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martes, 3 de febrero de 2026

PARADIGMAS


 

Existen múltiples casos en que la vida de un animal, e incluso la de una planta es más valiosa que la de un ser humano. El roble de Stelmužė, en Lituania, por ejemplo, con sus 1500 años, es más valioso que la vida de Himmler. Por ejemplo una bebé con una enfermedad terminal en días, sufriente e incurable, tiene menos valor biótico que una sequoya de 100 metros de altura, o una hembra embarazada de una especie de cetáceo en peligro extinción, es más valiosa que la de un pederasta. Ppodría aportar innumerables ejemplos. Digan lo que digan las leyes -reductos de indecencia que convierte al planeta y sus octillones de octillones de vidas en mercancía al servicio de nuestra especie-, la ética y el sentido común también pueden establecer sistemas de valores que desafíen el supremacismo antropocéntrico más irracional. Hay muchos milenios de oscurantismo e ignoracia que alumbrar todavía.


Conviene diferenciar la moda del progreso, aunque en estos tiempos que corren de profetas y visionarias, de charlatanas y predictoras, de mercaderes de lo novedoso, cuesta separar paja de grano, por eso a un último modelo de teléfon móvil se lo llama progreso y al feminismo o al veganismo, moda. Todo depende de cuánto afecte o favorezca a quien sobre ello opina. Disfrazar a los animales, obligarlos a realizar acciones que no tengan como objetivo salvarles o preservar sus vidas, entrenarlos para adaptarlos a nuestros intereses, forzarlos a realizar trucos o acciones que nos parecen divertidas o útiles a nuestro capricho y entendimiento -incluso en los casos en que se lo justifica con que es ¨pòr su bien¨ sin serlo-, no es sino rebajarlos de su inteligencia para degradarlos a la nuestra. Es el triste consuelo de una especie profundamente menor, que retuerce las voluntades y las conciencias de otras superiores para no sufrir el ridículo de su propia negligencia.


No importa cuánto currículo posea alguien, cuanta experiencia laboral, titulos académicos, estatus social, dinero, fama, talento artístico, genio para divertir, desgranar análisis geopolíticos o concluir resultados científicos, si paga por explotar animales, si compra animales vivos o muertos, despilfarra sobreconsumiendo, si abandona a su perro, si arroja basura en el bosque... es una persona retrógrada que entorpece el avance de nuestra mejora como especie. Ya bastante camino evolutivo obstaculiza la religión, la corrupción política, el colonialismo y el clasismo para que sigamos respetando según qué conductas sólo porque ¨siempre se hicieron¨.


Con los animales no es posible hacer relaciones tan complejas como hacemos con los seres humanos, y esto no es una virtud ni desmerece a las hechas con animales no humanos. Nuestras relaciones con otras especies animales están basadas en las sencillez y en la verdad, y no en el constante riesgo de traición que caracteriza a las relaciones humanas. Hay personas que eligen perros para convivir por su necesidad de reciprocidad emocional y la rentabilización del cariño, hay otras más libres que escogen gatos y las hay que escogemos toda especie habida y por haber porque no exigimos nada de ellas, porque la dicha de su vida nos basta. Ni esperamos su amor, por mucho que pueda existir, ni nos hacemos fotos con ellos. La pureza que le falta de raza a un perro, le sobra de corazón, por eso tampoco nos importa la raza, ni el sexo de una persona sino su valía moral, ni su estatus económico, sino su bondad.





Mi entorno social virtual sólo se compone de gente que tiene la mínima decencia de haber adoptado animales (o no hacerlo, pero manteniendo con ellos una postura de igualdad y no explotación), así que si alguien lamenta la muerte del animal con el cual compartía techo, emociones y vida, sólo leo condolencias de sus contactos. Debe ser así, las neuronas espejo hacen su magnifico trabajo de empatía incluso cuando quien expresa su duelo no ha experimentado el horroroso navajazo en el corazón que supone despedir a alguien amado, sea o no de nuestra especie. Hago míos los duelos ajenos, todas mis muertas se me avalanzan, sus miradas me invaden suave y dolorosamente, caen de mis paredes, de mis techos, de mis muebles, se alzan de mis suelos como si nunca se hubieran ido pero tan obviamente habiéndolo hecho. El precio de nuestra longevidad prolongada es cavar tumbas para los animales que enriquecieron nuestras vidas con su ser y su estar. Sus patitas llaman a nuestras puertas antes de entrar y entran sin que se lo permitamos, porque así es el amor y así la muerte, que no solicitan audiencia. Nuestras muertas saben que nuestro corazón sigue siendo su casa igual que lo supieron en vida. Sus ladridos, maullidos, sus balidos, sus silencios, me resultan infinitamente más elocuentes que el más brillante discurso emitido por humana alguna. Mis muertas se acurrucan en mi herida condenada a no cerrar, como si el hueco que dejaron al partir quisiera ser una invitación para el resto de nuestras vidas, un nido permanente. Quizás me perdonan por irse porque yo no puedo ni perdonármelo ni perdonárselo.

Por eso mi modelo de calidad de vida es el perro. Cuanto más una vida esté alejada de los deseos y las pasiones humanas, más me llena, más me explica, más me conmueve y tiene para mí más sentido. Las aburridas existencias de la gente, infelices crónicas, veniales, petulantes, están llenas de preocupaciones irracionales, problemas que se solucionarían viviendo el momento y sabiendo que no hay pasado ni futuro. Tomar el sol, dormitar, llenar la panza, beber agua, jugar, olisquearlo todo, dar y recibir cariño de quien quiere darnos y recibirnos cariño… Todo es extremadamente sencillo. Mi referente de felicidad son los animales. Las ratas, las cucarachas, los leopardos de las nieves, la manta raya, los reyezuelos… todo aquello que vive y se relaciona nos enseña el arte de vivir dejando vivir, por eso concluyo que la expresión Bienestar Animal sugiere que hay un bien para los animales al explotarlos; o que decir Maltrato Animal normaliza que pueda haber un Buen trato a la hora de degollar o violar a un animal. La expresión Abuso sugiere que el Uso de alguien como si fuera algo es correcto. No caigamos en esas trampas retóricas de la industria del genocidio, en modo alguno quieren ayudar a los animales, sino no renunciar a explotarlos de algún modo. O de todos los modos.


Quien patea a un perro ¨callejero¨ podría perfectamente patear a una persona en situación de calle, porque entiende que son de rangos inferiores, sin llegar a la condición de cosas, pero sin alcanzar el estatus de seres sintientes y mucho menos el de personas. Pero si de algo estoy bien seguro es que todos los animales somos personas. Y puedo escuchar aquí las risas de quienes están presas del conveniente supremacismo que las permite considerarse superiores a costa de considerar inferior a otro animal. Gente que llama tontos a los animales porque no pasan como ellas la mitad de su vida trabajando para comprar cosas y la otra mitad interpretando erróneamente el mundo, gente que llama instinto a la inteligencia animal para esconder paradójicamente su propia ineptitud, cuando el único propósito de todas esas muestras de manifestació denigrativa tienen como fín poder masacrarlos sin cargos de conciencia. Lo hacemos con las mujeres, con las niñas, con las minorías, con las personas empobrecidas, usando la fuerza bruta, no el intelecto, para aplastarlas. Los hombres son lo peor de la animalidad, y sería justo que desaparecieran.

En otro plano, considerar que los animales deben cumplir alguna función ecológica o social no es un modo de defenderlos, sino de atarlos a ese rol y a esa obligación. Nunca aplicamos el principio de utilidad para defender a los seres humanos, porque nuestra vida es valiosa por sí misma por una parte y porque no sólo somos absolutamente prescindibles a la biosfera, sino que somos profundamente nocivos. De esta manera, validar la vida de un jabalí o una ardilla porque sean grandes sembradores de bosque, la del lobo por ser regulador de poblaciones, o la de la golondrina por comer los mosquitos que nos molestan, significa que sus vidas no son apreciadas en su mero latido, sino que están supeditadas a nuestro juicio, y su existencia está condicionada a que sigan cumpliendo aquella función que nos favorece. La vida de los animales se rige por lo que sabemos -casi nada- o ignoramos -casi todo- de ellos, y hemos hecho del planeta un inmenso campo de concentración donde la mezquindad, la necedad, el miedo, la cobardía o los intereses de los seres humanos construyen un verdadero régimen de terror ecocida, incluso para nosotras mismas. Liberemos a la naturaleza y a los animales de la cadena que las pusimos y liberaremos a nuestra especie de las cadenas que nos ponemos.


El pavor que siente la mayoría de la humanidad ante el hecho de que los animales son inteligentes, consiste en la vergüenza y los complejos que surgirían al reconocer que un burro es más listo que esa mayoría de seres humanos. Es una cuestión de orgullo, pánico y consternación, asumir que los animales nos superan en inteligencia emocional y resolución de conflictos, una sorpresa más profunda que el mero hecho del imperativo resultante de que esa conciencia supondría tarde o temprano deber dejar de explotarlos. Los corderos no son tontos porque vayan juntos siempre, es su estrategia de defensa perfeccionada con los cientos de miles de años, ni son idiotas porque no se rebelen cuando los llevan a matar, porque entonces podríamos aplicar el mismo baremo con las judías yendo en fila india a las cámaras de gas. Los animales son simplemente bondadosos y pacíficos, incluso aquella leona que por exigencias fisiológicas debe matar. No hay un impepinable físico en el consumo humano de proteína animal como hay en los depredadores, nunca lo hubo; de hecho prosperamos gracias al abanico de alimentos de origen vegetal que somos capaces de metabolizar, y del uso del fuego para digerir otros más duros. Aun siendo inferiores racionalmente a los animales, nunca mejoramos intelectualmente por comer carne, es ridícula esa teoría dada como hecho científico. Lo que sí hay es un desarrollo notable de la falta de escrúpulos para lograr proteína animal, innecesaria pero sabrosa; falta que ha llegado incluso a crear un sistema monstruoso y despiadado que jamás nos permitirá ser una especie coexistente entre las demás y consigo misma. La violencia contra los animales y la naturaleza es la base de la violencia entre seres humanos. Nos mueve el sabor, por eso millones de personas de países enriquecidos llevan dietas letales basadas en el sabor, no en los nutrientes. La gente es adicta a la comida insana y sabrosa, y sacrifican sus propias saludes, sus propias vidas y las de los animales, para lograr un minuto de placer. Impulsos básicos que conllevan crímenes y autolesiones.


Las tradiciones, los ritos, las costumbres, lejos de ser buenos per se, deben despertar desconfianza inicial, porque la ética de hace 100 o 500 años es radicalmente diferente a la actual. Ni siquiera las tribus antiguas se salvan de esta revisión. Cuanto daña, humilla, mata o vulnera la vida, nunca puede ser respetado por una razón de ancestralidad, incluso aunque es su momento pudiera parecer o fuera bueno. Del mismo modo que la naturaleza se perfecciona o los animales optimizan sus cuerpos y conductas, los seres humanos estamos obligados al cambio, a no aferrarnos a lo remoto bajo el lema dorado de que ¨es antiguo¨. Asimismo como existen modas ridículas y veniales, hay otras novedades que son positivas y que el ser humano debe abrazar para mejorarse. El feminismo, el veganismo, los derechos laborales, la diversidad sexual, la cultura del cuidado… no son estilos o tendencias cosméticas propias del absurdo, sino que han venido a quedarse para construir mundos sin víctimas, y todo ello se hizo, se hace y se hará desde el respeto y la empatía.


 

miércoles, 7 de enero de 2026

La vida huele

A veces las ovejas Maya y Sol se quedan mirando muy interesadas en un punto fijo del infinito, las yeguas también lo hacen, pero las cabras no. Hace años que lo observo, se quedan viendo algo que yo no puedo ver. Miro hacia donde ellas miran y no veo nada, escucho en la distancia y tampoco hay sonidos. Seguro algo se me escapa, pero tiendo a pensar que se ensimisman, reflexionan, tienen pensamientos interiores que acaparan su atención sin necesidad de cerrar los ojos, así como nosotras hacemos. En definitiva sospecho que tienen vidas interiores ricas, propias de mamíferos llamados ¨superiores¨ con compleja y densa red neuronal, así como millones de sinapsis. Piensan en asuntos más complejos que los básicos, de eso no me cabe duda. Los perros también miran al infinito, y se ensimisman, pero es fácil deducir que a menudo es porque escuchan sonidos inaudibles a nuestra poco desarrollada audición, así como los gatos. Las ovejas en cambio se convierten en estatuas. A menudo las veo y siempre actúo buscando algo con ellas, mirando hacia lugar donde miran y siempre acabo no encontrando nada. Por descarte a esta observación añado que cuando miran algo en concreto que sí existe, alguien que pasa, algún ruido manifiesto, yo trabajando fuera, animales salvajes... y entonces miran de otro modo, menos introspectivo, más conectadas con eso que sí existe. El sentido de mi vida creo que a veces es simplemente llegar a saber un poquito qué piensan los animales, su mundo es definitivamente más rico sensitiva y emocionalmente que el nuestro, más racional y sensato, más pacífico y bueno. Sí, mejor.


El año pasado el Papa León XIV advertía que la naturaleza no es un camino espiritual, sino una creación de su dios, y que si se respetaba, debía ser bajo ese postulado de creación-obra. No es extraño que la secta católica considere y advierta la espiritualidad con la naturaleza como una enemiga natural de su negocio, el diálogo con la naturaleza más allá de una visión utilitarista o conveniente de ella, aparece de un modo casual, sin presiones ni instrucciones, directo, pese a que exista una clara jerarquía donde la pertenecemos y no al revés. Sin ser humano hay naturaleza, sin naturaleza no hay ser human. Pero a la naturaleza la podemos tratar de tú sin miedo, de un modo horizontal, armónico y fluido, sin necesidad de cláusulas, mandamientos, órdenes, advertencias, amenazas, chantajes ni falsas promesas. La hoja que miramos nos conmueve, la luz atardecida nos encanta, el río que discurre nos tranquiliza, el siseo del viento en la grama nos sosiega, la mirada de un ciervo entre los helechos nos deja sin aliento y la paz más profunda es la que proviene de acercarnos a la naturaleza, bien sea en una forma salvaje absoluta o en el simple chopo que crece en nuestra calle.


Una de las escenas cinematográficas que más me impactaron y sigue haciéndolo es la de la película Samsara del año 2001, donde un joven monje budista que ha estado meditando tres años en una cueva, sin comer ni beber, sin contacto con el mundo exterior, es despertado para regresarlo al monasterio donde vivía. Su despertar se hace con mucho cuidado, mimando el tempo de vuelta a sus funciones vitales, sabiendo que el paso entre dos mundos reflexivos-contemplativos debe ser dulce. Su musculatura está tan aletargada que no puede caminar y es llevado por otros monjes en una silla de madera. La escena de la que hablo sucede en ese momento del transporte, dura unos cinco segundos y consiste en un primer plano en que el monje admira extasiado una hoja seca que sostiene entre sus dedos mientras esboza una sonrisa leve de profundo agradecimiento por esa vida a la cual regresa. Sólo pensar en ella me enerva el vello de la nuca, hay mucha espiritualidad en esas imágenes, muchas capas filosóficas y mucha reflexión sobre nuestro vínculo con el planeta. La naturaleza es un regreso, una religión si se quiere, un estado de supraconsciencia. La naturaleza siempre fue todas las deidades que existen.


La premisa a la que más recurro a la hora de defender el valor de la vida -por el poder de convicción que considero que tiene-, es el hecho irrefutable de que es una excepcionalidad, un algo entre dos o varios tramos de nada. La vida, desde un punto de vista científico, es algo que sucede una sola vez, y todas las teorías o creencias que alimentan otras vidas previas o posteriores son mitos que reconfortan a quien se considera tan importante para querer haber vivido antes y pretender vivir después. Es importantísimo derruir esas creencias porque despistan sobre el verdadero valor de vivir, la sacralidad de la vida no dirigida simplemente a su morfología, sino a la personalidad exclusiva de ella, en el caso nuestro, de los animales. Despista pensar en otras vidas extras, tanto que llegamos a relativizar sobre la valía de la real, o considerar la muerte física y la devolución de las energías que nos componen sólo un mero trámite biótico, un cambio irrelevante. Todas las personas en cualquier caso, fingimientos aparte, sabemos del valor de nuestra vida pero entendemos ¨LA vida¨ como ¨NUESTRA vida¨, o acaso la de nuestras personas cercanas en el mejor de los casos, o el de la humanidad en la más generosísima de las situaciones, relegando la excepcionalidad de la vida a nuestro círculo afectivo, que puede incluso atañer a los animales con los cuales convivimos. Pero claramente quien paga para ejecutar animales y quien directamente mata animales, manifiestan un absoluto desprecio por esa unicidad, especialmente debido al hecho de que no necesitamos hacerlo como el tigre o el lobo. Ningún argumento científico justifica el consumo de carne o proteína animal.


La vida es un suceso anómalo que disfrutamos todas las individuas de todas las especies existentes, especialmente los animales, poseedores de concienca y en el caso de los animales con sistema nervioso, un disfrute añadido y una riqueza sensorial notable que nos hace acercarnos al placer y huir del dolor. Salvar a un animal a punto de ser matado, auparle al cariño, ayudarle a vivir no se diferencia en absoluto de ayudar a un ser humano. Esto en el fondo todo el mundo lo sabe, las jerarquías de valías son constructos unilaterales. Sabemos perfectamente que los animales saben vivir, quieren, lo desean con todas sus fuerzas, y disfrutan de su libertad tantísimo como sufren cuando de ella carecen. No necesitamos usar el cerebro, ni siquiera la empatía para saberlo, porque lo sentimos, somos copias emocionales y neurobiológicas de ellos, fuimos manadas de la misma fuente, del mismo océano madre, y sentir nos iguala, sentir es la única herramienta de una lógica común a todo lo que vive. El activismo, el proselitismo, el sentar ejemlos y precedentes es útil hasta cierto punto, no para hacer ver lo evidente sino para normalizar que hay algo más común que el deseo de matar, y es el deseo de salvar o no dañar, del mismo modo que quisiéramos ser salvadas si lo necesitáramos, y nunca querríamos ser dañadas ni matadas. Qué mejor y diferente sería el mundo si el ser humano se comportara como los buitres, los cerdos, los lobos, los burros, las ratas o las cucarachas, con toda la carga negativa que les adjudicamos con nuestros intereses, ascos irracionales y prejuicios falsos. Instintivamente los animales más débiles buscan con desespero y perseverancia asociaciones y alianzas, confían en la empatía, es su herramienta vital, el mutuo sentir, aquello que no es procesable por mecanismos cognitivos, sino que forma parte del deseo de la vida.


Mi posicionamiento político es la abeja y sólo rindo pleitesía a su majestad el bosque. El océano es apenas un superlativo de la gota de agua, una mera cantidad, una conjunción, pero en esencia es lo mismo el arroyuelo que el tsunami. No es necesaria más que la compasión y el respeto, pero si llegamos a alcanzar amar a los animales se revela como la principal alimentación de la fortaleza interior, porque es una emoción avalada en la pureza y la autenticidad. La falta de salud, dinero o amor no impide a los animales ser felices, les basta comida y buen sueño para mostrar su mejor versión de sí. Son infinitamente menos exigentes. Ellos estan entre nosotras, son nuestras profetas, ascetas, bodhishattvas, líderes espirituales, guías, santas... y no quieren nuestro perdon porque están por encima del bien y del mal, son ínfimas y colosales deidades que siguen sin desviarse el camino de equilibrio que un día perdimos y que nos muestran constantemente con su simple respiración.



De la misma letrina supremacista de donde surge que la raza árabe es inferior a la blanca, lo hace el delirio criminal de que los cerdos sirven para comer y los perros no. Hemos permitido que nuestra felicidad sea condicionada por la sociedad, los deseos ajenos y colectivos, la moda y la actualidad, las chucherías de lo banal. Una felicidad validada y aprobada por un ministerio de normativas que nos impone -para tratar inútilmente de satisfacerse- un sobreesfuerzo y un sacrificio de nuestras vidas y lograr así ajustarnos al modelo. La felicidad no es compleja, es simple como la de los animales, que nuestra pedantería haya diseñado mundos tecnócratas y dependientes para definirnos no significa que así sea realmente. La sociedad de la intangilibilidad virtual domina Occidente, de una cultura, arte, emociones y odios sin materia a la cual asirse, donde todo se reduce a conceptos etéreos de una realidad líquida recibidos desde la pantalla con apariencia de códigos premeditados y establecidos por consenso. No hay un árbol que tocar, un cuerpo peludo que nos acompañe, un instante de calma. La sociedad es un superlativo de mentira y fingimiento, por eso es racional y necesario que nuestro corazón sediento de algo real huya de ese artificio para refugiarse en los incondicionalmente cálidos brazos de la gratuituidad de la naturaleza, de la verdad y la sinceridad de los animales. Estar allí o el mero hecho de dirigirnos hacia ella, ya supone una liberación y una dicha pluscuamperfecta.


No hay más vidas, lo sabe el ratón y lo sabe el pollo. Vivir sin la esperanza de otra vida ayuda a vivir sin miedo en esta. Entramos en los bosques a devastarlos dejando a sus animales sin comida ni cobijo, que a su vez entran en los campos y las ciudades a alimentarse, y tampoco los queremos ahí. Podemos pasarnos la vida entera mirando animales y no verlos nunca. Sólo llegamos a verlos cuando nos reconocemos en ellos.


Las iglesias no son más que sadismo puro disfrazado de espiritualidad, un sadismo consistente en reprimirse por motivos extraños y reprimir no sólo a las creyentes, sino a todo el mundo. El sadismo de humillarse y humillar, disfrutar con el dolor y la carencia, transformando la muerte en virtud. En lugar de escoger un camino de paz, amor y vida, las iglesias escogen en primera y última instancia la guerra, la tortura, la agonía y el martirio como signos de identidad, en competiciones vergonzosas de sufrimiento y verdad más y más verdadera, muy propias de hombres y sus complejos. A todo ese entramado de chantajes, acusaciones, exclusión y amenazas, lo llaman evangelización y promover la fe. Pero no hay más que lo que tocamos y sentimos. La vida sabe, huele, luce, suena, se manifiesta muy elocuentemente y por más despreciable que nos parezca, nuestro cuerpo es la casa, el origen y el destino, sagrado si queremos, pero ni más ni menos que el de los demás, así como nuestra libertad lo es. Los animales no nos pertenecen, así como nadie nos pertenece ni pertenecemos a nadie. Somos parte y todo de un planeta de bosques y desiertos interconectados, de mares y vidas diversas, únicas y maravillosas, que coexistimos de fuera adentro y viceversa. Exigir respeto a nuestra vida y libertad sin ofrecer respeto hacia la vida y la libertad de las demás es injusto e inaceptable. Hemos venido a vivir, pero también a dejar vivir. Eso es espiritualidad.