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miércoles, 11 de febrero de 2026

NO LO LLAMES VIDA




Unos días antes. Mamá me canta nanas cuando pataleo, nervioso por nacer, contagiando la emoción a mis doce hermanas, sumadas ya al bailecito dentro de la panza. Yo aún no sé qué es la vida exterior, pero mi necesidad de movimiento me hace correr sin poder correr, imagino prados que nunca he visto y dormir a la sombra de árboles que no sé qué son. Mi memoria genética me anuncia un sol que nunca me iluminó, un espacio amable de aire y flores. Soy la vida premeditada y expectante, un festival de células, neuronas y emociones. De momento aquí todo es calentito y cómodo, el tambor del corazón de mamá es una música arrulladora. Estoy impaciente por lo que vendrá. ¿Cómo será de blanca la luna y de agudo el canto del jilguero? ¿a qué sabe la primavera que aún no conozco?...


Día primero. Nacer fue el frío, no lo recuerdo, lo sentí, mamá está a mi lado, el suelo es duro y frío. Tengo frío. Busco a mamá oliéndola, su contacto, su piel, su olor, el retumbar reconfortante de su corazón que ya es uno diferente al mío, camino a sus pezones guiado por el hambre. Soy un cerdo recién nacido, el suelo es frío y duro, pero estoy con mamá. Una vez saciado de leche calentita me duermo, así será unos días, hasta que empiece a correr con mis hermanos. Creo que mamá no corre con nosotros por la jaula que rodea literalmente su cuerpo y con la cual constantemente se topa e impide que pueda girarse incluso, a veces al tumbarse para amamantarnos atrapa a uno de mis hermanos con un barrote, o sobre él porque carece de la posibilidad de tener cuidado con aplastarnos si no nos ve, y si se hiere o rompe los huesos y no puede caminar, la gente que trabaja en la granja lo reventará contra el suelo y morirá rápido, chillando, o tardará unos minutos, u horas, agonizando en el contenedor, nunca se sabe. Lo veremos patear apagándose sin entender que eso es la muerte. A ellas no las importa. Mamá nos sigue cantando roncas nanas cuando mamamos, el terror se calma por unas horas.


Día sexto. El olor en la sala es hediondo, viene la gente que trabaja aquí y nos agarran de las patas traseras, arrancándonos los colmillos con unas alicates, nos cortan el rabo con unas tijeras y los testículos con una cuchilla, sin anestesia, no hay tiempo. El dolor es insoportable, nunca antes había experimentado algo así, todo mi cuerpo convulsiona, chillo en vano, nadie atiende mi queja, el dolor entra en mi cabeza, pero sólo es el principio de mi miedo. Mi natural afecto por los seres humanos se convierte en terror y desconfianza de inmediato. Soy un ser aterrorizado y lo seré el resto de mi corta vida. Tendré frío el resto de mi miserable vida.


Día vigésimoquinto. Algunos de mis hermanos han muerto, debilitados por las condiciones higiénicas. Se han llevado a mis hermanas, a algunas las espera el mismo destino que a mi madre, comer, parir y ser matadas cuando dejen de ser tan productivas, o quizás algunas sufran prolapsos vaginales y de cérvix y entonces las llevan al matadero. Pero la mayoría se venderán para ser comidas por la gente, que sonreirá indecentemente mientras mastica nuestros pequeñísimos cuerpos. Nos llaman lechones porque aún mamamos de la leche de mamá. Somos niños, indefensos, desvalidos, tremendamente frágiles. Bebés.


Día vigésimocuarto. La mamá del box de al lado ha muerto, comió una rata envenenada por los raticidas que se ponen en los rincones de la sala de parto, decenas de ratones mueren cada semana. Nos divierte verlos pasar inquietos y excitados, quisiéramos jugar con ellos. Si la abrieran su carne sería azul. Unas trabajadoras se la llevan junto a todos sus hijos, incapaces de sobrevivir sin ella. Sus cuerpecitos son estrellados como muñecas contra paredes y suelos, los afortunados morirán enseguida, otros patalean, pisoteados hasta que sus cabezas crujen. Tirarán a la cerda al contenedor y encima de ella a todos sus hijos. Alguno quizás respire con un hilo de aire como última frase, como todo epitafio de tan cortísima vida...


Día vigesimoctavo. Han venido en grupo y nos han metido a golpes tirándonos en cajas, nos han separado a todos de mamá. Mamá grita, se queja, nos llama. Llamamos a mamá desesperados. Nunca la volveremos a ver. Adiós, mamá, te quiero mucho. Tengo todo el frío del mundo.


a trigésimo: Nos han llevado a unos cuartos desnudos de hormigón, tan fríos y duros como el lugar donde nací. El sabor de la leche de mamá se perdió, ahora comemos deseperadamente por el estrés una masa rara y amorfa horrible. Nos pinchan en el cuello boca abajo, obligados a comer y defecar en el mismo lugar, es asqueroso, nadie haría eso ¿por qué nos lo hacen?. Tratamos de entender qué hicimos mal, qué culpa tenemos de este castigo. Nos echan agua a presión para limpiarnos y limpiar el suelo. Nos movemos asustados de un lugar a otro. Nos quedamos paralizados en rincones. He perdido a casi mis hermanos y nos han mezclado con otros, en algunos crecen tumores enormes como cabezas, heridas sangrantes, bultos inflados y enrojecidos de pus, cortes y hematomas de golpes y patadas del personal de la granja. A menudo nos golpean con barras porque sí. Ayer murieron dos de mis hermanos, a uno se lo llevaron medio comido, al otro lo tiraron al contenedor. Es el insoportable estrés que sufrimos. Mamá ¿dónde estás?


Día centésimo: frustración, aburrimiento, encierro, no hay nada más aquí. Algunos de nosotros mostramos signos de demencia, moviéndonos en círculos, golpeándonos contra las paredes de hormigón, balanceando la cabeza de arriba a abajo y de derecha a izquierda, nos muerden el rabo y las orejas, creo que nos estamos volviendo locos. Nos mordemos las patas hasta sangrar. No estamos volviendo locos.


Día tricentésimo. La semana pasada se pararon los ventiladores de la sala de engorde, apenas duró unos minutos, pero el hedor se hizo insoportable. El amoníaco, el dióxido de carbono y la humedad asfixiante causó apneas y convulsiones en algunos de mis compañeros. Cinco murieron. Si no llegan a reparar la avería enseguida, hubiéramos muerto todos ahogados.


Día quincuagésimo. Dicen que los cerdos vivimos. Es insultantemente generoso llamar vida a esto. Dermatitis exudativa, cánceres, lesiones físicas del enclaustramiento, infecciones de excrementos en heridas, disentería, coccidiosis, parvovirus y muchas otras dolencias obligan a vacunarnos una y otra vez. Golpes, agua a presión, oscuridad y un aire fétido. La existencia más brutal que se pueda imaginar. Podríamos vivir hasta 20 años, pero la muerte prematura nos ejecuta con 6 meses. Es el equivalente a matar a niñas humanas de dos años de edad. El infanticidio como la pederastia, es considerar a las infancias como carne de consumo, gastronómica o sexual.


Día sexagentésimo. Hay mucho ruido. Nos obligan a movernos rápido fuera de los boxes, por pasillos, nos conducen a golpes y gritos. Nos golpean en las rodillas para que no haya hematomas en la carne y el cliente no se queje. Nos azuzan hasta conducirnos a camiones. El aire fuera de las salas duele de lo puro que es. Estamos viendo el sol. Estamos viendo árboles. ¿Era eso la vida?.



Día sexagentésimo primero. Nos han llevado durante horas en una caja metálica que no paraba de moverse. He visto el sol, he aspirado olores, muchos olores, todos eran diferentes y maravillosos. No sé cuánto tiempo hemos estado así. Todos aquí son extraños, sólo uno de mis hermanos ha permanecido en la caja y me he pegado a él, para consolarnos. Tenemos miedo, todo el posible. Murmuramos el nombre de mamá una y otra vez. La caja metálica ha parado y han abierto una puerta trasera. Nos gritan y empujan y nos asustan mucho. Un compañero se ha caído y roto las patas traseras, lo han arrastrado con cuerdas hasta afuera y le han disparado en la cabeza. Lo han dejado pataleando unos minutos y luego se ha quedado quieto y se lo han llevado colgando de unos ganchos para despedazarlo. Al resto nos obligan a pasar por pasillos interminables. Nos separan en fila, El aire hiede a sangre, a vísceras, a huesos seccionados. Uno tras otro delante mío van desapareciendo tras una pared metálica. Estoy paralizado de miedo. Llega mi turno. Me empujan a un habitáculo muy estrecho. Alguien me sujeta la cabeza con una especie de pinza y un infierno como un martillazo eléctrico abrasador se desata en mi cerebro, todo explota, todo se pierde. Me derrumbo sin control sobre el suelo, mis recuerdos se difuminan. ¿Mamá, dónde estás?. Quédate conmigo, mamá. Siento cómo me alzan de las patas traseras, noto un agudo dolor en los tobillos, me alzan y me meten en agua hirviendo, sigo vivo, me convulsiono, la catarsis de todos los dolores cubre mi piel encendida y mis nervios quemados. Mis extremidades, mis órganos sucumben y esa última conciencia apagándose por fín, como un liberación de todo este horror. Mamá, ya voy contigo. Mamá ya estoy contigo.



No habrá flores tras de mí, ni lunas que contemplar, ni ratoncitos con los cuales jugar, no hay arcoiris, ni puentes ni un lugar mejor, mi cuerpo será despedazado por los inmundos horribles canibales y yo habré perdido la única oportunidad que tuve de vivir. Pude haber vivido, pero lo que tuve no puedo llamarlo vida.


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En TODAS las granjas de CUALQUIER especie criada para consumo se vulneran los reglamentos de salubridad, ¨bienestar¨ animal, bioseguridad, ética básica y estándares de los mejores protocolos de humanitarismo, los más avanzados. Por desidia, por ahorro, por ineptitud, por desprecio, por negligencia, por imbecilidad, por incapacidad. Las normativas no son más que placebos no destinados a minimizar el sufrimiento animal, sino a satisfacer los cargos de conciencia de una humanidad degenerada, con eufemismos baratos como gallinas ¨felices¨. En TO-DAS las granjas. La mitad de los cerdos son hervidos vivos en el matadero. Las vacas tiemblan cuando cuelgan bocaabajo en los ganchos y un vivísimo dolor les desgarra los tendones de los tobillos. Millones de animales llegan minusválidos o con algún tipo de traumatismo al matadero. Miles de vacas tienen fetos dentro en el momento de carnificarlas. El animal nonato es degollado de inmediato. Las madres cerdas son obligadas a parir una y otra vez y otra vez, 2,4 partos al año y tras un máximo de 7 alumbramientos son ejecutadas para carnificarse al pequeño tamaño de las bocas humanas, más grande que su conciencia. Las hembras en la explotación animal sirven para lo que sirven las mujeres al fundamentalismo religioso y al consevadurismo macho, para ser madres, el sentido de su existencia es ese y no otro. Una visión profunda y repugnantemente patriarcal que constriñe y cosifica a las personas a sus posibilidades y a su rendimiento.


Según Igualdad Animal, las siete estrategias de lavado de imagen de la industria cárnica es culpar al personal aisladamente como una excepción atípica en el proceso, culpar a la granja como mal ejemplo infrecuente, llamar a casos notorios ¨incidentes aislados¨, señalar a quien publica imágenes de estos cotidianos sucesos (por cada caso documentado hay un millón ocultos), asumir el error infantilmente y jurar que no se repetirá, desviar la atención con imágenes preparadas o situaciones cosméticas de granjas ¨que funcionan bien como la mayoría¨ y finalmente perseguir judicialmente a quien expone sus crímenes. Todo cuanto dicen es mentira, toda la publicidad de una buena explotación animal es mentira.


En Europa la mortalidad porcina durante el proceso de nacimiento hasta la carnificación es hasta del 20%, es decir que 38 de los 140 millones de cerdos son arrojados a la basura cada año, triturados para abono, incinerados o… nunca se sabe. Su vida es basura. No podemos llamar vida a esa experiencia que sufren para el capricho fascista de la gente. No podemos permitir que la sociedad gire entorno al infantil Me gusta o No me gusta individual de la gente, nuestra naturaleza criminal siempre haya el modo de aflorar.


Urge la prohibición de la cría, urge la prohibición del consumo de carne y de explotación animal.

martes, 3 de febrero de 2026

PARADIGMAS


 

Existen múltiples casos en que la vida de un animal, e incluso la de una planta es más valiosa que la de un ser humano. El roble de Stelmužė, en Lituania, por ejemplo, con sus 1500 años, es más valioso que la vida de Himmler. Por ejemplo una bebé con una enfermedad terminal en días, sufriente e incurable, tiene menos valor biótico que una sequoya de 100 metros de altura, o una hembra embarazada de una especie de cetáceo en peligro extinción, es más valiosa que la de un pederasta. Ppodría aportar innumerables ejemplos. Digan lo que digan las leyes -reductos de indecencia que convierte al planeta y sus octillones de octillones de vidas en mercancía al servicio de nuestra especie-, la ética y el sentido común también pueden establecer sistemas de valores que desafíen el supremacismo antropocéntrico más irracional. Hay muchos milenios de oscurantismo e ignoracia que alumbrar todavía.


Conviene diferenciar la moda del progreso, aunque en estos tiempos que corren de profetas y visionarias, de charlatanas y predictoras, de mercaderes de lo novedoso, cuesta separar paja de grano, por eso a un último modelo de teléfon móvil se lo llama progreso y al feminismo o al veganismo, moda. Todo depende de cuánto afecte o favorezca a quien sobre ello opina. Disfrazar a los animales, obligarlos a realizar acciones que no tengan como objetivo salvarles o preservar sus vidas, entrenarlos para adaptarlos a nuestros intereses, forzarlos a realizar trucos o acciones que nos parecen divertidas o útiles a nuestro capricho y entendimiento -incluso en los casos en que se lo justifica con que es ¨pòr su bien¨ sin serlo-, no es sino rebajarlos de su inteligencia para degradarlos a la nuestra. Es el triste consuelo de una especie profundamente menor, que retuerce las voluntades y las conciencias de otras superiores para no sufrir el ridículo de su propia negligencia.


No importa cuánto currículo posea alguien, cuanta experiencia laboral, titulos académicos, estatus social, dinero, fama, talento artístico, genio para divertir, desgranar análisis geopolíticos o concluir resultados científicos, si paga por explotar animales, si compra animales vivos o muertos, despilfarra sobreconsumiendo, si abandona a su perro, si arroja basura en el bosque... es una persona retrógrada que entorpece el avance de nuestra mejora como especie. Ya bastante camino evolutivo obstaculiza la religión, la corrupción política, el colonialismo y el clasismo para que sigamos respetando según qué conductas sólo porque ¨siempre se hicieron¨.


Con los animales no es posible hacer relaciones tan complejas como hacemos con los seres humanos, y esto no es una virtud ni desmerece a las hechas con animales no humanos. Nuestras relaciones con otras especies animales están basadas en las sencillez y en la verdad, y no en el constante riesgo de traición que caracteriza a las relaciones humanas. Hay personas que eligen perros para convivir por su necesidad de reciprocidad emocional y la rentabilización del cariño, hay otras más libres que escogen gatos y las hay que escogemos toda especie habida y por haber porque no exigimos nada de ellas, porque la dicha de su vida nos basta. Ni esperamos su amor, por mucho que pueda existir, ni nos hacemos fotos con ellos. La pureza que le falta de raza a un perro, le sobra de corazón, por eso tampoco nos importa la raza, ni el sexo de una persona sino su valía moral, ni su estatus económico, sino su bondad.





Mi entorno social virtual sólo se compone de gente que tiene la mínima decencia de haber adoptado animales (o no hacerlo, pero manteniendo con ellos una postura de igualdad y no explotación), así que si alguien lamenta la muerte del animal con el cual compartía techo, emociones y vida, sólo leo condolencias de sus contactos. Debe ser así, las neuronas espejo hacen su magnifico trabajo de empatía incluso cuando quien expresa su duelo no ha experimentado el horroroso navajazo en el corazón que supone despedir a alguien amado, sea o no de nuestra especie. Hago míos los duelos ajenos, todas mis muertas se me avalanzan, sus miradas me invaden suave y dolorosamente, caen de mis paredes, de mis techos, de mis muebles, se alzan de mis suelos como si nunca se hubieran ido pero tan obviamente habiéndolo hecho. El precio de nuestra longevidad prolongada es cavar tumbas para los animales que enriquecieron nuestras vidas con su ser y su estar. Sus patitas llaman a nuestras puertas antes de entrar y entran sin que se lo permitamos, porque así es el amor y así la muerte, que no solicitan audiencia. Nuestras muertas saben que nuestro corazón sigue siendo su casa igual que lo supieron en vida. Sus ladridos, maullidos, sus balidos, sus silencios, me resultan infinitamente más elocuentes que el más brillante discurso emitido por humana alguna. Mis muertas se acurrucan en mi herida condenada a no cerrar, como si el hueco que dejaron al partir quisiera ser una invitación para el resto de nuestras vidas, un nido permanente. Quizás me perdonan por irse porque yo no puedo ni perdonármelo ni perdonárselo.

Por eso mi modelo de calidad de vida es el perro. Cuanto más una vida esté alejada de los deseos y las pasiones humanas, más me llena, más me explica, más me conmueve y tiene para mí más sentido. Las aburridas existencias de la gente, infelices crónicas, veniales, petulantes, están llenas de preocupaciones irracionales, problemas que se solucionarían viviendo el momento y sabiendo que no hay pasado ni futuro. Tomar el sol, dormitar, llenar la panza, beber agua, jugar, olisquearlo todo, dar y recibir cariño de quien quiere darnos y recibirnos cariño… Todo es extremadamente sencillo. Mi referente de felicidad son los animales. Las ratas, las cucarachas, los leopardos de las nieves, la manta raya, los reyezuelos… todo aquello que vive y se relaciona nos enseña el arte de vivir dejando vivir, por eso concluyo que la expresión Bienestar Animal sugiere que hay un bien para los animales al explotarlos; o que decir Maltrato Animal normaliza que pueda haber un Buen trato a la hora de degollar o violar a un animal. La expresión Abuso sugiere que el Uso de alguien como si fuera algo es correcto. No caigamos en esas trampas retóricas de la industria del genocidio, en modo alguno quieren ayudar a los animales, sino no renunciar a explotarlos de algún modo. O de todos los modos.


Quien patea a un perro ¨callejero¨ podría perfectamente patear a una persona en situación de calle, porque entiende que son de rangos inferiores, sin llegar a la condición de cosas, pero sin alcanzar el estatus de seres sintientes y mucho menos el de personas. Pero si de algo estoy bien seguro es que todos los animales somos personas. Y puedo escuchar aquí las risas de quienes están presas del conveniente supremacismo que las permite considerarse superiores a costa de considerar inferior a otro animal. Gente que llama tontos a los animales porque no pasan como ellas la mitad de su vida trabajando para comprar cosas y la otra mitad interpretando erróneamente el mundo, gente que llama instinto a la inteligencia animal para esconder paradójicamente su propia ineptitud, cuando el único propósito de todas esas muestras de manifestació denigrativa tienen como fín poder masacrarlos sin cargos de conciencia. Lo hacemos con las mujeres, con las niñas, con las minorías, con las personas empobrecidas, usando la fuerza bruta, no el intelecto, para aplastarlas. Los hombres son lo peor de la animalidad, y sería justo que desaparecieran.

En otro plano, considerar que los animales deben cumplir alguna función ecológica o social no es un modo de defenderlos, sino de atarlos a ese rol y a esa obligación. Nunca aplicamos el principio de utilidad para defender a los seres humanos, porque nuestra vida es valiosa por sí misma por una parte y porque no sólo somos absolutamente prescindibles a la biosfera, sino que somos profundamente nocivos. De esta manera, validar la vida de un jabalí o una ardilla porque sean grandes sembradores de bosque, la del lobo por ser regulador de poblaciones, o la de la golondrina por comer los mosquitos que nos molestan, significa que sus vidas no son apreciadas en su mero latido, sino que están supeditadas a nuestro juicio, y su existencia está condicionada a que sigan cumpliendo aquella función que nos favorece. La vida de los animales se rige por lo que sabemos -casi nada- o ignoramos -casi todo- de ellos, y hemos hecho del planeta un inmenso campo de concentración donde la mezquindad, la necedad, el miedo, la cobardía o los intereses de los seres humanos construyen un verdadero régimen de terror ecocida, incluso para nosotras mismas. Liberemos a la naturaleza y a los animales de la cadena que las pusimos y liberaremos a nuestra especie de las cadenas que nos ponemos.


El pavor que siente la mayoría de la humanidad ante el hecho de que los animales son inteligentes, consiste en la vergüenza y los complejos que surgirían al reconocer que un burro es más listo que esa mayoría de seres humanos. Es una cuestión de orgullo, pánico y consternación, asumir que los animales nos superan en inteligencia emocional y resolución de conflictos, una sorpresa más profunda que el mero hecho del imperativo resultante de que esa conciencia supondría tarde o temprano deber dejar de explotarlos. Los corderos no son tontos porque vayan juntos siempre, es su estrategia de defensa perfeccionada con los cientos de miles de años, ni son idiotas porque no se rebelen cuando los llevan a matar, porque entonces podríamos aplicar el mismo baremo con las judías yendo en fila india a las cámaras de gas. Los animales son simplemente bondadosos y pacíficos, incluso aquella leona que por exigencias fisiológicas debe matar. No hay un impepinable físico en el consumo humano de proteína animal como hay en los depredadores, nunca lo hubo; de hecho prosperamos gracias al abanico de alimentos de origen vegetal que somos capaces de metabolizar, y del uso del fuego para digerir otros más duros. Aun siendo inferiores racionalmente a los animales, nunca mejoramos intelectualmente por comer carne, es ridícula esa teoría dada como hecho científico. Lo que sí hay es un desarrollo notable de la falta de escrúpulos para lograr proteína animal, innecesaria pero sabrosa; falta que ha llegado incluso a crear un sistema monstruoso y despiadado que jamás nos permitirá ser una especie coexistente entre las demás y consigo misma. La violencia contra los animales y la naturaleza es la base de la violencia entre seres humanos. Nos mueve el sabor, por eso millones de personas de países enriquecidos llevan dietas letales basadas en el sabor, no en los nutrientes. La gente es adicta a la comida insana y sabrosa, y sacrifican sus propias saludes, sus propias vidas y las de los animales, para lograr un minuto de placer. Impulsos básicos que conllevan crímenes y autolesiones.


Las tradiciones, los ritos, las costumbres, lejos de ser buenos per se, deben despertar desconfianza inicial, porque la ética de hace 100 o 500 años es radicalmente diferente a la actual. Ni siquiera las tribus antiguas se salvan de esta revisión. Cuanto daña, humilla, mata o vulnera la vida, nunca puede ser respetado por una razón de ancestralidad, incluso aunque es su momento pudiera parecer o fuera bueno. Del mismo modo que la naturaleza se perfecciona o los animales optimizan sus cuerpos y conductas, los seres humanos estamos obligados al cambio, a no aferrarnos a lo remoto bajo el lema dorado de que ¨es antiguo¨. Asimismo como existen modas ridículas y veniales, hay otras novedades que son positivas y que el ser humano debe abrazar para mejorarse. El feminismo, el veganismo, los derechos laborales, la diversidad sexual, la cultura del cuidado… no son estilos o tendencias cosméticas propias del absurdo, sino que han venido a quedarse para construir mundos sin víctimas, y todo ello se hizo, se hace y se hará desde el respeto y la empatía.