hace medio siglo según se deriva de esas cuentas, sino muchos más, debido a que se ceban y atrapan animales cada vez más pequeños, somos la sentencia de muerte de las faunas grandes, se crían más pollos que vacas o más sardinas, por ejemplo, que atunes, ello significa más individuas. Se comen y se desechan en el proceso productivo miles de millones de animales más, proporcionalmente a hace cincuenta años y ello tiene que ver con el enriquecimiento de ciertos países a costa del empobrecimiento de otros. El exceso de la oferta y el abaratamiento de los costes de producción son asumidos por los gobiernos con dinero público según nefastas politicas agrícolas globales, genuflexadas a la economía de guerra del usar y tirar, o debido al aumento de intermediarias en el proceso.


La tendencia consumidora tiende a un alza progresiva, ahora que China pasó de los 5 kg anuales de carne por habitante de hace 50 años a los 60 kg actuales, así como su consumo de peces subió de 4 a 40 kg. La tendencia actual sigue subiendo y en aquel país ya se construyen novedosos e impiadosos edificios de 26 pisos para criar hasta 1,2 millones de cerdos anuales en cada uno de ellos. Dentro de los cuales una sola trabajadora se encarga de hasta 2000 cerdos, podemos imaginarnos cuántos mueren por no ser adecuadamente atendidos. Mientrastanto en otros países se instalan inmensas macrogranjas sin control real, ni de contaminación atmosférica, terrestre o hídrica, ni control veterinario mínimo ni de otro tipo, debido a la presión de mantener costes bajos y al cero interés institucional por los animales, generando con ello enfermedades zoonóticas de proporciones y virulencia jamás vistas, pese a las miles de toneladas de productos químicos, hormonas, anabolizantes, antibióticos… con un mercado anual de 57.000 milones de dólares. Para combatir a dichas enfermedades se ejecutan durante cada foco de infección a cientos de millones de animales, y a dicha cifra hay que añadir los millones de animales que acaban en los contenedores para ser incinerados por no soportar las demenciales condiciones de producción. Los animales salvajes también son diezmados, los marinos para hacer harinas de engorde y los terrestres acusados de transmitir alguna de esas enfermedades como las matanzas regulares de jabalíes para satisfacer la avaricia de criadores, o de amenazar supuestamente los cultivos para cebar a esa dantesca cantidad de animales industrializados. El trágico descenso a escala global de miles de especies también es motivado por la expansión humana, el 95% de la fauna amazónica está desapareciendo o desaparecida. Todo ello para que la gente pueda seguir atiborrándose de cadáveres sin más argumento que el del sabor y los 15.000.000 de millones de dólares anuales del mafioso mercado cárnico, así como los más de 600.000 millones de la mafia pesquera, los cuales redundan más en riquezas privadas que sociales. Paradójicamente las ayudas de la UE al sector cárnico por ejemplo, ascienden a 40.000 millones de euros, una cantidad similar se despilfarra en US para subvencionar la producción de explotación animal. Dinero que las veganas pagamos también con nuestros impuestos.


Mientrastanto el grueso de la protección medioambiental y la lucha contra la polución derivada de esas prácticas granjeras ecocidas recae en el erario público, con los inútiles resultados que podemos ver a escala global, en plena Sexta Extinción antropocénica y atravesando sin freno hacia el colapso biótico. Estas actividades productivas consistentes en convertir vidas y belleza en dinero requieren cada vez menos costes debido a la mecanización. La famosa esperanza de que la ciencia todo lo arregle parece ir e dirección opuesta, la casi totalidad de avances científicos son lúdicos y económicos, no redundan en bienestar humano. La tecnocracia arrasa puestos de trabajo, impacto medioambiental, muchísimo más sufrimiento y más víctimas, a lo cual se añade la privatización de los beneficios y la externalización de las pérdidas, un dinero despilfarrado que pagamos tanto carnistas como veganas, insisto.


Un pequeño inciso: cuando hablamos de un millón de toneladas de carne urge concretar que hablamos de unos 370 millones de pollos, dos millones de vacas, 8,5 millones de cerdos o dos mil millones de peces, es decir hablamos de individuas reducidas a su peso, cuyas vidas fueron prematuramente interrumpidas para hacer dinero. Hablamos de toneladas pero hablamos de multitudes de personas asesinadas. Unas cifras deprimentes que no lo serían menos con la ganadería extensiva, la cual es más invasiva aún que la intensiva, porque afecta a más territorio, reduce los paisajes a comida y convierte al lobo, al oso, al zorro y muchos otros animales en alimañas a exterminar por los machos avariciosos que antes llamábamos campesinas, y no mercaderes, como hoy día. No es posible llamarse ecologista sin llevar una dieta vegana.


Si creemos que el veganismo es un movimiento filosófico, una postura ética, una política igualitaria y justa, entonces conviene anteponer estos datos arriba expuestos, el hecho de ser a nivel estratégico, un arma económica. El poder del no consumir es tan poderoso como el de hacerlo. El poder del no por encima del poder del amén. Más que abarrotar el mercado de nuevos productos veganos cada vez más sofisticados, tecnocráticos y desvinculados del término cocina, debemos concentrarnos en el poder de no consumir productos de origen animal, basta con eso. Y no sólo de comida hablo.



Habiendo ropa para las próximas 6 generaciones humanas, comprarla
nueva es ecocida, atenta contra los derechos humanos, la naturaleza y los animales, porque TODO consumo y proceso de producción atenta contra los animales por activo y pasivo. Viajar en avión de un modo habitual financia los millones de hectáreas de naturaleza asfaltadas y hormigonadas para aeropuertos e infraestructuras turísticas, derivando a su vez en millones de animales y especies enteras perdiendo su hábitat. El Tren Maya en México se llevó por delante a 7000 Ha de selva. No sólo el cultivo de soja o maíz transgénico deforesta el mundo. El veganismo NO es una dieta, sino una barricada.


Comprar aceite de palma siendo 100% vegetal no es vegano por la pérdida de hábitats de cientos de especies en el sureste asiático. Sólo se menciona al orangután pues el antropocentrismo prefiere a uno de los 4 grandes primates pero otras especies en riesgo de extinción mueren en los cultivos de palma. Y quien dice palma, dice aguacate, para el cual se arrasan y deshidratan regiones mexicanas, Y quien dice aguacate dice pistacho, un kilo del cual necesita 8 toneladas de agua que pertenecen a cientos es especies animales. Sí, todo consumo afecta a los animales, podemos consumir menos y mejor. El veganismo es una postura, una filosofía, una práctica ,etc, pero esas cualidades no tienen como fín ensalzar la figura de la vegana ni del veganismo, sino iniciar un proceso de pensamiento y actuación que abarque toda la dimensión del problema, y ese problema es el hecho de apoyar innecesaria e indirectamente la explotación animal.


Por lo tanto el veganismo es ante todo economía, porque la explotación animal no surge ni sucede sola, sino que existe gracias y para el lucro a costa de los animales. Todos los pretextos de tradición, costumbre, historia, sabor incluso, se pulverizan ante el hecho de que el motor del especismo es el dinero. No podemos erradicar la matanza de animales sólo por nuestra conducta individual, pero no hay otro modo aparte de las protestas, la presión política y el proselitismo. Podemos eliminar los hábitos superfluos que supongan consumo. No se trata de volver a las cavernas, sino de lograr que el colapso inminente no nos mande a ellas. O a la extinción.


Gran parte de las pérdidas derivadas de un menor consumo de productos de origen animal son recompensadas por los gobiernos, la industria de la explotación animal es deficitaria porque no contempla todos los desastres humanos y medioambientales de su comportamiento, invaluables, la hipoteca del futuro inmediato, la calidad del aire y el agua, etc. Por todo ello los productos de origen animal y los superfluos en general deberían estar grabados con impuestos como los del tabaco, el alcohol y otros productos absurdos e innecesarios, para compensar el daño a los ecosistemas, por el daño a la salud y por el despilfarro de energía y agua. Si estos impuestos se aplicaran un filete de carne costaría 10 veces más, de manera que sólo las personas más pudientes podrían costeárselo, como adornarse con pieles animales (cuyo curtido usa 7 veces más químicos que los tejidos vegetales), entonces sería más fácil eliminar la industria.


Los incendios y la deforestación que cada año devastan el planeta entero y esquilman las economías nacionales tienen una culpable importante directa: la explotación animal, tanto la ganadería intensiva como la extensiva, necesitada de más y más pastos. La sobreproducción mundial de alimentos es otra causa, el modelo capitalista se impone sobre las necesidades de la gente, colapsando con su superdemanda una oferta desigual en abundancia, exagerada para los países donde hay dinero e insuficiente para aquellos países que conviene mantener en la miseria y la hambruna letal. La agricultura es un mercado, un puro negocio al márgen de las necesidades reales, no un modo de garantizar nutricion humana. Millones de personas mueren por déficit alimentario y millones por su exceso. El consumo de productos de origen animal provoca docenas de enfermedades cardiovasculares y cánceres.

El dinero no es para gastarlo, el dinero es una herramienta, y nada más. Somos animales económicos, prevenimos el frío y acumulamos comida para la escasez invernal, es racional. Lo irracional es un capitalismo atrofiado y antinatural que garantiza sobreproducción y sobredisposición de recursos (a costa de un ingente despilfarro y desechado de millones de toneladas de comida anualmente, cuenta la cual incluye millones de seres sintientes y conscientes), y que nos promete que tendremos siempre acceso a mucho de todo, bajo la condición de que tengamos dinero, todo bajo el chantaje de que vendamos nuestro tiempo vital y consumamos nuestras energías y salud en conseguir dinero. El dinero es tiempo de vida que no vivimos, por eso hay que valorarlo. Vivamos el momento, pero no entendamos ese vivir en consumir, porque toda la riqueza que tenemos de más, significa expolio a la naturaleza y a sus habitantes. Cada euro que va a la Sanidad o la Educación incluso, ha salido del ecocidio al que sometemos al planeta, la riqueza material no surge de la nada, sino de la barbarie.


Las tribus nativas practican cultos antiguos consistentes en adorar ríos, lluvias y montañas. Una montaña es algo inerte, algo sin poder aparente sobre el planeta y las civilizaciones, pero esa montaña vive, medra, se mueve, vibra, filtra lluvia y la conduce por cauces invisibles hacia arroyos, fuentes y riachuelos o ríos, las cuales abastecen de agua a ecosistemas, prados, bosques, a miles de animales y a la propia tribu. Venerar a una montaña, considerándola sagrada es una adoración inteligente, quizás innecesaria en tanto al rito, pero que centra su objetivo en la vida. Es una adoración pragmática. La religión católica llama ¨paganos¨ a los demás cultos. Es una religión hecha por y para el ser humano, miope respecto a las condiciones bióticas que nos hacen posible, megalómana y narcisista, donde el ser humano es principio y fín, y sólo actúa como usufructuaria y dueña de la montaña. La montaña es una cosa. Las religiones masivas adoran la muerte. La montaña no tiene muchas oportunidades con ellas. Discúlpenme, entonces, que yo prefiera adorar a la montaña, al árbol, a los animales.



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