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domingo, 29 de marzo de 2026

ARTIFICIAL, NO INTELIGENTE

 

En diciembre del pasado 2025 la conocida revista Time, declaró que su ¨Persona del Año¨ era ¨LOs arquitectos de la Inteligencia Artificial¨, no refiriéndose a LOs hombres que la diseñaron -según presupone el rancio patriarcal genérico de la revista-, sino también a las mujeres, de lo cual desprendemos que las creadoras femeninas de la IA son casi tan inteligentes y personas como los hombres… Sarcasmos aparte, el hecho de declarar sin vergüenza que un colectivo humano puede ser una persona, al igual que en jurisprudencia una empresa en abstracto puede ser una persona jurídica, y al mismo tiempo negar esa condición a seres que sí son personas (como todos y cada uno de los animales del planeta), dice mucho de la capacidad humana. Y no sólo la de la revista Time, sino de billones de personas humanas que en el mundo consideran a los animales cosas, seres vivos en el más generoso de los casos, pero jamás personas.

En ningún caso podría calificarse a la IA como persona, como una entidad única e irrepetible, sino apenas como un amasijo de información idéntica a otro amasijo de información fabricada un minuto antes o un minuto después en la misma línea de montaje. Una cosa cualificada por sí misma y por quien la construye, diseñada para autodefinirse por quien la proyectó y por la postverdad imperante (la cual podríamos llamar paraverdad) como alguien verosimil y omnisapiente que responde a todas las preguntas que se la hagan. Esa seguridad incluye los multitudinarios y sistemáticos casos en que la IA afirma erróneamente, o confirma en base a sus conclusiones falsas, emite hipótesis como si fueran verdades o, simplemente, miente. La IA no es una ¨máquina pensante¨, como afirma el Time, dado que no piensa en el sentido estricto, y mucho menos es una persona, del mismo modo que no es persona un cuaderno abarrotado de complejos datos, la biblia, los miles de tomos de códigos civiles y penales o los de física cuántica, sino meros centros de información volcada, cajas llenas de cosas. La IA no improvisa, no duda, no posee un pensamiento abstracto, no genera información, no contextualiza, no se aventura a especular, no emite teorías propias, no llora a una niña muerta, no toma caminos ajenos a los que la han indicado, no recapacita, una IA no se diferencia de otra IA (base empírica de la impersonalidad), y un largo etcétera de comportamientos que no son tales, sino consecuencias, consecuciones acumulativas de datos. Llamar a una IA inteligencia es como denominar persona a una piedra, aludiendo a la diversidad de minerales que la conforman, su evolución formal, su historia geológica o el valor monetario que la hayamos dado. La IA no crea, no toma rumbos imprevisibles o inacordes a una linea de actuación trazada previamente. No está sujeta a pasiones y rebeldías propias del pensamiento, modificaciones abstractas y aleatorias de dirección y sentido de actuación, en definitiva no sabe más que lo que queramos que sepa, está muerta en todos los sentidos de la palabra. No acierta ni se equivoca, sólo expele resultados que satisfacen a personas demasiado perezosas para hallar caminos de análisis y conclusión que requieran tiempo y esfuerzo racional. La IA no soluciona nada, sino que es otro mecanismo tecnócrata de desapego de la creatividad, y que hacen del ser humano un ente cada vez menos resolutivo ante situaciones sin precedentes y sin archivo al respecto. La IA es incapaz de afrontar situaciones drásticas novedosas por eso no son inteligencia en sí misma. Cualquier cucharacha, en sus 350 millones de años de evolución, ha creado mecanismos de inteligencia propia, resolutividad y personalidad más sofisticados que una IA.

Los animales, en cambio, sí somos personas, y por lo tanto somos valiosas en nuestra unicidad neuronal y conductual, somos absolutamente únicas e irrepetibles, incluso creadas en un ambiente idéntico al de otras y sometidas a las mismas experiencias. Un ordenador dañado podrá ser retirado e incluso destruidos sin el menor riesgo de pérdida ética, sólo material, sin menoscabo ni lágrima alguna, no obstante un cerdo degollado supone el trágico fin de un universo que jamás existió antes y jamás podrá volver a existir, un fenómeno extraordinario, atípico y sin igual. El fín de un universo en sí mismo para capricho del sabor delata la profunda mediocridad y la más flagrante banalidad del mal. La gente come milagros, excepcionalidades, seres singulares, sin el menor atisbo de conciencia de lo que hace.

Escoltada bajo el griterío del avance tecnológico y un supuesto progreso sin consulta ciudadana, la IA supone una invasión en todas nuestras disciplinas, en la gestión de la sociedad, y en la eliminación de millones de puestos laborales. A escala global la IA consume 21 millones de toneladas de agua potable para refrigerar los servidores, de las cuales un 30 % se evapora y el resto se desecha o hay que potabilizarla de nuevo mediante un consumo enorme de energía añadido. En un mundo donde la escasez de ese casi sagrado fluído imprescindible para la vida mata a millones de personas humanas y no humanas cada año, se antepone el uso mayoritariamente lúdico y venial de la IA. Ese consumo va in crescendo por semanas, por meses, eliminando paralelamente la capacidad de juicio, la iniciativa para buscar respuestas de diferentes fuentes contrastables, simplificando la inteligencia humana y arrodillándola a otras nuevas posibilidades de error. Porque nosotras podemos recapacitar y corregirnos, la IA no. La estupidez de la máquina sólo puede ser adorada por la estupidez humana. Las defensoras de la IA no ven nada malo tampoco en el calentamiento global, el consumo de proteína animal o viajar, situaciones ecocidas que lamentablemente son legales, permitidas y promovidas en el mundo contemporáneo, pese al impacto mortal y lesivo para la Tierra. La IA existe por encima de la ecología, la IA vive como nosotras mismas vivimos por encima de las posibilidades del planeta.

Otra aplicación que vulnera los derechos humanos es una IA aplicada en cámaras de control en las calles, e incluso en gafas que hacen una lectura facial de cuanta gente se encuentre casualmente por la calle, aportando muchos datos personales sobre esa persona, en detrimento de su derecho a la intimidad. La IA empìeza a controlar -de momento bajo supervisión humana- aspectos cruciales de la vida en la sociedad, no sólo se usa para técnicas militares y de control, sino para regular el tráfico con cámaras, sensores y algoritmos, seleccionar personal de trabajo, abastecimiento de electricidad y agua a los hogares,… y poco a poco irá suplantando a los seres humanos en los aspectos más incómodos de sus vidas, como hizo la revolución industrial y la mecanización masiva del trabajo. La destrucción de la naturaleza, los mataderos, las granjas de producción de animales… todo será en poco tiempo sustituido por impersonales cajas de datos. ¿Cuál será entonces nuestra función? ¿Sobrará quien creó a la creación? Y, sobretodo ¿con qué derecho podremos o no culpar a las máquinas?.

A día de hoy está sucediendo que resulta a veces practicamente imposible diferenciar imágenes reales de aquellas generadas por IA, no hay una regulación que obligue a identificar una imagen hecha artificialmente de una real, de manera que por lo pronto urge legislar su uso y distribución. Se están haciendo videos porno con la cabeza de personas reales incrustadas en otros cuerpos como modo de venganzas, bullying y chantajes. La IA entonces es YA usada como un arma, cuya autoría y diseño genera mucha admiración y orgullo en quien la proyectó, así como en muchas de sus usuarias, la pregunta que cabe hacerse es ¿es necesaria, o sólo otra chuchería comercial sin aplicaciones realmente positivas y exenta de daños a terceras personas?. Ya entrando en materia animalista, en proselitismo de los derechos animales, me pregunto qué ventaja tiene recrear artificialmente imágenes de un mono abrazando a un burro, águilas que adoptan gatitos y los cobijan bajo sus alas, unicornios que cocinan macarrones… ¿qué aporta a la lucha animalista?. Los animales son capaces de proezas increibles, de muestras de afecto realmente tiernas y de asociaciones, sinergias, ayuda mutua y cooperación que nada envidiarían al ser humano, llevan en ello decenas de millones de años, y del mismo modo que son capaces de volar a 300 km/h, poner millones de huevos, resistir temperaturas extremas o dar saltos que multiplican por 100 los de un ser humano, ello no significa que deban hacerlo cuando nos apetezca ver un video sobre eso, porque así convertimos a los animales en sujetos de obligatoriedad para con nosotras, obedientes al capricho humano, serviles a nuestro antojo de sorpresa y entretenimiento como en los zoos las visitantes van a ver a animales ¨haciendo algo¨, como juguetes.

Un ejemplo de juguetización es lo sucedido en febrero de esta año con un macaco juvenil que llamaron Punch encerrado en el zoo de Ichikawa, en Japón, el cual fue rechazado por su madre cuando pequeño y buscó en otras monas del recinto el afecto perdido. Es un comportamiento habitual en estos primates, y la solución evolutiva siempre fue que se adopte de manera colectiva como parte de un proceso de cohesión grupal. Mientras ello sucedía ofrecieron a Punch un peluche al cual se abrazó de inmediato como un sustitutivo provisional con el cual calmar su honda necesidad de recibir ternura, aunque pasaba tiempo con un cuidador-trabajador del parque. Las redes y medios viralizaron la imagen de dos juguetes que todo el mundo quería abrazar, adoptar, poseer, provocando masivas colas de entrada al zoológico, que no es otra cosa que una cárcel. La gente sigue teniendo una visión infantiloide de los animales, y se adjudican un carácter tutelar supremacista. No hay instinto protector en este caso, sino cosificación del animal para atarlo a las necesidades emocionales personales. El animal ¨de compañía¨ como objeto emocional.


Similar a ese esclavo emocional se presenta la IA en la pelicula HER, con Joaquin Phoenix. Una IA capaz de satisfacer las necesidades emocionales y afectivas de la gente, una entidad ausente que responde a todas nuestras exigencias siempre y cuando esas exigencias sean superficiales y sin personalidad, y o requieran responsabilidad mutua. La IA no piensa, sólo ejecuta y busca respuestas que quien la diseñó consideró oportunas. Una IA no es empática, pero a menudo en la sociedad actual no se busca la verdad, sino un placebo provisional que calme el hambre de saber y sentir. Una IA no puede sustituir a nadie, del mismo modo que una hija no es la proyección de una madre o un padre, como corredoras a quien pasar el testigo de relevo en la carrera que queríamos, no es una continuación de un apellido, una obligatoriedad genética, sino que es un ser único e irrepetible. En la misma línea de pensamiento, un lechón no es alguien obligado a seguir el camino de dolor y sangre que designaron para su madre, ni alguien a quien someter a nuestras expectativas. Todas somos personas, a diferencia de los conglomerados de bits, datos, frecuencias, algoritmos, etc.


La Naturaleza es sin duda como un gran ordenador el cual posee la capacidad de errar, de recrearse en ese error y eliminarlo después o convertirlo -con un millón de años más- en otro ser, otra planta, otro fenómeno atmosférico, otra longitud de onda… No necesita acción u omisión ajena, vuelca, se alza, se hunde y se retuerce sobre sí misma usando los materiales de que dispone, es fecunda y creativa hasta niveles que desconocemos por completo. Los animales y la vida en general somos éxitos, provisionales pero perfectos en nuestra efímeridad. Lo que llamamos Inteligencia es algo más profundo y dependiente de responsabilidad de uso que una mera acumulación de datos dictando acciones y pensamientos; la inteligencia requiere valores, emocionalidad, noción de comunidad y bien dentro de parámetros vitales y de preservación de la vida.


Una vez preguntaron a una IA cuál sería la solución a todos los problemas medioambientales causados por nuestra especie y ella respondió que extinguirnos era esa solución. Razón no la faltaba, una razón matemática y exponencial, pero sin corazón. Si conocemos el problema debemos aplicar la solución aunque no sea rentable, aunque no la hayamos probado antes, aunque contradiga las lógicas de mercado, comodidad o supremacismo con que oprimimos a la naturaleza y sus criaturas. Por todas las especies que extinguimos e incluso por nosotras mismas, dejemos que la bondad y el deseo de la vida sean nuestra Inteligencia Natural.








miércoles, 11 de febrero de 2026

NO LO LLAMES VIDA




Unos días antes. Mamá me canta nanas cuando pataleo, nervioso por nacer, contagiando la emoción a mis doce hermanas, sumadas ya al bailecito dentro de la panza. Yo aún no sé qué es la vida exterior, pero mi necesidad de movimiento me hace correr sin poder correr, imagino prados que nunca he visto y dormir a la sombra de árboles que no sé qué son. Mi memoria genética me anuncia un sol que nunca me iluminó, un espacio amable de aire y flores. Soy la vida premeditada y expectante, un festival de células, neuronas y emociones. De momento aquí todo es calentito y cómodo, el tambor del corazón de mamá es una música arrulladora. Estoy impaciente por lo que vendrá. ¿Cómo será de blanca la luna y de agudo el canto del jilguero? ¿a qué sabe la primavera que aún no conozco?...


Día primero. Nacer fue el frío, no lo recuerdo, lo sentí, mamá está a mi lado, el suelo es duro y frío. Tengo frío. Busco a mamá oliéndola, su contacto, su piel, su olor, el retumbar reconfortante de su corazón que ya es uno diferente al mío, camino a sus pezones guiado por el hambre. Soy un cerdo recién nacido, el suelo es frío y duro, pero estoy con mamá. Una vez saciado de leche calentita me duermo, así será unos días, hasta que empiece a correr con mis hermanos. Creo que mamá no corre con nosotros por la jaula que rodea literalmente su cuerpo y con la cual constantemente se topa e impide que pueda girarse incluso, a veces al tumbarse para amamantarnos atrapa a uno de mis hermanos con un barrote, o sobre él porque carece de la posibilidad de tener cuidado con aplastarnos si no nos ve, y si se hiere o rompe los huesos y no puede caminar, la gente que trabaja en la granja lo reventará contra el suelo y morirá rápido, chillando, o tardará unos minutos, u horas, agonizando en el contenedor, nunca se sabe. Lo veremos patear apagándose sin entender que eso es la muerte. A ellas no las importa. Mamá nos sigue cantando roncas nanas cuando mamamos, el terror se calma por unas horas.


Día sexto. El olor en la sala es hediondo, viene la gente que trabaja aquí y nos agarran de las patas traseras, arrancándonos los colmillos con unas alicates, nos cortan el rabo con unas tijeras y los testículos con una cuchilla, sin anestesia, no hay tiempo. El dolor es insoportable, nunca antes había experimentado algo así, todo mi cuerpo convulsiona, chillo en vano, nadie atiende mi queja, el dolor entra en mi cabeza, pero sólo es el principio de mi miedo. Mi natural afecto por los seres humanos se convierte en terror y desconfianza de inmediato. Soy un ser aterrorizado y lo seré el resto de mi corta vida. Tendré frío el resto de mi miserable vida.


Día vigésimoquinto. Algunos de mis hermanos han muerto, debilitados por las condiciones higiénicas. Se han llevado a mis hermanas, a algunas las espera el mismo destino que a mi madre, comer, parir y ser matadas cuando dejen de ser tan productivas, o quizás algunas sufran prolapsos vaginales y de cérvix y entonces las llevan al matadero. Pero la mayoría se venderán para ser comidas por la gente, que sonreirá indecentemente mientras mastica nuestros pequeñísimos cuerpos. Nos llaman lechones porque aún mamamos de la leche de mamá. Somos niños, indefensos, desvalidos, tremendamente frágiles. Bebés.


Día vigésimocuarto. La mamá del box de al lado ha muerto, comió una rata envenenada por los raticidas que se ponen en los rincones de la sala de parto, decenas de ratones mueren cada semana. Nos divierte verlos pasar inquietos y excitados, quisiéramos jugar con ellos. Si la abrieran su carne sería azul. Unas trabajadoras se la llevan junto a todos sus hijos, incapaces de sobrevivir sin ella. Sus cuerpecitos son estrellados como muñecas contra paredes y suelos, los afortunados morirán enseguida, otros patalean, pisoteados hasta que sus cabezas crujen. Tirarán a la cerda al contenedor y encima de ella a todos sus hijos. Alguno quizás respire con un hilo de aire como última frase, como todo epitafio de tan cortísima vida...


Día vigesimoctavo. Han venido en grupo y nos han metido a golpes tirándonos en cajas, nos han separado a todos de mamá. Mamá grita, se queja, nos llama. Llamamos a mamá desesperados. Nunca la volveremos a ver. Adiós, mamá, te quiero mucho. Tengo todo el frío del mundo.


a trigésimo: Nos han llevado a unos cuartos desnudos de hormigón, tan fríos y duros como el lugar donde nací. El sabor de la leche de mamá se perdió, ahora comemos deseperadamente por el estrés una masa rara y amorfa horrible. Nos pinchan en el cuello boca abajo, obligados a comer y defecar en el mismo lugar, es asqueroso, nadie haría eso ¿por qué nos lo hacen?. Tratamos de entender qué hicimos mal, qué culpa tenemos de este castigo. Nos echan agua a presión para limpiarnos y limpiar el suelo. Nos movemos asustados de un lugar a otro. Nos quedamos paralizados en rincones. He perdido a casi mis hermanos y nos han mezclado con otros, en algunos crecen tumores enormes como cabezas, heridas sangrantes, bultos inflados y enrojecidos de pus, cortes y hematomas de golpes y patadas del personal de la granja. A menudo nos golpean con barras porque sí. Ayer murieron dos de mis hermanos, a uno se lo llevaron medio comido, al otro lo tiraron al contenedor. Es el insoportable estrés que sufrimos. Mamá ¿dónde estás?


Día centésimo: frustración, aburrimiento, encierro, no hay nada más aquí. Algunos de nosotros mostramos signos de demencia, moviéndonos en círculos, golpeándonos contra las paredes de hormigón, balanceando la cabeza de arriba a abajo y de derecha a izquierda, nos muerden el rabo y las orejas, creo que nos estamos volviendo locos. Nos mordemos las patas hasta sangrar. No estamos volviendo locos.


Día tricentésimo. La semana pasada se pararon los ventiladores de la sala de engorde, apenas duró unos minutos, pero el hedor se hizo insoportable. El amoníaco, el dióxido de carbono y la humedad asfixiante causó apneas y convulsiones en algunos de mis compañeros. Cinco murieron. Si no llegan a reparar la avería enseguida, hubiéramos muerto todos ahogados.


Día quincuagésimo. Dicen que los cerdos vivimos. Es insultantemente generoso llamar vida a esto. Dermatitis exudativa, cánceres, lesiones físicas del enclaustramiento, infecciones de excrementos en heridas, disentería, coccidiosis, parvovirus y muchas otras dolencias obligan a vacunarnos una y otra vez. Golpes, agua a presión, oscuridad y un aire fétido. La existencia más brutal que se pueda imaginar. Podríamos vivir hasta 20 años, pero la muerte prematura nos ejecuta con 6 meses. Es el equivalente a matar a niñas humanas de dos años de edad. El infanticidio como la pederastia, es considerar a las infancias como carne de consumo, gastronómica o sexual.


Día sexagentésimo. Hay mucho ruido. Nos obligan a movernos rápido fuera de los boxes, por pasillos, nos conducen a golpes y gritos. Nos golpean en las rodillas para que no haya hematomas en la carne y el cliente no se queje. Nos azuzan hasta conducirnos a camiones. El aire fuera de las salas duele de lo puro que es. Estamos viendo el sol. Estamos viendo árboles. ¿Era eso la vida?.



Día sexagentésimo primero. Nos han llevado durante horas en una caja metálica que no paraba de moverse. He visto el sol, he aspirado olores, muchos olores, todos eran diferentes y maravillosos. No sé cuánto tiempo hemos estado así. Todos aquí son extraños, sólo uno de mis hermanos ha permanecido en la caja y me he pegado a él, para consolarnos. Tenemos miedo, todo el posible. Murmuramos el nombre de mamá una y otra vez. La caja metálica ha parado y han abierto una puerta trasera. Nos gritan y empujan y nos asustan mucho. Un compañero se ha caído y roto las patas traseras, lo han arrastrado con cuerdas hasta afuera y le han disparado en la cabeza. Lo han dejado pataleando unos minutos y luego se ha quedado quieto y se lo han llevado colgando de unos ganchos para despedazarlo. Al resto nos obligan a pasar por pasillos interminables. Nos separan en fila, El aire hiede a sangre, a vísceras, a huesos seccionados. Uno tras otro delante mío van desapareciendo tras una pared metálica. Estoy paralizado de miedo. Llega mi turno. Me empujan a un habitáculo muy estrecho. Alguien me sujeta la cabeza con una especie de pinza y un infierno como un martillazo eléctrico abrasador se desata en mi cerebro, todo explota, todo se pierde. Me derrumbo sin control sobre el suelo, mis recuerdos se difuminan. ¿Mamá, dónde estás?. Quédate conmigo, mamá. Siento cómo me alzan de las patas traseras, noto un agudo dolor en los tobillos, me alzan y me meten en agua hirviendo, sigo vivo, me convulsiono, la catarsis de todos los dolores cubre mi piel encendida y mis nervios quemados. Mis extremidades, mis órganos sucumben y esa última conciencia apagándose por fín, como un liberación de todo este horror. Mamá, ya voy contigo. Mamá ya estoy contigo.



No habrá flores tras de mí, ni lunas que contemplar, ni ratoncitos con los cuales jugar, no hay arcoiris, ni puentes ni un lugar mejor, mi cuerpo será despedazado por los inmundos horribles canibales y yo habré perdido la única oportunidad que tuve de vivir. Pude haber vivido, pero lo que tuve no puedo llamarlo vida.


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En TODAS las granjas de CUALQUIER especie criada para consumo se vulneran los reglamentos de salubridad, ¨bienestar¨ animal, bioseguridad, ética básica y estándares de los mejores protocolos de humanitarismo, los más avanzados. Por desidia, por ahorro, por ineptitud, por desprecio, por negligencia, por imbecilidad, por incapacidad. Las normativas no son más que placebos no destinados a minimizar el sufrimiento animal, sino a satisfacer los cargos de conciencia de una humanidad degenerada, con eufemismos baratos como gallinas ¨felices¨. En TO-DAS las granjas. La mitad de los cerdos son hervidos vivos en el matadero. Las vacas tiemblan cuando cuelgan bocaabajo en los ganchos y un vivísimo dolor les desgarra los tendones de los tobillos. Millones de animales llegan minusválidos o con algún tipo de traumatismo al matadero. Miles de vacas tienen fetos dentro en el momento de carnificarlas. El animal nonato es degollado de inmediato. Las madres cerdas son obligadas a parir una y otra vez y otra vez, 2,4 partos al año y tras un máximo de 7 alumbramientos son ejecutadas para carnificarse al pequeño tamaño de las bocas humanas, más grande que su conciencia. Las hembras en la explotación animal sirven para lo que sirven las mujeres al fundamentalismo religioso y al consevadurismo macho, para ser madres, el sentido de su existencia es ese y no otro. Una visión profunda y repugnantemente patriarcal que constriñe y cosifica a las personas a sus posibilidades y a su rendimiento.


Según Igualdad Animal, las siete estrategias de lavado de imagen de la industria cárnica es culpar al personal aisladamente como una excepción atípica en el proceso, culpar a la granja como mal ejemplo infrecuente, llamar a casos notorios ¨incidentes aislados¨, señalar a quien publica imágenes de estos cotidianos sucesos (por cada caso documentado hay un millón ocultos), asumir el error infantilmente y jurar que no se repetirá, desviar la atención con imágenes preparadas o situaciones cosméticas de granjas ¨que funcionan bien como la mayoría¨ y finalmente perseguir judicialmente a quien expone sus crímenes. Todo cuanto dicen es mentira, toda la publicidad de una buena explotación animal es mentira.


En Europa la mortalidad porcina durante el proceso de nacimiento hasta la carnificación es hasta del 20%, es decir que 38 de los 140 millones de cerdos son arrojados a la basura cada año, triturados para abono, incinerados o… nunca se sabe. Su vida es basura. No podemos llamar vida a esa experiencia que sufren para el capricho fascista de la gente. No podemos permitir que la sociedad gire entorno al infantil Me gusta o No me gusta individual de la gente, nuestra naturaleza criminal siempre haya el modo de aflorar.


Urge la prohibición de la cría, urge la prohibición del consumo de carne y de explotación animal.