Según la asociación alemana Wild beimWild en Francia, durante la temporada 2024/2025, se registraron oficialmente 100 accidentes de caza: 11 muertas, 16 heridas no cazadoras (3 de gravedad), y 135 incidentes con daños materiales afectando a 58 viviendas y 27 vehículos. En Italia, la Universidad de Urbino reporta 62 accidentes y 14 muertas en la misma temporada, aunque estas cifras se basan en evaluaciones de los medios de comunicación y seguro hay muchos más casos no reportados. En España, entre 2007 y 2022, al menos 125 personas murieron por armas de caza y más de 729 resultaron heridas. En Suiza se produce un accidente de caza cada 29 horas. La casi totalidad de personas participantes en la caza son hombres. La violencia tiene género, la guerra lo tiene, la caza lo tiene.
La mayoría de la gente pensamos que los cazadores son basura, porque la generan en la naturaleza y por otros motivos, entre los que se encuentran el asesinato premeditado de animales a sangre fría, el asesinato accidental -o no- de otros seres humanos, la destrucción del equilibrio natural, la contaminación acústica, la gratuidad sádica de su violencia, el nulo cociente moral de quienes la practican, etc. Los cazadores abogan por la libertad de acción como cualquier fascista lo hace, anteponiendo su infantiloide ¨Me Gusta¨ a cualquier otro argumento en contra. Es ridículo debatir con uno de esos engendros, del mismo modo que no dialogaría con un pederasta. Los cazadores saben que uno de los animales más fáciles de cazar es el ser humano, lo simple que resulta ejecutarle. Lo relatan francotiradores en zonas de guerra, los sicarios en barrios marginados, los asesinos seriales en sus confesiones, los cazadores en los bosques, a quienes cada año se juzgan por matar gente ¨por error¨, o por banalidad del mal y sensación de impunidad concedida. Son pillados muy pocos y la gran mayoría siguen cazando, teniendo o no en sus conciencias esas muertes, sólo ellos saben de los cuerpos que abandonaron en barrancos, bajo árboles, medio enterrados, para librarse de la pena judicial. En cada país de este planeta cada día, hay un cazador cobrándose una presa humana… No hay exámenes psicotécnicos fiables, ni siquiera pruebas de salud, o el amiguismo se salta esas reglas. Hay cazadores muy peligrosos para los seres humanos.
Si el 90% de un documental animal muestra escenas de caza cuando sólo el 5% de la vida de ese animal es caza, sabemos que ha sido rodado por hombres. Una música inquietante comienza a sonar in crescendo actuando en el subconsciente, diseñada para ser asociada a algo inminente. Es la música de caza, melodía para machos embriagados de estupidez e inminencia de sangre; música que se adhiere como suciedad a la piel. Alguien va a intentar matar, alguien va a intentar no morir. Independientemente del resultado, la emoción está servida como un producto, como un plato para ser saboreado y consumido, degenerando en espectáculo la supervivencia y la muerte, en una mercancía de uso y disfrute al otro lado de la pantalla. A veces es tan agónica la espera que sólo queremos que concluya cuanto antes. Es un sufrimiento para el animal que caza porque supone su vida propia y es un sufrimiento para quien observa, o un enfermizo regocijo sádico para quien la goza. Cada vez que un animal muere por otro exclaman ¨es la naturaleza...¨, con su sabiduría falaz, como si el hecho de que un orangutan seleccione la fruta madura de una higuera y la coma con placer no fuera también naturaleza, como si un pangolín tirándose un pedo no fuera naturaleza, como si el abrazo amoroso de dos ratas no fuera naturaleza. ¨La Naturaleza¨ para los machos humanos es lo que sucede entorno al dolor, la violencia, la dominación y la conquista. El género de la caza. Ese escoger las escenas más obscenas de la naturaleza para presentarla así, forma parte del viejo plan patriarcal de hacernos vivir el dolor y el sufrimiento de las más indefensas como algo natural. ¨Es la naturaleza¨ dicen, mientras se manosean los testículos unos a otros, mascando un trozo de carne cazado en las ofertas del supermercado...
El uso de la violencia es un espacio reservado a las personas más brutales y toscas, desde cazadores, soldados, funcionarios de prisiones, boxeadores, etc, pero también notarios y científicos se suman al crimen legal y a la fuerza bruta agresiva, por frustración, desfogue de estrés o por tratar de disipar sus carencias afectivas en lugar de ir a sana terapia psicológica. En una página web española del mundo cinegético se invitaba a los hombres a ir de caza los fines de semana para alejarse de sus esposas y descansar de ellas, tal vez tratando de paso de evitar que las mataran, situación nada extraña en un mundo donde cientos de femicidios se cometen anualmente mediante armas de caza.
Los 260.000 jabalíes asesinados en Polonia por el miedo a la gripe porcina -la cual no afecta a los seres humanos, únicamente al negocio de la carne-, demuestran que su población preferiría acabar con la fauna salvaje a tiros antes que dejar de comer 20 millones de cerdos y otros cientos de millones de animales y recuperar así el 50% de tierra despilfarrada para ese fín, 10 millones de hectáreas. Ese nivel de ecocidio es el emblema de la ciudadana polaca, el orgullo patrio. En el mundo se calcula que se cazan 100 millones de animales al año, siendo un cálculo basado en la legalidad, no en el furtivismo -cometido generalmente por las mismas personas-, y que sin problema podría triplicar la cifra. El hecho de haber normalizado que en pleno siglo XXI todavía haya energúmenos que matan animales al azar para devorar sus cadáveres, que los acosen, aterroricen, dejen paralíticos, agónicos, muriéndose durante horas o días en el más horrible sufrimiento, matando por accidente a sus propios perros, delata el bajísimo nivel ético de cada lugar donde está permitido.
Otra de las caracterísiticas del cazador es presentar a los animales salvajes como seres peligrosos e indeseables. El jabalí posee un vínculo familiar profundo, es temeroso y escurridizo, pero se convierte en boca de esa gente en un monstruo que arruina cosechas; el lobo, dificilísimo de ver si no quiere ser visto, que prefiere la soledad de su montaña o su valle, o el zorro, ágil y travieso, juguetón y astuto, pasan a ser enemigos públicos número uno, achacándole todas las maldades y embustes imaginables, para poder asesinarlo a razón de millones cada año. No existe más motivo en la caza que mantener a los hombres entrenados para sus guerras. Todas y cada una de las supuestas agresiones o amenazas causadas teórica o realmente por la fauna salvaje son culpa de nuestro modelo social, alimentario y económico, el cual decide quién vive o muere.
TODAS las especies animales tienen un papel en el mosaico biótico de los diversos ecosistemas. Bacterias, heces germinadoras, expansión de semillas, regulación de poblaciones, polinización… cada animal cumple una función en el planeta, y todos los animales estudiados han aprobado el examen de utilidad. No en vano los millones de años de evolución han ajustado fisionomías, fisiologías, conductas individuales e incluso modelos colectivos al organigrama natural para que aporten más vida con su simple hecho de vivir. No podemos afirmar lo mismo de nuestra especie, a la cual no se la ha descubierto ninguna función más que la de parasitaria. Al parecer la naturaleza se equivocó generándonos. Los balbuceos del lobby cinegético acerca de la regulación de especies que su actividad propicia, presentándose a sí misma como salvadora de ecosistemas, es otra mentira típica de los hombres fracasados ¨que vienen a solucionar¨, argucias insultantes a cualquier inteligencia básica. La vida se regula sola desde hace cientos de millones de años, todo está estudiado y publicado, y lo que aún no lo está sigue un patrón que desestima la caza. Los booms poblacionales de una especie son respondidos de inmediato por los booms poblacionales de sus depredadores, siempre sucedió así, por eso hay un equilibrio natural automático y lógico de aumentar o disminuir el número de crías en función de la disponibilidad de alimento que exista en un territorio. La caza necesita la conservación de los ecosistemas para justificarse, pero los ecosistemas no necesitan la caza para regularse.
Justificar la caza arguyendo la longevidad de su práctica -y teniendo en cuenta que somos una especie recolectora-cazadora, en ese riguroso orden-, no debería asumirse como un argumento sino como todo lo contrario, un sólido contraargumento, dado que provenimos de tiempos menos desarrollados en la esfera ética y debemos cuestionarnos todas nuestras prácticas, muy especialmente si están asociadas a los hombres y su tradicional tendencia al crimen. Algunas de esas costumbres transgreden la dinámica de los cambios porque las consideramos buenas (por ejemplo, el uso del laud o las danzas tradicionales) y otras las rechazamos con vigor, como la esclavitud infantil o las corridas de toros. Por otro lado la abundancia y diversidad de fauna es cientos de veces menor que pòr ejemplo tras las últimas glaciaciones. La caza extingue especies, desde el dodo hasta la paloma migratoria. Sospechemos, pues, de las actividades muy antiguas, abracemos y estimulemos las positivas, las que miman el humanismo, son ecológicas y no causan víctimas, y erradiquemos sin que nos tiemble el pulso, aquellas que provocan dolor, daño, muerte o esclavitud.
Nadie nunca cazó para comer, ni siquiera las habitantes de tribus no contactadas que eligen comer carne. Acaso el pueblo inuit -apenas 150.000 personas-, cuyas condiciones vitales extremas les obliga a ello. Cazar hace 10.000 años era algo muy peligroso. Lanzas, trampas, animales acorralados, heridos, enfurecidos, megafaunas etc, suponía el riesgo de muerte inmediata, heridas mortales o minusvalías que acortaban mucho sus vidas, estas pérdidas conllevaban un trauma en la estructura de la tribu, compuestas tal vez de 10 o 15 miembros, no podían permitirse esas bajas. La rotura de la caja torácica o las piernas por una embestida de un animal suponía la muerte inmediata o agónica durante días, no había cura a eso. Por eso se consideraban actos lo suficientemente atípicos para inmortalizarlos en pinturas rupestres, y eran llevados a cabo sólo por hombres, mientras las mujeres cazaban animales pequeños. Pero la alimentación básica diaria consistía en la recolección y almacenamiento de vegetales, frutas, raíces, hojas, etc, fáciles de deshidratar y conservar y sin ningún riesgo de enfermedades zoonóticas. Hoy día cualquier petimetre puede tomar un arma y disparar, no hay hazaña, no hay riesgo, no hay heroicidad.
No podemos perdonar a los animales su pureza, su inocencia, su capacidad sensitiva mucho más desarrollada que la nuestra. Llamamos condescendientemente Instinto Animal a su conducta porque no nos conviene llamarlo Inteligencia Superior y perder superioridad con ello. Referiéndonos por ejemplo a los cromañones como primitivos y toscos, cazadores compulsos y misóginos, representados así por la imperiosa necesidad de la masculinidad bruta, pero lo más probable es que fueran muchísimo más pacíficos en su cotidianeidad, debido a su menor distancia con la animalidad original. Cazaban lo justo por el enorme derroche de energía necesario, su dieta era predominántemente vegetal y probablemente la distancia entre hembras y machos era mucho menor que la actual. Eran animales asustados, como todos los fácilmente depredables. Sobrevivimos por cooperación, no por una inteligencia superior.
La prueba más veraz de que el veganismo no es una moda ni un capricho es lo minoritario de su implantación en el cuerpo social. Las modas, absurdas y banales, entran rápido y pasan pronto, pero el veganismo va a paso lento porque su misión es impregnarlo todo en profundidad. El veganismo es racionalmente emocional y emocionalmente razonable desde todos los puntos de vista, es positivo para todas las partes involucradas, los animales no humanos, los humanos y el planeta.

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