Según datos de la ONU y WWF, el 75 % de los ecosistemas terrestres y el 66 % de los marinos han sido degradados por el ser humano, y cerca del 73 % de la fauna silvestre ha desaparecido en los últimos 50 años. Somos un verdadero IV Reich invadiendo paisajes bajo la excusa del espacio vital. Somos expansivas y colonialistas, y toxificamos cada lugar que conquistamos. Los sudetes que los nazis exigían al iniciar su guerra son el equivalente a los prados y los lagos del planeta, Polonia son los bosques, Europa entera para los nazis fue lo que hoy en día es el Ártico para la avaricia humana. No nos detendremos hasta que logremos felizmente extinguirnos. El veganismo no es ni de lejos la solución a la matanza discriminada e indiscriminada de animales. En cuestión de cifras la pérdida e invasión de los habitats naturales son la causa principal de muerte animal, a razón de miles de millones más que las derivadas de la cría global total de animales, la pesca o la caza. El animalismo y la lucha animalista se hallan intrínsecamente asociadas al ecologismo.
La Casa de las Ranas no sabía su nombre cuando la imaginamos. Un conocido sabía que buscábamos tierra para vivir y dijo que su vecino colindante tal vez vendería. Cuando echamos un vistazo al lugar no era más que parte de un antiguo conglomerado de tierras de cultivo colectivizadas del socialismo, los cuales tras la Caída del Muro habían sido privatizadas, como suele ocurrir en el neoliberalismo. Pensábamos en comprar un máximo de dos hectáreas para cultivar algo y tener árboles, y buscábamos un buen lugar, alejado de la gente, pero accesible para temas logísticos. Nos asomamos a ese trozo de tierra arada y sin vida cuando de repente escuché unas risas, pregunté al vecino qué era eso y me dijo ¨grullas¨. ¿Grullas?, algo hizo click dentro mío, sabía de ellas y me parecían fascinantes criaturas de otro mundo, son adoradas en Asia y su danza precede a su fama, no imaginaba que hubieran en Polonia. Ahí la tierra empezó a interesarme. Al final vendimos el piso donde habíamos vivido en Barcelona y con ese dinero compramos siete hectáreas, más de las necesarias pero el precio era menor por comprar toda la finca, así que la nueva idea era vender el exceso de tierra a alguien de confianza. Luego se vió que no. El campo lindaba por el este a una turbera un arroyo, un bosque y un prado, y con 20 Ha de cultivo ecológico, así que pensé que era un lugar adecuado, pese a que todos los otros puntos cardinales estaban copados por la avaricia de monocultivos y tierras quimicalizadas. Todos los ahorros se fueron en la tierra y en construir la casa, de arcilla y paja, sistema de purificación de agua por filtrado, letrina seca, bioconstrucción de espacios, vallados y varios cientos de árboles. Mis dos décadas de activismo en la calle y de organizar y dar charlas, encuentros sobre temas de ecología y animalismo, talleres de cocina vegana, protestas y mil cosas más iban a ser paulatinamente sustituidas por otro tipo de activismo: la acción directa sobre el terreno, devolver a la naturaleza aquello que la avaricia humana la robó. Devolver a los pájaros un aire que les pertenecía, a los corzos su hierba original, a los reptiles su cama de lluvia, a la vida su lugar.
La tarde de la mañana en la cual firmamos la compra de la tierra, ya empecé a vallar y a plantar 800 árboles frutales. El vallado fue innecesario, seguí consejos de alguien vegetariano y pseudoecologista que no quiere a los animales, y decididamente los vallados los ahuyentan. Ahora los animales salvajes campan a sus anchas, he fotografiado zorros en las escaleras de casa, liebres jugando con faisanes desde la ventana, desde donde hago la mayoría de las fotos, no debiendo aguardar como en mi juventud, a que aparecieran, escondida en un hide fotográfico. Ya compartimos hogar.
Durante la construcción de la casa ayudó gente vegana y vegetariana, más o menos ecologista, y observé que cada día debía desahuciar montones de ranas y sapos que entraban en la bodega buscando humedad y frescor, temerosa de que al trajinar por el suelo con materiales, las pisara accidentalmente. En los postulados de ecología profunda y biología básica, la presencia de anfibios y reptiles delata la buena salud de un ecosistema, su biodiversidad floral y faunística así que todos esos batracios eran una bandera. La Casa de las Ranas iba a ser un proyecto ecológico vital y de ahí su nombre.
Toda el agua necesaria para la construcción de la casa la bombeé a mano desde el subsuelo, cientos de miles de litros de agua, pero no era potable, aunque la bebiera. Décadas de masivos abonados químicos, pesticidas, fungicidas, etc, habían intoxicado las aguas freáticas, las cuales debieran ser las más potables por un sistema natural de filtrado y que han abastecido a la humanidad desde hace miles de años para ser ahora podridas por la codicia de esos mercaderes modernos que siguen ostentando lamentablemente el nombre de campesinos… El desprecio social por el agua del mundo es inversamente proporcional a la necesidad de ella que tenemos. Al final, tras seis meses de traer agua en bidones para consumo en casa, años después, instalamos agua de la red local.
Dividí el campo en Zona de Bosque y Zona de frutales, y los árboles propiamente boscosos que crecían en la zona de frutales, los trasplanto cada año, alrededor de 600, del mismo modo estamos en proceso de plantado de una barrera verde perimetral con árboles y arbustos. Sé que algún día, cuando mis fuerzas mengüen, el bosque vencerá, Polonia es un bosque que quiere recuperar lo suyo, por eso trato de que haya flora local. He plantado decenas de miles de árboles y arbustos, abedules, pinos, robles, alerces, abetos, bojes, boneteros, cerezos alisos (llevan casi 200 años, pueden considerarse ya locales), escaramujos, ciruelos y perales silvestres, ciruelas tarninas, serbales, sauces, saucos, arces, hayas a lo cual debemos sumar otros árboles y arbustos espontáneos que los animales y el viento traen en su vientre. No sólo yo sufro horror vacui, también la tierra, y si la dejamos en paz, ella sabe restaurar cualquier terreno, a veces necesita años, a veces milenios, pero la tierra sabe mucho más.
En cuanto a animales rescatados, además de los gatos que cuidamos y rescatamos desde hace 25 años, recogimos gallos. Los gallos tienen la suerte de ser asesinados enseguida, al no ser útiles para la industria del huevo, viven un día, o pocas semanas, no padecen la miserable pseudovida de las gallinas, explotadas hasta que dejen de poner huevos y la maten, sus existencias en granjas encuentran en morir una liberación, una muerte prematura e injusta determinada por el bolsillo de quien las explota comprando sus huevos, tanto gente carnista como vegetarianas que creen amar a los animales mientras los explotan. Los gallos viven en espacios de libertad segura, o podríamos llamarla seguridad libre, donde estén protegidos pero al mismo tiempo, tengan un medio ambiente natural salvaje. Después apareció Maya, la oveja, de la cual supimos que llevaba en su vientre a Sol, su hijo, el cual nacería 3 meses después. Años después, cuando construía un nuevo pesebre más amplio con madera, arcilla y paja, aparecieron Wisia y Olga, yeguas ponis madre e hija, entraron en el vallado y se fueron directamente al pesebre todavía no acabado, era la señal que quise interpretar de que querían vivir aquí. Vinieron también Edgard y Czarus, cabritos rescatados de una explotación donde sólo querían hembras para parir nuevas esclavas y exprimir sus ubres, y hace pocos años trajimos a Wolodia, a Gucio y a Staszek, cabritos más muy bajitos y que crecieron en altura tanto como sus cuernos en anchura y que fueron deshechados por el mismo motivo que los dos primeros. El control patriacal de las hembras es la base de la explotación animal. Nuevas tandas de gallos, patos, perros, gatos, gansos, etc viven y vivieron aquí en paz, sin ser molestados por nadie ni ser explotados. Ocasionalmente rehabilitamos palomas, erizos, y otros pequeños animales que vuelven a su libertad tras curarlos. Incluso cigüeñas heridas o jabatos los cuales llevamos a centros de rehabilitación donde los devuelven a la naturaleza o conviven en manadas.
Los animales salvajes que pueden verse por aquí se cuentan por miles. Desde las golondrinas, estorninos, lavanderas, gorriones y todo tipo de roedores que anidan en la propia casa, pasando por los que viene a comer parte de la comida que doy a los ¨nuestros¨. Escribanos, carboneros, alcaudones (las tres especies), jilgueros, cuervos, arrendajos, urracas, cigüeñas, y decenas de especies más, hasta los que frecuentan el terreno, algunos de los cuales debo fotografiarlos con cámara trampa, como el tejón. Sobrevuelan La Casa de las Ranas una o dos parejas nidificantes de busardos ratoneros y calzados, pigargos, grullas, cisnes cantores y mudos, garzas blancas e imperiales, halcones, gavilanes, azores, cucos, pájaros carpinteros… Y corren por la hierba corzos, faisanes, víboras, culebras, todo tipo de reptiles, rascones, codornices, liebres.. y alguna vez ví gamos y ciervos, los cuales berrean en la turbera cuando llega el otoño. Del bosque también llegan los cantos de las rapaces nocturnas, los ruiseñores y otras aves que aún no sé identificar.
El estado de esta tierra liberada es más que óptimo, empieza a convertirse en un vergel donde cada centímetro de terreno es colonizado por el abanico de variedad de la vida. No hay desbrozados, ni talas, los árboles que mueren pudren en el lugar y generan insectos xilófagos, líquenes, musgos y una creciente variedad de hongos. No permito por supuesto que entren cazadores, ni siquiera paseantes, trato este lugar como una pequeña reserva de biodiversidad. Tampoco entran visitantes a ver a los animales, no soporto el hecho de que las personas de otras especies con las cuales convivimos sean considerados decoración o fondo de fotografías, como la gente suele tratar a los animales, incluyo en esa gente a todas las personas veganas que posan sonriendo con animales, reduciéndolos a un producto de consumo emocional. Ellos están aquí para vivir sus vidas en seguridad y tranquilidad, el destino por el que deberíamos luchar por todos los animales.
Cultivamos algo de huerto según principios de permacultura donde no se eliminan las llamadas malas hierbas más que cuando dominan a las sembradas. También recogemos y conservamos setas, frutos salvajes y de los frutales plantados, hierbas medicinales y gastronómicas con las cuales cocinamos comida vegana, así como trabajos artísticos como fuente de autofinanciación de los gastos derivados de conservación, asistencia veterinaria, alimentación, infraestructuras, almacenes de comida, pesebres, etc del proyecto. No aceptamos donaciones y se pueden ver fotografías en la página de facebook La Casa de las Ranas, así como apoyar haciendo pedidos de comida vegana y también ecológica en la página Domowegan.
Es posible que todo esto no sea suficiente, ni siquiera significativo, pero la poesía es algo que no sólo se escribe, también se practica, y al fín al cabo somos la suma de nuestros actos, tanto los negativos como los positivos. Hay casas que croan, lo mismo que hay bosques que lloran por la noche con las mil voces de sus habitantes.
Es una gran suerte no llegar a enamorarse de los animales, no sufrir, no temer por ellos, vivir con el tranquilo supremacismo de pensar que no deben preocuparnos, ni pestañear siquiera cuando los abren en canal, los golpean hasta matarlos o los meten en una jaula apenas mayor que su cuerpo a perpetuidad, porque nos gusta su sabor. Quienes no sienten por los animales viven una felicidad similar a la del pederasta, sin cargos de conciencia por haber destruido las vidas psicológicas de sus víctimas, un estado de limbo placentero infantiloide, exento de toda moral, responsabilidad y escrúpulo. Hay personas las cuales saben o sospechan que algo no anda bien cuando explotan animales, pero sustituyen la sensación de urgencia y de cambio, por risas, burlas, aletargamiento y el más níveo encefalograma de pensamiento critico. Es una gran suerte ser un animal humano, pero en esta casa que croa preferimos ser sólo animales.

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