Si la educación es la base de toda sociedad ¿por qué la gente toma drogas cuando en su casa familiar no se consumían, por qué dejan de ir a misa si cada domingo desde pequeñas las llevaban, por qué dejan de comer carne cuando las educaron a ello, y viceversa?... Muchas son las cuestiones y pocas respuestas dan una conclusión cuyo peso se apoye siquiera testimonialmente en la educación como modelo de fijado de conductas. Creo que es la oferta de otras posibilidades la que hace que un comportamiento detestable pueda no llevarse a cabo, y la idea de que algo esté bien o mal, lo que nos haga abrazarlo o rechazarlo. Ni tan sólo las leyes, con su coercitivo y su promesa de castigo pueden evitar que la gente mate, viole, venda bebés, rompa el cráneo de animales a martillazos o queme bosques. Vivimos en el peor de los mundos para los animales, nunca antes hubo tal dimensión. La educación es un mero vehículo transmisor de cultura perpetuada por el hábito, no hay una necesidad de bien común en la educación a juzgar por los horrores que muchas familia cometen contra sus propias hijas o el racismo de ciertas ideologías, el clasismo del sistema político imperante o la pulsión hacia la violencia como método de resolución de conflictos de la mayoría de gente. La educación no basta.
La educación hace un trabajo pasivo de normalización, y ese trabajo puede destruir a personas, ensalzarlas, endiosarlas o hacerlas mejores en un sentido ético, sin ninguna ninguna garantía de éxito, tanto a la hora de corromper como a la de mejorar. La educación es neutra y puede ser revertida en cualquier momento.
Con los dedos de media mano puedo contar las veces que ha entrado gente en el espacio de los herbívoros o las aves de La Casa de las Ranas. Es SU espacio seguro, así que no se puede hacer lo que nos da la gana, incluso yo cuando lo ingiero cada día lo hago no cerrándoles una salida si se sienten inseguros o quieren rehuirme, no acorralándoles, leyendo su cuerpo que habla todo el tiempo, tocándoles si me lo piden (todas las especies tienen su modo de pedir cariño), no cuando yo quiera… Si dijera que aplico el mismo comportamiento cuando se trata de niñas se entendería mejor, especialmente en estos tiempos en los que -por fín- se menciona el derecho de las niñas a no ser besadas por familiares si ellas no quieren porque supone una intrusión en su voluntad. El poder de hacer algo, o mejor dicho, la fuerza bruta y el chantaje necesarios para poder domesticar a alguien, sea de la especie que sea, no son correctos.
Los santuarios para animales rescatados de la explotación o del punto de vista fascista de la sociedad (todas y cada una de las sociedades del mundo son fascistas), son espacios de seguridad-libertad con una armonía que se trabaja con años de observación de cada individua, confianza, apego, amor, respeto y complicidad, atendiendo a sus circunstancias específicas y personales, a su biografía, con una distancia enorme sobre los estereotipos vomitados sobre las especies, los cuales se educan en la vida, en la escuela, en la casa, fijando en el imaginario social la idea supremacista que ejercemos sobre ellos. En realidad los animales no sirven para nada, no son sujetos pasivos, sino activamente gestionan sus vidas, sus deseos, sus intereses y sus voluntades. Quien visita un santuario luego se marcha, en cierta manera consume emociones de usar y tirar, se hacen selfies casuales donde los animales son un fondo, para su recuerdo o para subir de inmediato a las redes. Pero esos animales son seres emotivos y muy muy sensibles, así que el único modo de hacerlo es con respeto. El respeto se aprende para desaprender el desprecio. Los animales no son atrezzo, algo bonito cuya finalidad es realzar nuestra belleza, satisfacer nuestro capricho gastronómico, nuestra petulancia o presunción. Siempre fuímos imbéciles, pero antiguamente teníamos pudor, las redes liberaron esa vergüenza y dejaron sólo la imbecilidad.
Hay santuarios que deciden cabalmente aceptar visitas. La normalización de los animales siendo respetados y tratados bien es importante -sin garantías de éxito, insisto-, pero un granjero también puede fingir que trata bien a los animales. Recuerdo un vendedor de huevos que me enseñó la foto de su gallinero de ¨gallinas libres¨ todas apelmazadas, sin jaulas, pero enclaustradas, mientras por el contrario mostraba una pancarta publicitaria de unas gallinas en un prado. La mentira de la publicidad especista es algo exagerado y carece del pudor de la imbecilidad de antes. Mienten sin complejos y eso también es educativo. Porque la educación no es benigna automáticamente, la mayoría de líderes políticos que organizan guerras tienen estudios superiores, y ello no les convierte en mejores que una niña analfabeta de un suburbio colombiano. Si tu hijo quiere hacerse soldado, has fracasado en su educación.
¿Deberá aprender a maullar o ladrar el cerdo, la vaca, el pez o el pollo para que entendamos que quieren vivir?. El poder no existe tanto por la voluntad de la gente para ejercerlo, como por la de la gente de ser dominada, pero en el caso animal es una cuestión de bondad absoluta,de la inocencia más límpia que podamos hallar. Es tan fácil engañar a un animal como engañar a una niña.
El veganismo es algo simbólico, lo mismo que votar, el feminismo, el antifascismo u otros ismos. Una idea de horizontalidad linda y justa que se queda en recurso, en herramienta, ante un mundo doblegado al ego. El veganismo es un punto de vista el cual como todos los avances sociales, debe existir y desarrollarse, madurar, para que se implemente algún día de manera global o que al menos tenga impacto significativo. Nunca hubo tanta oferta de sustitutos alimenticios veganos, nunca se habló tanto de veganismo... y nunca se mataron tantos animales. No es una paradoja, es la apropiación capitalista del veganismo como mercancía y de las veganas como simple prescindible clientela. A juzgar por el tiempo tan enorme que requiere al ser humano renunciar a todo lo relacionado con asesinar, violar, torturar, despreciar, etc, y el poco tiempo que por el contrario le requiere lo contrario, será una carrera de resistencia, no de velocidad. Nuestra naturaleza es vírica y metastásica, de manera que más que en el proselitismo confío en el colapso civilizatorio para detener nuestra acción, y mientras tanto seguiré con mi posición férreamente vegana y decrecentista como parte de esta actitud radical y beligerante contra el odio y la indiferencia.
Ninguna
cebra se burla de otra por tener más o menos rayas. Ningún elefante
mata a otro por el tamaño de sus orejas. Ningún ratón encierra a
otro para comerciar con su cuerpo. No existe una crueldad intencional
en la naturaleza, únicamente en nuestra especie. Cuando ves a los
animales, cuando realmente los ves, automáticamente dejas de mirar
al ser humano del mismo modo que antes. Es lógico llegar a negar a
la humanidad cuando te enamoras de sus víctimas.
Cada noticia publicada de carácter comparativo entre la especie humana y las otras animales, pretendidamente realizada desde un prisma científico exahustivo, suele referirse a la nuestra como modelo, confundiendo así la realidad, manipulándola, calcando un modelo de exposición de datos y descubrimientos en la cual los seres humanos ejercemos el rol de ejemplo base, entorno al cual todo nos resulta alto o bajo, listo o tonto, útil o inútil, etc. Pero la totalidad de las especies existentes ya vivían en este planeta cuando aparecimos en él, incluso en nuestra protoforma inicial. No vinimos a regular nada, ni a poner orden, ni a sentar cátedra sobre la legitimidad que tengan o no de existir, ni dónde o cuándo o para qué deban hacerlo. Los animales son valiosos en sí mismos, y no porque le otorguemos cualidades que nos seduzcan o convengan, no porque nos gusten o nos disgusten. No nacieron para satisfacernos, del mismo modo que ningún ser humano nace para satisfacer ni estar al servicio de otro.
La voluntad de querer cambiar el mundo desafía en sí misma la apatía y el conformismo colectivo. Se puede poseer más o menos talento para ello, más menos eficacia, como parte de una masa voluntariosa o como referente intelectual o accional del cambio, pero siempre cada persona supone un cambio interior. Ese mecanismo que se activa ejerce un punto de inflexión insignificante en comparación al problema, a la inercia de cientos de miles de años de brutalidad e incluso en contra de la naturaleza humana, pasivo-activo agresiva, en la dinámica de los poderes egocentristas que señorean las sociedades y la naturaleza. Cada acto realizado contra esos poderes boicotea una agenda de miseria y destrucción, sin embargo sólo la suma colectiva y sustanciosa de esos actos adquiere significancia. Sin la voluntad y el acto, más allá de las palabras, todo está perdido.
Somos lo que queramos ser, la ignorancia se elige. Entiendo que haya generaciones actuales que fueron amaestradas en la cultura ecocida del usar y tirar, pero no entiendo que sus domadoras hubieran decidido que lo que estaba bien ya no lo estaba. Hubo un tiempo en que usábamos el pañuelo de tela, ahorra miles y miles de pañuelitos deshechables que la gente no tiene siquiera la decencia de comerse y los tiran al inodoro, a la papelera, al cubo de basura o al contenedor de papel, como si reciclar un envase fuera mejor que no generarlo. Sigo llevando pañuelo de tela, la tierra lo exige, la educación no sirvió de nada en este ejemplo y a muchas buenas intenciones las falta inteligencia para aplicarse.
Vivimos una era de información y saturada sobreinformación, así que nuestras decisiones deben ser más intuitivas, fomentando la empatía y el principio del mal menor. Acerca del tema de la educación, no importa qué nos hayan enseñado, debemos aplicar ética para los animales. La diferencia entre lo bueno y lo correcto es que lo bueno no suele ser adscrito a una noción de bondad absoluta, sino a un pequeño gesto de aparente ayuda, y lo correcto es una acción directamente encaminada a la justicia y dentro de un marco justo, como por ejemplo el veganismo o el decrecentismo. Es bueno el vegetarianismo, pero lo correcto es el veganismo, el primero es un paso insuficiente pero voluntarioso, el segundo es un fín. Es bueno aceptar los flujos migratorios, pero lo correcto es dejar de expoliar los países originales de esas migraciones, para que no necesiten irse, dado que la inmensa mayoría de migrantes huyen de algo, del chantaje de la falta de oportunidades, del hambre, de la necesidad, de una situación social opresora. Lo bueno es mejorar las condiciones de explotación de alguien, lo correcto es cesar esą explotación, tratar de detenerla o, como mínimo, dejar de financiarla. Ello forma parte también de la educación pasiva.
Para educación la pasiva de los animales, que tiende puentes entre la naturaleza y nuestra absolutamente extraviada especie, verlos es reconocernos en ellos, valorarlos como nos valoramos a nosotras mismas, es cruzar ese puente, recorrer ese camino de regreso y hacernos mejores.
Estamos hechas más de despedidas que de encuentros, de desamores que de amores, de muertes que de vida. La dicha está cada minuto acechada por la sombra del desasosiego, somos el permanente miedo a la pérdida. Sin embargo la cotidianeidad, el flujo de los sucesos, tranquilo y excepcional en su rutina, la suma exponencial y multitudinaria de las pequeñas cosas conforman un tipo de felicidad suprema basada en la sencillez, en el glamour de lo simple, y a ese conjunto podemos llamarlo vivir plenamente. Esa felicidad es un calco matemático para todos los animales, cuya existencia es no sólo lo único que tenemos, sino la plenitud absoluta encarnada en un cuerpo maravilloso porque nos mantiene vivas. Debemos rebelarnos a la ignorancia, no elegirla, somos el ratón y la paloma, el cerdo y la gallina, el quetzal y la onza, somos el deseo de la vida, y urge comprender y practicar este concepto, es la base del veganismo.
