Existen múltiples casos en que la vida de un animal, e incluso la de una planta es más valiosa que la de un ser humano. El roble de Stelmužė, en Lituania, por ejemplo, con sus 1500 años, es más valioso que la vida de Himmler. Por ejemplo una bebé con una enfermedad terminal en días, sufriente e incurable, tiene menos valor biótico que una sequoya de 100 metros de altura, o una hembra embarazada de una especie de cetáceo en peligro extinción, es más valiosa que la de un pederasta. Ppodría aportar innumerables ejemplos. Digan lo que digan las leyes -reductos de indecencia que convierte al planeta y sus octillones de octillones de vidas en mercancía al servicio de nuestra especie-, la ética y el sentido común también pueden establecer sistemas de valores que desafíen el supremacismo antropocéntrico más irracional. Hay muchos milenios de oscurantismo e ignoracia que alumbrar todavía.
Conviene diferenciar la moda del progreso, aunque en estos tiempos que corren de profetas y visionarias, de charlatanas y predictoras, de mercaderes de lo novedoso, cuesta separar paja de grano, por eso a un último modelo de teléfon móvil se lo llama progreso y al feminismo o al veganismo, moda. Todo depende de cuánto afecte o favorezca a quien sobre ello opina. Disfrazar a los animales, obligarlos a realizar acciones que no tengan como objetivo salvarles o preservar sus vidas, entrenarlos para adaptarlos a nuestros intereses, forzarlos a realizar trucos o acciones que nos parecen divertidas o útiles a nuestro capricho y entendimiento -incluso en los casos en que se lo justifica con que es ¨pòr su bien¨ sin serlo-, no es sino rebajarlos de su inteligencia para degradarlos a la nuestra. Es el triste consuelo de una especie profundamente menor, que retuerce las voluntades y las conciencias de otras superiores para no sufrir el ridículo de su propia negligencia.
No importa cuánto currículo posea alguien, cuanta experiencia laboral, titulos académicos, estatus social, dinero, fama, talento artístico, genio para divertir, desgranar análisis geopolíticos o concluir resultados científicos, si paga por explotar animales, si compra animales vivos o muertos, despilfarra sobreconsumiendo, si abandona a su perro, si arroja basura en el bosque... es una persona retrógrada que entorpece el avance de nuestra mejora como especie. Ya bastante camino evolutivo obstaculiza la religión, la corrupción política, el colonialismo y el clasismo para que sigamos respetando según qué conductas sólo porque ¨siempre se hicieron¨.
Con los animales no es posible hacer relaciones tan complejas como hacemos con los seres humanos, y esto no es una virtud ni desmerece a las hechas con animales no humanos. Nuestras relaciones con otras especies animales están basadas en las sencillez y en la verdad, y no en el constante riesgo de traición que caracteriza a las relaciones humanas. Hay personas que eligen perros para convivir por su necesidad de reciprocidad emocional y la rentabilización del cariño, hay otras más libres que escogen gatos y las hay que escogemos toda especie habida y por haber porque no exigimos nada de ellas, porque la dicha de su vida nos basta. Ni esperamos su amor, por mucho que pueda existir, ni nos hacemos fotos con ellos. La pureza que le falta de raza a un perro, le sobra de corazón, por eso tampoco nos importa la raza, ni el sexo de una persona sino su valía moral, ni su estatus económico, sino su bondad.
Mi entorno social virtual sólo se compone de gente que tiene la mínima decencia de haber adoptado animales (o no hacerlo, pero manteniendo con ellos una postura de igualdad y no explotación), así que si alguien lamenta la muerte del animal con el cual compartía techo, emociones y vida, sólo leo condolencias de sus contactos. Debe ser así, las neuronas espejo hacen su magnifico trabajo de empatía incluso cuando quien expresa su duelo no ha experimentado el horroroso navajazo en el corazón que supone despedir a alguien amado, sea o no de nuestra especie. Hago míos los duelos ajenos, todas mis muertas se me avalanzan, sus miradas me invaden suave y dolorosamente, caen de mis paredes, de mis techos, de mis muebles, se alzan de mis suelos como si nunca se hubieran ido pero tan obviamente habiéndolo hecho. El precio de nuestra longevidad prolongada es cavar tumbas para los animales que enriquecieron nuestras vidas con su ser y su estar. Sus patitas llaman a nuestras puertas antes de entrar y entran sin que se lo permitamos, porque así es el amor y así la muerte, que no solicitan audiencia. Nuestras muertas saben que nuestro corazón sigue siendo su casa igual que lo supieron en vida. Sus ladridos, maullidos, sus balidos, sus silencios, me resultan infinitamente más elocuentes que el más brillante discurso emitido por humana alguna. Mis muertas se acurrucan en mi herida condenada a no cerrar, como si el hueco que dejaron al partir quisiera ser una invitación para el resto de nuestras vidas, un nido permanente. Quizás me perdonan por irse porque yo no puedo ni perdonármelo ni perdonárselo.
Por eso mi modelo de calidad de vida es el perro. Cuanto más una vida esté alejada de los deseos y las pasiones humanas, más me llena, más me explica, más me conmueve y tiene para mí más sentido. Las aburridas existencias de la gente, infelices crónicas, veniales, petulantes, están llenas de preocupaciones irracionales, problemas que se solucionarían viviendo el momento y sabiendo que no hay pasado ni futuro. Tomar el sol, dormitar, llenar la panza, beber agua, jugar, olisquearlo todo, dar y recibir cariño de quien quiere darnos y recibirnos cariño… Todo es extremadamente sencillo. Mi referente de felicidad son los animales. Las ratas, las cucarachas, los leopardos de las nieves, la manta raya, los reyezuelos… todo aquello que vive y se relaciona nos enseña el arte de vivir dejando vivir, por eso concluyo que la expresión Bienestar Animal sugiere que hay un bien para los animales al explotarlos; o que decir Maltrato Animal normaliza que pueda haber un Buen trato a la hora de degollar o violar a un animal. La expresión Abuso sugiere que el Uso de alguien como si fuera algo es correcto. No caigamos en esas trampas retóricas de la industria del genocidio, en modo alguno quieren ayudar a los animales, sino no renunciar a explotarlos de algún modo. O de todos los modos.
Quien patea a un perro ¨callejero¨ podría perfectamente patear a una persona en situación de calle, porque entiende que son de rangos inferiores, sin llegar a la condición de cosas, pero sin alcanzar el estatus de seres sintientes y mucho menos el de personas. Pero si de algo estoy bien seguro es que todos los animales somos personas. Y puedo escuchar aquí las risas de quienes están presas del conveniente supremacismo que las permite considerarse superiores a costa de considerar inferior a otro animal. Gente que llama tontos a los animales porque no pasan como ellas la mitad de su vida trabajando para comprar cosas y la otra mitad interpretando erróneamente el mundo, gente que llama instinto a la inteligencia animal para esconder paradójicamente su propia ineptitud, cuando el único propósito de todas esas muestras de manifestació denigrativa tienen como fín poder masacrarlos sin cargos de conciencia. Lo hacemos con las mujeres, con las niñas, con las minorías, con las personas empobrecidas, usando la fuerza bruta, no el intelecto, para aplastarlas. Los hombres son lo peor de la animalidad, y sería justo que desaparecieran.
En otro plano, considerar que los animales deben cumplir alguna función ecológica o social no es un modo de defenderlos, sino de atarlos a ese rol y a esa obligación. Nunca aplicamos el principio de utilidad para defender a los seres humanos, porque nuestra vida es valiosa por sí misma por una parte y porque no sólo somos absolutamente prescindibles a la biosfera, sino que somos profundamente nocivos. De esta manera, validar la vida de un jabalí o una ardilla porque sean grandes sembradores de bosque, la del lobo por ser regulador de poblaciones, o la de la golondrina por comer los mosquitos que nos molestan, significa que sus vidas no son apreciadas en su mero latido, sino que están supeditadas a nuestro juicio, y su existencia está condicionada a que sigan cumpliendo aquella función que nos favorece. La vida de los animales se rige por lo que sabemos -casi nada- o ignoramos -casi todo- de ellos, y hemos hecho del planeta un inmenso campo de concentración donde la mezquindad, la necedad, el miedo, la cobardía o los intereses de los seres humanos construyen un verdadero régimen de terror ecocida, incluso para nosotras mismas. Liberemos a la naturaleza y a los animales de la cadena que las pusimos y liberaremos a nuestra especie de las cadenas que nos ponemos.
El pavor que siente la mayoría de la humanidad ante el hecho de que los animales son inteligentes, consiste en la vergüenza y los complejos que surgirían al reconocer que un burro es más listo que esa mayoría de seres humanos. Es una cuestión de orgullo, pánico y consternación, asumir que los animales nos superan en inteligencia emocional y resolución de conflictos, una sorpresa más profunda que el mero hecho del imperativo resultante de que esa conciencia supondría tarde o temprano deber dejar de explotarlos. Los corderos no son tontos porque vayan juntos siempre, es su estrategia de defensa perfeccionada con los cientos de miles de años, ni son idiotas porque no se rebelen cuando los llevan a matar, porque entonces podríamos aplicar el mismo baremo con las judías yendo en fila india a las cámaras de gas. Los animales son simplemente bondadosos y pacíficos, incluso aquella leona que por exigencias fisiológicas debe matar. No hay un impepinable físico en el consumo humano de proteína animal como hay en los depredadores, nunca lo hubo; de hecho prosperamos gracias al abanico de alimentos de origen vegetal que somos capaces de metabolizar, y del uso del fuego para digerir otros más duros. Aun siendo inferiores racionalmente a los animales, nunca mejoramos intelectualmente por comer carne, es ridícula esa teoría dada como hecho científico. Lo que sí hay es un desarrollo notable de la falta de escrúpulos para lograr proteína animal, innecesaria pero sabrosa; falta que ha llegado incluso a crear un sistema monstruoso y despiadado que jamás nos permitirá ser una especie coexistente entre las demás y consigo misma. La violencia contra los animales y la naturaleza es la base de la violencia entre seres humanos. Nos mueve el sabor, por eso millones de personas de países enriquecidos llevan dietas letales basadas en el sabor, no en los nutrientes. La gente es adicta a la comida insana y sabrosa, y sacrifican sus propias saludes, sus propias vidas y las de los animales, para lograr un minuto de placer. Impulsos básicos que conllevan crímenes y autolesiones.
Las tradiciones, los ritos, las costumbres, lejos de ser buenos per se, deben despertar desconfianza inicial, porque la ética de hace 100 o 500 años es radicalmente diferente a la actual. Ni siquiera las tribus antiguas se salvan de esta revisión. Cuanto daña, humilla, mata o vulnera la vida, nunca puede ser respetado por una razón de ancestralidad, incluso aunque es su momento pudiera parecer o fuera bueno. Del mismo modo que la naturaleza se perfecciona o los animales optimizan sus cuerpos y conductas, los seres humanos estamos obligados al cambio, a no aferrarnos a lo remoto bajo el lema dorado de que ¨es antiguo¨. Asimismo como existen modas ridículas y veniales, hay otras novedades que son positivas y que el ser humano debe abrazar para mejorarse. El feminismo, el veganismo, los derechos laborales, la diversidad sexual, la cultura del cuidado… no son estilos o tendencias cosméticas propias del absurdo, sino que han venido a quedarse para construir mundos sin víctimas, y todo ello se hizo, se hace y se hará desde el respeto y la empatía.

