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lunes, 15 de junio de 2026

CASAS QUE CROAN

 


Según datos de la ONU y WWF, el 75 % de los ecosistemas terrestres y el 66 % de los marinos han sido degradados por el ser humano, y cerca del 73 % de la fauna silvestre ha desaparecido en los últimos 50 años. Somos un verdadero IV Reich invadiendo paisajes bajo la excusa del espacio vital. Somos expansivas y colonialistas, y toxificamos cada lugar que conquistamos. Los sudetes que los nazis exigían al iniciar su guerra son el equivalente a los prados y los lagos del planeta, Polonia son los bosques, Europa entera para los nazis fue lo que hoy en día es el Ártico para la avaricia humana. No nos detendremos hasta que logremos felizmente extinguirnos. El veganismo no es ni de lejos la solución a la matanza discriminada e indiscriminada de animales. En cuestión de cifras la pérdida e invasión de los habitats naturales son la causa principal de muerte animal, a razón de miles de millones más que las derivadas de la cría global total de animales, la pesca o la caza. El animalismo y la lucha animalista se hallan intrínsecamente asociadas al ecologismo.


La Casa de las Ranas no sabía su nombre cuando la imaginamos. Un conocido sabía que buscábamos tierra para vivir y dijo que su vecino colindante tal vez vendería. Cuando echamos un vistazo al lugar no era más que parte de un antiguo conglomerado de tierras de cultivo colectivizadas del socialismo, los cuales tras la Caída del Muro habían sido privatizadas, como suele ocurrir en el neoliberalismo. Pensábamos en comprar un máximo de dos hectáreas para cultivar algo y tener árboles, y buscábamos un buen lugar, alejado de la gente, pero accesible para temas logísticos. Nos asomamos a ese trozo de tierra arada y sin vida cuando de repente escuché unas risas, pregunté al vecino qué era eso y me dijo ¨grullas¨. ¿Grullas?, algo hizo click dentro mío, sabía de ellas y me parecían fascinantes criaturas de otro mundo, son adoradas en Asia y su danza precede a su fama, no imaginaba que hubieran en Polonia. Ahí la tierra empezó a interesarme. Al final vendimos el piso donde habíamos vivido en Barcelona y con ese dinero compramos siete hectáreas, más de las necesarias pero el precio era menor por comprar toda la finca, así que la nueva idea era vender el exceso de tierra a alguien de confianza. Luego se vió que no. El campo lindaba por el este a una turbera un arroyo, un bosque y un prado, y con 20 Ha de cultivo ecológico, así que pensé que era un lugar adecuado, pese a que todos los otros puntos cardinales estaban copados por la avaricia de monocultivos y tierras quimicalizadas. Todos los ahorros se fueron en la tierra y en construir la casa, de arcilla y paja, sistema de purificación de agua por filtrado, letrina seca, bioconstrucción de espacios, vallados y varios cientos de árboles. Mis dos décadas de activismo en la calle y de organizar y dar charlas, encuentros sobre temas de ecología y animalismo, talleres de cocina vegana, protestas y mil cosas más iban a ser paulatinamente sustituidas por otro tipo de activismo: la acción directa sobre el terreno, devolver a la naturaleza aquello que la avaricia humana la robó. Devolver a los pájaros un aire que les pertenecía, a los corzos su hierba original, a los reptiles su cama de lluvia, a la vida su lugar.


La tarde de la mañana en la cual firmamos la compra de la tierra, ya empecé a vallar y a plantar 800 árboles frutales. El vallado fue innecesario, seguí consejos de alguien vegetariano y pseudoecologista que no quiere a los animales, y decididamente los vallados los ahuyentan. Ahora los animales salvajes campan a sus anchas, he fotografiado zorros en las escaleras de casa, liebres jugando con faisanes desde la ventana, desde donde hago la mayoría de las fotos, no debiendo aguardar como en mi juventud, a que aparecieran, escondida en un hide fotográfico. Ya compartimos hogar.


Durante la construcción de la casa ayudó gente vegana y vegetariana, más o menos ecologista, y observé que cada día debía desahuciar montones de ranas y sapos que entraban en la bodega buscando humedad y frescor, temerosa de que al trajinar por el suelo con materiales, las pisara accidentalmente. En los postulados de ecología profunda y biología básica, la presencia de anfibios y reptiles delata la buena salud de un ecosistema, su biodiversidad floral y faunística así que todos esos batracios eran una bandera. La Casa de las Ranas iba a ser un proyecto ecológico vital y de ahí su nombre.

 

Toda el agua necesaria para la construcción de la casa la bombeé a mano desde el subsuelo, cientos de miles de litros de agua, pero no era potable, aunque la bebiera. Décadas de masivos abonados químicos, pesticidas, fungicidas, etc, habían intoxicado las aguas freáticas, las cuales debieran ser las más potables por un sistema natural de filtrado y que han abastecido a la humanidad desde hace miles de años para ser ahora podridas por la codicia de esos mercaderes modernos que siguen ostentando lamentablemente el nombre de campesinos… El desprecio social por el agua del mundo es inversamente proporcional a la necesidad de ella que tenemos. Al final, tras seis meses de traer agua en bidones para consumo en casa, años después, instalamos agua de la red local.


Dividí el campo en Zona de Bosque y Zona de frutales, y los árboles propiamente boscosos que crecían en la zona de frutales, los trasplanto cada año, alrededor de 600, del mismo modo estamos en proceso de plantado de una barrera verde perimetral con árboles y arbustos. Sé que algún día, cuando mis fuerzas mengüen, el bosque vencerá, Polonia es un bosque que quiere recuperar lo suyo, por eso trato de que haya flora local. He plantado decenas de miles de árboles y arbustos, abedules, pinos, robles, alerces, abetos, bojes, boneteros, cerezos alisos (llevan casi 200 años, pueden considerarse ya locales), escaramujos, ciruelos y perales silvestres, ciruelas tarninas, serbales, sauces, saucos, arces, hayas a lo cual debemos sumar otros árboles y arbustos espontáneos que los animales y el viento traen en su vientre. No sólo yo sufro horror vacui, también la tierra, y si la dejamos en paz, ella sabe restaurar cualquier terreno, a veces necesita años, a veces milenios, pero la tierra sabe mucho más.


En cuanto a animales rescatados, además de los gatos que cuidamos y rescatamos desde hace 25 años, recogimos gallos. Los gallos tienen la suerte de ser asesinados enseguida, al no ser útiles para la industria del huevo, viven un día, o pocas semanas, no padecen la miserable pseudovida de las gallinas, explotadas hasta que dejen de poner huevos y la maten, sus existencias en granjas encuentran en morir una liberación, una muerte prematura e injusta determinada por el bolsillo de quien las explota comprando sus huevos, tanto gente carnista como vegetarianas que creen amar a los animales mientras los explotan. Los gallos viven en espacios de libertad segura, o podríamos llamarla seguridad libre, donde estén protegidos pero al mismo tiempo, tengan un medio ambiente natural salvaje. Después apareció Maya, la oveja, de la cual supimos que llevaba en su vientre a Sol, su hijo, el cual nacería 3 meses después. Años después, cuando construía un nuevo pesebre más amplio con madera, arcilla y paja, aparecieron Wisia y Olga, yeguas ponis madre e hija, entraron en el vallado y se fueron directamente al pesebre todavía no acabado, era la señal que quise interpretar de que querían vivir aquí. Vinieron también Edgard y Czarus, cabritos rescatados de una explotación donde sólo querían hembras para parir nuevas esclavas y exprimir sus ubres, y hace pocos años trajimos a Wolodia, a Gucio y a Staszek, cabritos más muy bajitos y que crecieron en altura tanto como sus cuernos en anchura y que fueron deshechados por el mismo motivo que los dos primeros. El control patriacal de las hembras es la base de la explotación animal. Nuevas tandas de gallos, patos, perros, gatos, gansos, etc viven y vivieron aquí en paz, sin ser molestados por nadie ni ser explotados. Ocasionalmente rehabilitamos palomas, erizos, y otros pequeños animales que vuelven a su libertad tras curarlos. Incluso cigüeñas heridas o jabatos los cuales llevamos a centros de rehabilitación donde los devuelven a la naturaleza o conviven en manadas.


Los animales salvajes que pueden verse por aquí se cuentan por miles. Desde las golondrinas, estorninos, lavanderas, gorriones y todo tipo de roedores que anidan en la propia casa, pasando por los que viene a comer parte de la comida que doy a los ¨nuestros¨. Escribanos, carboneros, alcaudones (las tres especies), jilgueros, cuervos, arrendajos, urracas, cigüeñas, y decenas de especies más, hasta los que frecuentan el terreno, algunos de los cuales debo fotografiarlos con cámara trampa, como el tejón. Sobrevuelan La Casa de las Ranas una o dos parejas nidificantes de busardos ratoneros y calzados, pigargos, grullas, cisnes cantores y mudos, garzas blancas e imperiales, halcones, gavilanes, azores, cucos, pájaros carpinteros… Y corren por la hierba corzos, faisanes, víboras, culebras, todo tipo de reptiles, rascones, codornices, liebres.. y alguna vez ví gamos y ciervos, los cuales berrean en la turbera cuando llega el otoño. Del bosque también llegan los cantos de las rapaces nocturnas, los ruiseñores y otras aves que aún no sé identificar.


El estado de esta tierra liberada es más que óptimo, empieza a convertirse en un vergel donde cada centímetro de terreno es colonizado por el abanico de variedad de la vida. No hay desbrozados, ni talas, los árboles que mueren pudren en el lugar y generan insectos xilófagos, líquenes, musgos y una creciente variedad de hongos. No permito por supuesto que entren cazadores, ni siquiera paseantes, trato este lugar como una pequeña reserva de biodiversidad. Tampoco entran visitantes a ver a los animales, no soporto el hecho de que las personas de otras especies con las cuales convivimos sean considerados decoración o fondo de fotografías, como la gente suele tratar a los animales, incluyo en esa gente a todas las personas veganas que posan sonriendo con animales, reduciéndolos a un producto de consumo emocional. Ellos están aquí para vivir sus vidas en seguridad y tranquilidad, el destino por el que deberíamos luchar por todos los animales.


Cultivamos algo de huerto según principios de permacultura donde no se eliminan las llamadas malas hierbas más que cuando dominan a las sembradas. También recogemos y conservamos setas, frutos salvajes y de los frutales plantados, hierbas medicinales y gastronómicas con las cuales cocinamos comida vegana, así como trabajos artísticos como fuente de autofinanciación de los gastos derivados de conservación, asistencia veterinaria, alimentación, infraestructuras, almacenes de comida, pesebres, etc del proyecto. No aceptamos donaciones y se pueden ver fotografías en la página de facebook La Casa de las Ranas, así como apoyar haciendo pedidos de comida vegana y también ecológica en la página Domowegan.


Es posible que todo esto no sea suficiente, ni siquiera significativo, pero la poesía es algo que no sólo se escribe, también se practica, y al fín al cabo somos la suma de nuestros actos, tanto los negativos como los positivos. Hay casas que croan, lo mismo que hay bosques que lloran por la noche con las mil voces de sus habitantes.


Es una gran suerte no llegar a enamorarse de los animales, no sufrir, no temer por ellos, vivir con el tranquilo supremacismo de pensar que no deben preocuparnos, ni pestañear siquiera cuando los abren en canal, los golpean hasta matarlos o los meten en una jaula apenas mayor que su cuerpo a perpetuidad, porque nos gusta su sabor. Quienes no sienten por los animales viven una felicidad similar a la del pederasta, sin cargos de conciencia por haber destruido las vidas psicológicas de sus víctimas, un estado de limbo placentero infantiloide, exento de toda moral, responsabilidad y escrúpulo. Hay personas las cuales saben o sospechan que algo no anda bien cuando explotan animales, pero sustituyen la sensación de urgencia y de cambio, por risas, burlas, aletargamiento y el más níveo encefalograma de pensamiento critico. Es una gran suerte ser un animal humano, pero en esta casa que croa preferimos ser sólo animales.

viernes, 1 de mayo de 2026

LA IGNORANCIA SE ELIGE



Si la educación es la base de toda sociedad ¿por qué la gente toma drogas cuando en su casa familiar no se consumían, por qué dejan de ir a misa si cada domingo desde pequeñas las llevaban, por qué dejan de comer carne cuando las educaron a ello, y viceversa?... Muchas son las cuestiones y pocas respuestas dan una conclusión cuyo peso se apoye siquiera testimonialmente en la educación como modelo de fijado de conductas. Creo que es la oferta de otras posibilidades la que hace que un comportamiento detestable pueda no llevarse a cabo, y la idea de que algo esté bien o mal, lo que nos haga abrazarlo o rechazarlo. Ni tan sólo las leyes, con su coercitivo y su promesa de castigo pueden evitar que la gente mate, viole, venda bebés, rompa el cráneo de animales a martillazos o queme bosques. Vivimos en el peor de los mundos para los animales, nunca antes hubo tal dimensión. La educación es un mero vehículo transmisor de cultura perpetuada por el hábito, no hay una necesidad de bien común en la educación a juzgar por los horrores que muchas familia cometen contra sus propias hijas o el racismo de ciertas ideologías, el clasismo del sistema político imperante o la pulsión hacia la violencia como método de resolución de conflictos de la mayoría de gente. La educación no basta.


La educación hace un trabajo pasivo de normalización, y ese trabajo puede destruir a personas, ensalzarlas, endiosarlas o hacerlas mejores en un sentido ético, sin ninguna ninguna garantía de éxito, tanto a la hora de corromper como a la de mejorar. La educación es neutra y puede ser revertida en cualquier momento.


Con los dedos de media mano puedo contar las veces que ha entrado gente en el espacio de los herbívoros o las aves de La Casa de las Ranas. Es SU espacio seguro, así que no se puede hacer lo que nos da la gana, incluso yo cuando lo ingiero cada día lo hago no cerrándoles una salida si se sienten inseguros o quieren rehuirme, no acorralándoles, leyendo su cuerpo que habla todo el tiempo, tocándoles si me lo piden (todas las especies tienen su modo de pedir cariño), no cuando yo quiera… Si dijera que aplico el mismo comportamiento cuando se trata de niñas se entendería mejor, especialmente en estos tiempos en los que -por fín- se menciona el derecho de las niñas a no ser besadas por familiares si ellas no quieren porque supone una intrusión en su voluntad. El poder de hacer algo, o mejor dicho, la fuerza bruta y el chantaje necesarios para poder domesticar a alguien, sea de la especie que sea, no son correctos.


Los santuarios para animales rescatados de la explotación o del punto de vista fascista de la sociedad (todas y cada una de las sociedades del mundo son fascistas), son espacios de seguridad-libertad con una armonía que se trabaja con años de observación de cada individua, confianza, apego, amor, respeto y complicidad, atendiendo a sus circunstancias específicas y personales, a su biografía, con una distancia enorme sobre los estereotipos vomitados sobre las especies, los cuales se educan en la vida, en la escuela, en la casa, fijando en el imaginario social la idea supremacista que ejercemos sobre ellos. En realidad los animales no sirven para nada, no son sujetos pasivos, sino activamente gestionan sus vidas, sus deseos, sus intereses y sus voluntades. Quien visita un santuario luego se marcha, en cierta manera consume emociones de usar y tirar, se hacen selfies casuales donde los animales son un fondo, para su recuerdo o para subir de inmediato a las redes. Pero esos animales son seres emotivos y muy muy sensibles, así que el único modo de hacerlo es con respeto. El respeto se aprende para desaprender el desprecio. Los animales no son atrezzo, algo bonito cuya finalidad es realzar nuestra belleza, satisfacer nuestro capricho gastronómico, nuestra petulancia o presunción. Siempre fuímos imbéciles, pero antiguamente teníamos pudor, las redes liberaron esa vergüenza y dejaron sólo la imbecilidad.


Hay santuarios que deciden cabalmente aceptar visitas. La normalización de los animales siendo respetados y tratados bien es importante -sin garantías de éxito, insisto-, pero un granjero también puede fingir que trata bien a los animales. Recuerdo un vendedor de huevos que me enseñó la foto de su gallinero de ¨gallinas libres¨ todas apelmazadas, sin jaulas, pero enclaustradas, mientras por el contrario mostraba una pancarta publicitaria de unas gallinas en un prado. La mentira de la publicidad especista es algo exagerado y carece del pudor de la imbecilidad de antes. Mienten sin complejos y eso también es educativo. Porque la educación no es benigna automáticamente, la mayoría de líderes políticos que organizan guerras tienen estudios superiores, y ello no les convierte en mejores que una niña analfabeta de un suburbio colombiano. Si tu hijo quiere hacerse soldado, has fracasado en su educación.


¿Deberá aprender a maullar o ladrar el cerdo, la vaca, el pez o el pollo para que entendamos que quieren vivir?. El poder no existe tanto por la voluntad de la gente para ejercerlo, como por la de la gente de ser dominada, pero en el caso animal es una cuestión de bondad absoluta,de la inocencia más límpia que podamos hallar. Es tan fácil engañar a un animal como engañar a una niña.


El veganismo es algo simbólico, lo mismo que votar, el feminismo, el antifascismo u otros ismos. Una idea de horizontalidad linda y justa que se queda en recurso, en herramienta, ante un mundo doblegado al ego. El veganismo es un punto de vista el cual como todos los avances sociales, debe existir y desarrollarse, madurar, para que se implemente algún día de manera global o que al menos tenga impacto significativo. Nunca hubo tanta oferta de sustitutos alimenticios veganos, nunca se habló tanto de veganismo... y nunca se mataron tantos animales. No es una paradoja, es la apropiación capitalista del veganismo como mercancía y de las veganas como simple prescindible clientela. A juzgar por el tiempo tan enorme que requiere al ser humano renunciar a todo lo relacionado con asesinar, violar, torturar, despreciar, etc, y el poco tiempo que por el contrario le requiere lo contrario, será una carrera de resistencia, no de velocidad. Nuestra naturaleza es vírica y metastásica, de manera que más que en el proselitismo confío en el colapso civilizatorio para detener nuestra acción, y mientras tanto seguiré con mi posición férreamente vegana y decrecentista como parte de esta actitud radical y beligerante contra el odio y la indiferencia.


Ninguna cebra se burla de otra por tener más o menos rayas. Ningún elefante mata a otro por el tamaño de sus orejas. Ningún ratón encierra a otro para comerciar con su cuerpo. No existe una crueldad intencional en la naturaleza, únicamente en nuestra especie. Cuando ves a los animales, cuando realmente los ves, automáticamente dejas de mirar al ser humano del mismo modo que antes. Es lógico llegar a negar a la humanidad cuando te enamoras de sus víctimas.


Cada noticia publicada de carácter comparativo entre la especie humana y las otras animales, pretendidamente realizada desde un prisma científico exahustivo, suele referirse a la nuestra como modelo, confundiendo así la realidad, manipulándola, calcando un modelo de exposición de datos y descubrimientos en la cual los seres humanos ejercemos el rol de ejemplo base, entorno al cual todo nos resulta alto o bajo, listo o tonto, útil o inútil, etc. Pero la totalidad de las especies existentes ya vivían en este planeta cuando aparecimos en él, incluso en nuestra protoforma inicial. No vinimos a regular nada, ni a poner orden, ni a sentar cátedra sobre la legitimidad que tengan o no de existir, ni dónde o cuándo o para qué deban hacerlo. Los animales son valiosos en sí mismos, y no porque le otorguemos cualidades que nos seduzcan o convengan, no porque nos gusten o nos disgusten. No nacieron para satisfacernos, del mismo modo que ningún ser humano nace para satisfacer ni estar al servicio de otro.


La voluntad de querer cambiar el mundo desafía en sí misma la apatía y el conformismo colectivo. Se puede poseer más o menos talento para ello, más menos eficacia, como parte de una masa voluntariosa o como referente intelectual o accional del cambio, pero siempre cada persona supone un cambio interior. Ese mecanismo que se activa ejerce un punto de inflexión insignificante en comparación al problema, a la inercia de cientos de miles de años de brutalidad e incluso en contra de la naturaleza humana, pasivo-activo agresiva, en la dinámica de los poderes egocentristas que señorean las sociedades y la naturaleza. Cada acto realizado contra esos poderes boicotea una agenda de miseria y destrucción, sin embargo sólo la suma colectiva y sustanciosa de esos actos adquiere significancia. Sin la voluntad y el acto, más allá de las palabras, todo está perdido.


Somos lo que queramos ser, la ignorancia se elige. Entiendo que haya generaciones actuales que fueron amaestradas en la cultura ecocida del usar y tirar, pero no entiendo que sus domadoras hubieran decidido que lo que estaba bien ya no lo estaba. Hubo un tiempo en que usábamos el pañuelo de tela, ahorra miles y miles de pañuelitos deshechables que la gente no tiene siquiera la decencia de comerse y los tiran al inodoro, a la papelera, al cubo de basura o al contenedor de papel, como si reciclar un envase fuera mejor que no generarlo. Sigo llevando pañuelo de tela, la tierra lo exige, la educación no sirvió de nada en este ejemplo y a muchas buenas intenciones las falta inteligencia para aplicarse.


Vivimos una era de información y saturada sobreinformación, así que nuestras decisiones deben ser más intuitivas, fomentando la empatía y el principio del mal menor. Acerca del tema de la educación, no importa qué nos hayan enseñado, debemos aplicar ética para los animales. La diferencia entre lo bueno y lo correcto es que lo bueno no suele ser adscrito a una noción de bondad absoluta, sino a un pequeño gesto de aparente ayuda, y lo correcto es una acción directamente encaminada a la justicia y dentro de un marco justo, como por ejemplo el veganismo o el decrecentismo. Es bueno el vegetarianismo, pero lo correcto es el veganismo, el primero es un paso insuficiente pero voluntarioso, el segundo es un fín. Es bueno aceptar los flujos migratorios, pero lo correcto es dejar de expoliar los países originales de esas migraciones, para que no necesiten irse, dado que la inmensa mayoría de migrantes huyen de algo, del chantaje de la falta de oportunidades, del hambre, de la necesidad, de una situación social opresora. Lo bueno es mejorar las condiciones de explotación de alguien, lo correcto es cesar esą explotación, tratar de detenerla o, como mínimo, dejar de financiarla. Ello forma parte también de la educación pasiva.


 

Para educación la pasiva de los animales, que tiende puentes entre la naturaleza y nuestra absolutamente extraviada especie, verlos es reconocernos en ellos, valorarlos como nos valoramos a nosotras mismas, es cruzar ese puente, recorrer ese camino de regreso y hacernos mejores.


Estamos hechas más de despedidas que de encuentros, de desamores que de amores, de muertes que de vida. La dicha está cada minuto acechada por la sombra del desasosiego, somos el permanente miedo a la pérdida. Sin embargo la cotidianeidad, el flujo de los sucesos, tranquilo y excepcional en su rutina, la suma exponencial y multitudinaria de las pequeñas cosas conforman un tipo de felicidad suprema basada en la sencillez, en el glamour de lo simple, y a ese conjunto podemos llamarlo vivir plenamente. Esa felicidad es un calco matemático para todos los animales, cuya existencia es no sólo lo único que tenemos, sino la plenitud absoluta encarnada en un cuerpo maravilloso porque nos mantiene vivas. Debemos rebelarnos a la ignorancia, no elegirla, somos el ratón y la paloma, el cerdo y la gallina, el quetzal y la onza, somos el deseo de la vida, y urge comprender y practicar este concepto, es la base del veganismo.