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viernes, 1 de mayo de 2026

LA IGNORANCIA SE ELIGE



Si la educación es la base de toda sociedad ¿por qué la gente toma drogas cuando en su casa familiar no se consumían, por qué dejan de ir a misa si cada domingo desde pequeñas las llevaban, por qué dejan de comer carne cuando las educaron a ello, y viceversa?... Muchas son las cuestiones y pocas respuestas dan una conclusión cuyo peso se apoye siquiera testimonialmente en la educación como modelo de fijado de conductas. Creo que es la oferta de otras posibilidades la que hace que un comportamiento detestable pueda no llevarse a cabo, y la idea de que algo esté bien o mal, lo que nos haga abrazarlo o rechazarlo. Ni tan sólo las leyes, con su coercitivo y su promesa de castigo pueden evitar que la gente mate, viole, venda bebés, rompa el cráneo de animales a martillazos o queme bosques. Vivimos en el peor de los mundos para los animales, nunca antes hubo tal dimensión. La educación es un mero vehículo transmisor de cultura perpetuada por el hábito, no hay una necesidad de bien común en la educación a juzgar por los horrores que muchas familia cometen contra sus propias hijas o el racismo de ciertas ideologías, el clasismo del sistema político imperante o la pulsión hacia la violencia como método de resolución de conflictos de la mayoría de gente. La educación no basta.


La educación hace un trabajo pasivo de normalización, y ese trabajo puede destruir a personas, ensalzarlas, endiosarlas o hacerlas mejores en un sentido ético, sin ninguna ninguna garantía de éxito, tanto a la hora de corromper como a la de mejorar. La educación es neutra y puede ser revertida en cualquier momento.


Con los dedos de media mano puedo contar las veces que ha entrado gente en el espacio de los herbívoros o las aves de La Casa de las Ranas. Es SU espacio seguro, así que no se puede hacer lo que nos da la gana, incluso yo cuando lo ingiero cada día lo hago no cerrándoles una salida si se sienten inseguros o quieren rehuirme, no acorralándoles, leyendo su cuerpo que habla todo el tiempo, tocándoles si me lo piden (todas las especies tienen su modo de pedir cariño), no cuando yo quiera… Si dijera que aplico el mismo comportamiento cuando se trata de niñas se entendería mejor, especialmente en estos tiempos en los que -por fín- se menciona el derecho de las niñas a no ser besadas por familiares si ellas no quieren porque supone una intrusión en su voluntad. El poder de hacer algo, o mejor dicho, la fuerza bruta y el chantaje necesarios para poder domesticar a alguien, sea de la especie que sea, no son correctos.


Los santuarios para animales rescatados de la explotación o del punto de vista fascista de la sociedad (todas y cada una de las sociedades del mundo son fascistas), son espacios de seguridad-libertad con una armonía que se trabaja con años de observación de cada individua, confianza, apego, amor, respeto y complicidad, atendiendo a sus circunstancias específicas y personales, a su biografía, con una distancia enorme sobre los estereotipos vomitados sobre las especies, los cuales se educan en la vida, en la escuela, en la casa, fijando en el imaginario social la idea supremacista que ejercemos sobre ellos. En realidad los animales no sirven para nada, no son sujetos pasivos, sino activamente gestionan sus vidas, sus deseos, sus intereses y sus voluntades. Quien visita un santuario luego se marcha, en cierta manera consume emociones de usar y tirar, se hacen selfies casuales donde los animales son un fondo, para su recuerdo o para subir de inmediato a las redes. Pero esos animales son seres emotivos y muy muy sensibles, así que el único modo de hacerlo es con respeto. El respeto se aprende para desaprender el desprecio. Los animales no son atrezzo, algo bonito cuya finalidad es realzar nuestra belleza, satisfacer nuestro capricho gastronómico, nuestra petulancia o presunción. Siempre fuímos imbéciles, pero antiguamente teníamos pudor, las redes liberaron esa vergüenza y dejaron sólo la imbecilidad.


Hay santuarios que deciden cabalmente aceptar visitas. La normalización de los animales siendo respetados y tratados bien es importante -sin garantías de éxito, insisto-, pero un granjero también puede fingir que trata bien a los animales. Recuerdo un vendedor de huevos que me enseñó la foto de su gallinero de ¨gallinas libres¨ todas apelmazadas, sin jaulas, pero enclaustradas, mientras por el contrario mostraba una pancarta publicitaria de unas gallinas en un prado. La mentira de la publicidad especista es algo exagerado y carece del pudor de la imbecilidad de antes. Mienten sin complejos y eso también es educativo. Porque la educación no es benigna automáticamente, la mayoría de líderes políticos que organizan guerras tienen estudios superiores, y ello no les convierte en mejores que una niña analfabeta de un suburbio colombiano. Si tu hijo quiere hacerse soldado, has fracasado en su educación.


¿Deberá aprender a maullar o ladrar el cerdo, la vaca, el pez o el pollo para que entendamos que quieren vivir?. El poder no existe tanto por la voluntad de la gente para ejercerlo, como por la de la gente de ser dominada, pero en el caso animal es una cuestión de bondad absoluta,de la inocencia más límpia que podamos hallar. Es tan fácil engañar a un animal como engañar a una niña.


El veganismo es algo simbólico, lo mismo que votar, el feminismo, el antifascismo u otros ismos. Una idea de horizontalidad linda y justa que se queda en recurso, en herramienta, ante un mundo doblegado al ego. El veganismo es un punto de vista el cual como todos los avances sociales, debe existir y desarrollarse, madurar, para que se implemente algún día de manera global o que al menos tenga impacto significativo. Nunca hubo tanta oferta de sustitutos alimenticios veganos, nunca se habló tanto de veganismo... y nunca se mataron tantos animales. No es una paradoja, es la apropiación capitalista del veganismo como mercancía y de las veganas como simple prescindible clientela. A juzgar por el tiempo tan enorme que requiere al ser humano renunciar a todo lo relacionado con asesinar, violar, torturar, despreciar, etc, y el poco tiempo que por el contrario le requiere lo contrario, será una carrera de resistencia, no de velocidad. Nuestra naturaleza es vírica y metastásica, de manera que más que en el proselitismo confío en el colapso civilizatorio para detener nuestra acción, y mientras tanto seguiré con mi posición férreamente vegana y decrecentista como parte de esta actitud radical y beligerante contra el odio y la indiferencia.


Ninguna cebra se burla de otra por tener más o menos rayas. Ningún elefante mata a otro por el tamaño de sus orejas. Ningún ratón encierra a otro para comerciar con su cuerpo. No existe una crueldad intencional en la naturaleza, únicamente en nuestra especie. Cuando ves a los animales, cuando realmente los ves, automáticamente dejas de mirar al ser humano del mismo modo que antes. Es lógico llegar a negar a la humanidad cuando te enamoras de sus víctimas.


Cada noticia publicada de carácter comparativo entre la especie humana y las otras animales, pretendidamente realizada desde un prisma científico exahustivo, suele referirse a la nuestra como modelo, confundiendo así la realidad, manipulándola, calcando un modelo de exposición de datos y descubrimientos en la cual los seres humanos ejercemos el rol de ejemplo base, entorno al cual todo nos resulta alto o bajo, listo o tonto, útil o inútil, etc. Pero la totalidad de las especies existentes ya vivían en este planeta cuando aparecimos en él, incluso en nuestra protoforma inicial. No vinimos a regular nada, ni a poner orden, ni a sentar cátedra sobre la legitimidad que tengan o no de existir, ni dónde o cuándo o para qué deban hacerlo. Los animales son valiosos en sí mismos, y no porque le otorguemos cualidades que nos seduzcan o convengan, no porque nos gusten o nos disgusten. No nacieron para satisfacernos, del mismo modo que ningún ser humano nace para satisfacer ni estar al servicio de otro.


La voluntad de querer cambiar el mundo desafía en sí misma la apatía y el conformismo colectivo. Se puede poseer más o menos talento para ello, más menos eficacia, como parte de una masa voluntariosa o como referente intelectual o accional del cambio, pero siempre cada persona supone un cambio interior. Ese mecanismo que se activa ejerce un punto de inflexión insignificante en comparación al problema, a la inercia de cientos de miles de años de brutalidad e incluso en contra de la naturaleza humana, pasivo-activo agresiva, en la dinámica de los poderes egocentristas que señorean las sociedades y la naturaleza. Cada acto realizado contra esos poderes boicotea una agenda de miseria y destrucción, sin embargo sólo la suma colectiva y sustanciosa de esos actos adquiere significancia. Sin la voluntad y el acto, más allá de las palabras, todo está perdido.


Somos lo que queramos ser, la ignorancia se elige. Entiendo que haya generaciones actuales que fueron amaestradas en la cultura ecocida del usar y tirar, pero no entiendo que sus domadoras hubieran decidido que lo que estaba bien ya no lo estaba. Hubo un tiempo en que usábamos el pañuelo de tela, ahorra miles y miles de pañuelitos deshechables que la gente no tiene siquiera la decencia de comerse y los tiran al inodoro, a la papelera, al cubo de basura o al contenedor de papel, como si reciclar un envase fuera mejor que no generarlo. Sigo llevando pañuelo de tela, la tierra lo exige, la educación no sirvió de nada en este ejemplo y a muchas buenas intenciones las falta inteligencia para aplicarse.


Vivimos una era de información y saturada sobreinformación, así que nuestras decisiones deben ser más intuitivas, fomentando la empatía y el principio del mal menor. Acerca del tema de la educación, no importa qué nos hayan enseñado, debemos aplicar ética para los animales. La diferencia entre lo bueno y lo correcto es que lo bueno no suele ser adscrito a una noción de bondad absoluta, sino a un pequeño gesto de aparente ayuda, y lo correcto es una acción directamente encaminada a la justicia y dentro de un marco justo, como por ejemplo el veganismo o el decrecentismo. Es bueno el vegetarianismo, pero lo correcto es el veganismo, el primero es un paso insuficiente pero voluntarioso, el segundo es un fín. Es bueno aceptar los flujos migratorios, pero lo correcto es dejar de expoliar los países originales de esas migraciones, para que no necesiten irse, dado que la inmensa mayoría de migrantes huyen de algo, del chantaje de la falta de oportunidades, del hambre, de la necesidad, de una situación social opresora. Lo bueno es mejorar las condiciones de explotación de alguien, lo correcto es cesar esą explotación, tratar de detenerla o, como mínimo, dejar de financiarla. Ello forma parte también de la educación pasiva.


 

Para educación la pasiva de los animales, que tiende puentes entre la naturaleza y nuestra absolutamente extraviada especie, verlos es reconocernos en ellos, valorarlos como nos valoramos a nosotras mismas, es cruzar ese puente, recorrer ese camino de regreso y hacernos mejores.


Estamos hechas más de despedidas que de encuentros, de desamores que de amores, de muertes que de vida. La dicha está cada minuto acechada por la sombra del desasosiego, somos el permanente miedo a la pérdida. Sin embargo la cotidianeidad, el flujo de los sucesos, tranquilo y excepcional en su rutina, la suma exponencial y multitudinaria de las pequeñas cosas conforman un tipo de felicidad suprema basada en la sencillez, en el glamour de lo simple, y a ese conjunto podemos llamarlo vivir plenamente. Esa felicidad es un calco matemático para todos los animales, cuya existencia es no sólo lo único que tenemos, sino la plenitud absoluta encarnada en un cuerpo maravilloso porque nos mantiene vivas. Debemos rebelarnos a la ignorancia, no elegirla, somos el ratón y la paloma, el cerdo y la gallina, el quetzal y la onza, somos el deseo de la vida, y urge comprender y practicar este concepto, es la base del veganismo.


domingo, 29 de marzo de 2026

ARTIFICIAL, NO INTELIGENTE

 

En diciembre del pasado 2025 la conocida revista Time, declaró que su ¨Persona del Año¨ era ¨LOs arquitectos de la Inteligencia Artificial¨, no refiriéndose a LOs hombres que la diseñaron -según presupone el rancio patriarcal genérico de la revista-, sino también a las mujeres, de lo cual desprendemos que las creadoras femeninas de la IA son casi tan inteligentes y personas como los hombres… Sarcasmos aparte, el hecho de declarar sin vergüenza que un colectivo humano puede ser una persona, al igual que en jurisprudencia una empresa en abstracto puede ser una persona jurídica, y al mismo tiempo negar esa condición a seres que sí son personas (como todos y cada uno de los animales del planeta), dice mucho de la capacidad humana. Y no sólo la de la revista Time, sino de billones de personas humanas que en el mundo consideran a los animales cosas, seres vivos en el más generoso de los casos, pero jamás personas.

En ningún caso podría calificarse a la IA como persona, como una entidad única e irrepetible, sino apenas como un amasijo de información idéntica a otro amasijo de información fabricada un minuto antes o un minuto después en la misma línea de montaje. Una cosa cualificada por sí misma y por quien la construye, diseñada para autodefinirse por quien la proyectó y por la postverdad imperante (la cual podríamos llamar paraverdad) como alguien verosimil y omnisapiente que responde a todas las preguntas que se la hagan. Esa seguridad incluye los multitudinarios y sistemáticos casos en que la IA afirma erróneamente, o confirma en base a sus conclusiones falsas, emite hipótesis como si fueran verdades o, simplemente, miente. La IA no es una ¨máquina pensante¨, como afirma el Time, dado que no piensa en el sentido estricto, y mucho menos es una persona, del mismo modo que no es persona un cuaderno abarrotado de complejos datos, la biblia, los miles de tomos de códigos civiles y penales o los de física cuántica, sino meros centros de información volcada, cajas llenas de cosas. La IA no improvisa, no duda, no posee un pensamiento abstracto, no genera información, no contextualiza, no se aventura a especular, no emite teorías propias, no llora a una niña muerta, no toma caminos ajenos a los que la han indicado, no recapacita, una IA no se diferencia de otra IA (base empírica de la impersonalidad), y un largo etcétera de comportamientos que no son tales, sino consecuencias, consecuciones acumulativas de datos. Llamar a una IA inteligencia es como denominar persona a una piedra, aludiendo a la diversidad de minerales que la conforman, su evolución formal, su historia geológica o el valor monetario que la hayamos dado. La IA no crea, no toma rumbos imprevisibles o inacordes a una linea de actuación trazada previamente. No está sujeta a pasiones y rebeldías propias del pensamiento, modificaciones abstractas y aleatorias de dirección y sentido de actuación, en definitiva no sabe más que lo que queramos que sepa, está muerta en todos los sentidos de la palabra. No acierta ni se equivoca, sólo expele resultados que satisfacen a personas demasiado perezosas para hallar caminos de análisis y conclusión que requieran tiempo y esfuerzo racional. La IA no soluciona nada, sino que es otro mecanismo tecnócrata de desapego de la creatividad, y que hacen del ser humano un ente cada vez menos resolutivo ante situaciones sin precedentes y sin archivo al respecto. La IA es incapaz de afrontar situaciones drásticas novedosas por eso no son inteligencia en sí misma. Cualquier cucharacha, en sus 350 millones de años de evolución, ha creado mecanismos de inteligencia propia, resolutividad y personalidad más sofisticados que una IA.

Los animales, en cambio, sí somos personas, y por lo tanto somos valiosas en nuestra unicidad neuronal y conductual, somos absolutamente únicas e irrepetibles, incluso creadas en un ambiente idéntico al de otras y sometidas a las mismas experiencias. Un ordenador dañado podrá ser retirado e incluso destruidos sin el menor riesgo de pérdida ética, sólo material, sin menoscabo ni lágrima alguna, no obstante un cerdo degollado supone el trágico fin de un universo que jamás existió antes y jamás podrá volver a existir, un fenómeno extraordinario, atípico y sin igual. El fín de un universo en sí mismo para capricho del sabor delata la profunda mediocridad y la más flagrante banalidad del mal. La gente come milagros, excepcionalidades, seres singulares, sin el menor atisbo de conciencia de lo que hace.

Escoltada bajo el griterío del avance tecnológico y un supuesto progreso sin consulta ciudadana, la IA supone una invasión en todas nuestras disciplinas, en la gestión de la sociedad, y en la eliminación de millones de puestos laborales. A escala global la IA consume 21 millones de toneladas de agua potable para refrigerar los servidores, de las cuales un 30 % se evapora y el resto se desecha o hay que potabilizarla de nuevo mediante un consumo enorme de energía añadido. En un mundo donde la escasez de ese casi sagrado fluído imprescindible para la vida mata a millones de personas humanas y no humanas cada año, se antepone el uso mayoritariamente lúdico y venial de la IA. Ese consumo va in crescendo por semanas, por meses, eliminando paralelamente la capacidad de juicio, la iniciativa para buscar respuestas de diferentes fuentes contrastables, simplificando la inteligencia humana y arrodillándola a otras nuevas posibilidades de error. Porque nosotras podemos recapacitar y corregirnos, la IA no. La estupidez de la máquina sólo puede ser adorada por la estupidez humana. Las defensoras de la IA no ven nada malo tampoco en el calentamiento global, el consumo de proteína animal o viajar, situaciones ecocidas que lamentablemente son legales, permitidas y promovidas en el mundo contemporáneo, pese al impacto mortal y lesivo para la Tierra. La IA existe por encima de la ecología, la IA vive como nosotras mismas vivimos por encima de las posibilidades del planeta.

Otra aplicación que vulnera los derechos humanos es una IA aplicada en cámaras de control en las calles, e incluso en gafas que hacen una lectura facial de cuanta gente se encuentre casualmente por la calle, aportando muchos datos personales sobre esa persona, en detrimento de su derecho a la intimidad. La IA empìeza a controlar -de momento bajo supervisión humana- aspectos cruciales de la vida en la sociedad, no sólo se usa para técnicas militares y de control, sino para regular el tráfico con cámaras, sensores y algoritmos, seleccionar personal de trabajo, abastecimiento de electricidad y agua a los hogares,… y poco a poco irá suplantando a los seres humanos en los aspectos más incómodos de sus vidas, como hizo la revolución industrial y la mecanización masiva del trabajo. La destrucción de la naturaleza, los mataderos, las granjas de producción de animales… todo será en poco tiempo sustituido por impersonales cajas de datos. ¿Cuál será entonces nuestra función? ¿Sobrará quien creó a la creación? Y, sobretodo ¿con qué derecho podremos o no culpar a las máquinas?.

A día de hoy está sucediendo que resulta a veces practicamente imposible diferenciar imágenes reales de aquellas generadas por IA, no hay una regulación que obligue a identificar una imagen hecha artificialmente de una real, de manera que por lo pronto urge legislar su uso y distribución. Se están haciendo videos porno con la cabeza de personas reales incrustadas en otros cuerpos como modo de venganzas, bullying y chantajes. La IA entonces es YA usada como un arma, cuya autoría y diseño genera mucha admiración y orgullo en quien la proyectó, así como en muchas de sus usuarias, la pregunta que cabe hacerse es ¿es necesaria, o sólo otra chuchería comercial sin aplicaciones realmente positivas y exenta de daños a terceras personas?. Ya entrando en materia animalista, en proselitismo de los derechos animales, me pregunto qué ventaja tiene recrear artificialmente imágenes de un mono abrazando a un burro, águilas que adoptan gatitos y los cobijan bajo sus alas, unicornios que cocinan macarrones… ¿qué aporta a la lucha animalista?. Los animales son capaces de proezas increibles, de muestras de afecto realmente tiernas y de asociaciones, sinergias, ayuda mutua y cooperación que nada envidiarían al ser humano, llevan en ello decenas de millones de años, y del mismo modo que son capaces de volar a 300 km/h, poner millones de huevos, resistir temperaturas extremas o dar saltos que multiplican por 100 los de un ser humano, ello no significa que deban hacerlo cuando nos apetezca ver un video sobre eso, porque así convertimos a los animales en sujetos de obligatoriedad para con nosotras, obedientes al capricho humano, serviles a nuestro antojo de sorpresa y entretenimiento como en los zoos las visitantes van a ver a animales ¨haciendo algo¨, como juguetes.

Un ejemplo de juguetización es lo sucedido en febrero de esta año con un macaco juvenil que llamaron Punch encerrado en el zoo de Ichikawa, en Japón, el cual fue rechazado por su madre cuando pequeño y buscó en otras monas del recinto el afecto perdido. Es un comportamiento habitual en estos primates, y la solución evolutiva siempre fue que se adopte de manera colectiva como parte de un proceso de cohesión grupal. Mientras ello sucedía ofrecieron a Punch un peluche al cual se abrazó de inmediato como un sustitutivo provisional con el cual calmar su honda necesidad de recibir ternura, aunque pasaba tiempo con un cuidador-trabajador del parque. Las redes y medios viralizaron la imagen de dos juguetes que todo el mundo quería abrazar, adoptar, poseer, provocando masivas colas de entrada al zoológico, que no es otra cosa que una cárcel. La gente sigue teniendo una visión infantiloide de los animales, y se adjudican un carácter tutelar supremacista. No hay instinto protector en este caso, sino cosificación del animal para atarlo a las necesidades emocionales personales. El animal ¨de compañía¨ como objeto emocional.


Similar a ese esclavo emocional se presenta la IA en la pelicula HER, con Joaquin Phoenix. Una IA capaz de satisfacer las necesidades emocionales y afectivas de la gente, una entidad ausente que responde a todas nuestras exigencias siempre y cuando esas exigencias sean superficiales y sin personalidad, y o requieran responsabilidad mutua. La IA no piensa, sólo ejecuta y busca respuestas que quien la diseñó consideró oportunas. Una IA no es empática, pero a menudo en la sociedad actual no se busca la verdad, sino un placebo provisional que calme el hambre de saber y sentir. Una IA no puede sustituir a nadie, del mismo modo que una hija no es la proyección de una madre o un padre, como corredoras a quien pasar el testigo de relevo en la carrera que queríamos, no es una continuación de un apellido, una obligatoriedad genética, sino que es un ser único e irrepetible. En la misma línea de pensamiento, un lechón no es alguien obligado a seguir el camino de dolor y sangre que designaron para su madre, ni alguien a quien someter a nuestras expectativas. Todas somos personas, a diferencia de los conglomerados de bits, datos, frecuencias, algoritmos, etc.


La Naturaleza es sin duda como un gran ordenador el cual posee la capacidad de errar, de recrearse en ese error y eliminarlo después o convertirlo -con un millón de años más- en otro ser, otra planta, otro fenómeno atmosférico, otra longitud de onda… No necesita acción u omisión ajena, vuelca, se alza, se hunde y se retuerce sobre sí misma usando los materiales de que dispone, es fecunda y creativa hasta niveles que desconocemos por completo. Los animales y la vida en general somos éxitos, provisionales pero perfectos en nuestra efímeridad. Lo que llamamos Inteligencia es algo más profundo y dependiente de responsabilidad de uso que una mera acumulación de datos dictando acciones y pensamientos; la inteligencia requiere valores, emocionalidad, noción de comunidad y bien dentro de parámetros vitales y de preservación de la vida.


Una vez preguntaron a una IA cuál sería la solución a todos los problemas medioambientales causados por nuestra especie y ella respondió que extinguirnos era esa solución. Razón no la faltaba, una razón matemática y exponencial, pero sin corazón. Si conocemos el problema debemos aplicar la solución aunque no sea rentable, aunque no la hayamos probado antes, aunque contradiga las lógicas de mercado, comodidad o supremacismo con que oprimimos a la naturaleza y sus criaturas. Por todas las especies que extinguimos e incluso por nosotras mismas, dejemos que la bondad y el deseo de la vida sean nuestra Inteligencia Natural.