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viernes, 21 de agosto de 2026

MATAR A UNA GOLONDRINA

Tendría unos 15 años de edad cuando leí Matar un Ruiseñor, novela ligera y popular de la biblioteca familiar, su escritora Harper Lee decía en su libro escrito en 1960 «Dispara a todos los grajos que quieras, si puedes acertarles, pero recuerda que es pecado matar a un ruiseñor». La idea de la obra establece un paralelismo entre los ruiseñores y las personas humanas indefensas, y hay que leerlo para entender la dimensión de esto que apunto. Obviamente hay una disonancia cognitiva cuando anima a matar grajos -y aquello que tal vez la comprensión o el interés de cada cual entienda por grajos, una vez trasladado a la esfera humana-, y desde luego está muy lejos de ser una obra siquiera protoanimalista, pero no deja de conmover el sesgo de profunda culpa y de tragedia en el acto de matar a un ruiseñor. Las historiadoras narran que en los famosos banquetes que precedieron la maravillosa caida del Imperio Romano, entre cientos de excentricidades y crímenes cometidos por el desquicie de aquel poder, se encontraba el servir fritas en bandeja lenguas de ruiseñores, bosques enteros eran aniquilados para el capricho de psicópatas. No hubo gloria alguna en aquella época, sólo una dictadura más.


Cada año los ruiseñores me cantan nanas cuando me acuesto en primavera y verano por la noche. Cantan toda la noche, hasta pasada la madrugada, conversan entre los árboles de la turbera y el hayedo a un centenar de metros con su politonal silbido lleno de notas. Son persistentes pero también dulces, por eso no me desvelan en absoluto, sino me arrullan. Aunque no quiero hablar de ruiseñores, sino de golondrinas. Concretamente de la Hirundo rustica, una de las 88 especies que existen.


Con una esperanza de vida de 5 años, cada año las golondrinas regresan a La Casa de las Ranas después de haber hecho un increible viaje de 8 o 9000 kms desde su África subsahariana hibernal, en grupos de miles y volando de 400 a 900 kilómetros diarios. Son animales insectívoros estrictos y necesitan mucha cantidad de sol y calor para conseguir su comida; de hecho su metabolismo es tan rápido que de no comer constantemente morirían en pocas horas. Pasan el 80% del tiempo volando y rasean vertiginosamente a 70 km/h el prado salvaje, los árboles, sobre los animales, por la mañana, al atardecer y antes y después de la lluvia, llenándose la panza, o constantemente si se hallan criando. Los machos son más impacientes y, como este año, llegaron cuando aún el calor no lo había hecho, debido probablemente al cambio climático y esperando a sus compañeras en el parque de las aves, a unos metros de los nidos del año pasado desesperados por el reencuentro, pletóricos ante la expectativa de verse de nuevo. Las hembras aparecen una o dos semanas más tarde. Probablemente llegan antes para cerciorarse del estado de los nidos dejados, por si hiciera falta repararlos.


Tras varios intentos fallidos, hace años lograron afirmar un nido en el vértice del tejado de la casa de madera, dirección este, y ocupan el anterior hecho en la cornisa norte de la casa grande. Este año han consolidado un segundo nido y hecho incluso un tercero. Ojalá algún día cubran de nidos toda la cornisa, calculo que cabrían 20 o más, sin problema. No existe aparente dimorfismo sexual entre machos y hembras, pero ellas eligen a los machos al parecer por tener sus colas horquilladas y sus alas un poco más largas, se aparean volando y cuando una pareja -monógama de por vida- acaba de criar y los volantones se hacen juveniles e independientes -según he observado- todas ellas cooperan para alimentar a los pollos de otras nidadas más tardías, de manera que fácilmente veo desde la ventana de la cocina hasta 30 golondrinas enfebrecidas por lograr alimento, o posadas descansando, gritándose. Se juntan en las vigas del porche de las alas este y oeste los volantones que recién abandonaron el seguridad del nido, chirriando vigorosas, alegres y politonales, reafirmándose en la vida segundos antes de convertirse en aire. Sus acrobacias y maestría en el vuelo de gran velocidad se convierten en un fascinante alarde de aerodinámica cuando recurren a su capacidad de aunar esfuerzos para espantar a cualquier posible peligro. Las he visto ahuyentar urracas, cuervos, gavilanes, azores y hasta pigargos, el águila más grande de Europa y la cuarta más grande del mundo, las cuales a veces frecuentan los alrededores. Un ave de apenas 20 gramos se enfrenta valientemente a otra que la supera en 300 veces su peso. No hay mejor definición del valor. Las golondrinas son livianas aves resistentes y frágiles al tiempo, lujos del oxígeno, excesos de la vida.



Sus nidos son hermosas obras de alfarería y puntillismo, anfiteatros formados por cientos de hasta mil bolitas de barro y hierba seca. Las veo acarrear lana de las ovejas y crines de las yeguas para hacerlos más cómodos y cálidos. En agosto hicieron una última nidada sobre la ventana de la cocina y si se ¨manchó¨ el alféizar por la limpieza del nido por parte de las adultas, pues se secaron los excrementos y cayeron sólos, no son molestos. Es delicioso verlas tras el cristal a escaso metro y medio, observar sus ojitos, su inquietud, su vivacidad. Han encontrado en La Casa de las Ranas un espacio seguro donde nubes de insectos sobrevuelan el herbazal, y con ellos las condiciones ideales para acometer varias nidadas de varios polluelos cada año. Sus nidos están protegidos en toda Europa con multas por destrucción o reubicación de entre 3 y 200.000 euros. Las infames y famosas sopas chinas de ¨nido de golondrina¨ en realidad son de una especie de vencejo que usa únicamente su propia saliva para construirlo, no de nuestra Hirundo rustica, aunque no por ello deja de ser lamentable, como toda la comida hecha con animales, o sus restos.


Se calcula que la población mundial de golondrinas no llega a 200 millones de ellas, aunque existe una tendencia global decreciente. El uso masivo de pesticidas vomitado por ese agronegocio llamado falazmente ¨campesinado¨ es directamente responsable de la Sexta Extinción de insectos a escala mundial, de modo que cientos de miles de especies insectívoras también están amenazadas por el modelo de avaricia referente a la explotación de la tierra bajo el subterfugio de alimentarnos. Algunos murciélagos se alimentan de golondrinas y las urracas depredan sus nidos, pero por lo general no es un ave que entre en la dieta de otras. No se conocen otros peligros trágicos para las golondrinas, ni siquiera los aerogeneradores eólicos (los cuales matan a un millón de murciélagos anualmente y cientos de miles de otras aves), ni depredadores sistemáticos, sólo la falta de insectos provocada por los letales agroquímicos. Una posible extinción de las golondrinas estaría directamente relacionada con el ser humano.


Hace siglos, antes de la moda del tatuaje estético, los marineros ingleses imprimían en su piel ¨Las Tres Golondrinas¨ al recorrer 15000 millas. Cada una de ellas significaba 5000 millas náuticas recorridas y con ella suponía su vuelta a casa. Las tres golondrinas equivalían a los símbolos de Lealtad, Libertad y Regreso.


Justo cuando estaba escribiendo este texto una golondrina ha entrado por la ventana del taller y ha dado unas vueltas por la habitación. No es la primera vez ni será la última, cada año sucede, entran curiosas, se paran en una barra de la cortina quizás y me miran. Son capaces de reconocer a seres humanos, de manera que a este que las mira maravillada por la ventana o en el campo lo conocen bien. Me saludan con su confianza y salen de nuevo. Cuanto más fascinante es la belleza, más modos y motivos diseña el ser humano para destruirla, es la envidia original, la mezquindad de nuestra naturaleza, aunque no haya ni haya habido jamás imperativo alguno para matar animales. Todos esos asesinatos por supuestas necesidades humanas que se cometen, son impagables deudas que contraemos, el equivalente a matar ruiseñores o matar golondrinas, actos miserables que nos condenan a la degradación y al oprobio. No hay multa, ni castigo que compense ni justifique la muerte de un cerdo, una vaca, un pez o una golondrina, todos los animales poseen la gracia absoluta, y depende lamentablemente de cada una de nosotras no cometer esos crímenes. Ni siquiera las leyes más duras pueden evitar que los hombres maten y violen mujeres y niñas cada día, excusándose en pasiones, creencias, emociones, caprichos, nada puede detener la profunda bajeza de los hombres. Sólo tenemos el proselitismo y la educación para evitarlo y nunca lo logramos, tal vez sólo queda la extinción para detenernos, y ello dice mucho de qué tipo de animales menores somos.


Los animales que cuidamos no precisan deshojar margaritas para testar el amor. No hay riesgo alguno de que ese sentimiento auténtico caduque o amaine como me sucede con las falibles y defraudantes humanas. Las personas que hemos sabido VER a los animales y no sólamente MIRARLOS me entenderán perfectamente, ya no hay que escandalizarse. Luego -pero antes también- están las libélulas, los avispones, las lagartijas, las grullas, los jabalíes y el resto de cerdos, todos los artrópodos, mamíferos, aves, anfibios o millones de especies que se mueven deliciosamente por el planeta, cuyo mi amor declarado por ellos manifiesto habilitándoles un espacio seguro, un refugio abierto, o minimizando la invasión de sus terrenos habiendo decrecido en mis necesidades materiales, renunciando al mundo y al consumo inherente. No hay ecologismo ni antiespecismo en viajar ni explotar animales, no hay ecologismo en el sobreconsumo caprichoso, es jardinería, es robar sus tierras por placer, tratando de satisfacer las eternamente insatisfacibles pulsiones sociales o arguyendo algún derecho natural a ello, aplastando a los animales para hacer carreteras, aeropuertos, bolsos o bebidas energéticas que validen a la gente como los seres vacíos que son, integrados armónicamente en una sociedad profundamente corrupta y suicida. No hay amor a los animales en comprar ropa nueva o constantemente, en fagocitar objetos de usar y tirar, ver eclipses idiotas con gafas deshechables, y millones de actitudes que SIEMPRE directa o indirectamente matan animales o afectan a sus habitats, principal causa de extinción y muerte animal, generando incendios, asolando paisajes enteros, selvas enteras. Hay un sólo camino de austeridad y renuncia el cual rompe con la dinamica actual de la vida occidental y con la vida anhelada de los países empobrecidos, que no consumen más porque carecen de recursos, no por falta de idiotez ni ganas. Hay un cambio esperando a una sociedad sorda y negligente, dependiente y maleducada, que sonríe con sus dientes postizos blanqueados mientras oculta una dentadura podrida e inútil. Hay un cambio pendiente que depende de cada una y también de la suma de esas unidades, de la misma manera que la destrucción es únicamente la suma de las actitudes personales. No podemos culpar a una estructura fictícia creada sin nosotras, no hay un sistema imponderable que obligue a nada, sino una voluntad personal cotidiana de crearlo y unas decisiones tomadas cada segundo de cada día. Entonces la cuestión surge donde empezó ¿necesitan los animales deshojar margaritas para cerciorarse de que los amas o acaso los respetas?. Respóndete en tu interior.