En diciembre del pasado 2025 la conocida revista Time, declaró que su ¨Persona del Año¨ era ¨LOs arquitectos de la Inteligencia Artificial¨, no refiriéndose a LOs hombres que la diseñaron -según presupone el rancio patriarcal genérico de la revista-, sino también a las mujeres, de lo cual desprendemos que las creadoras femeninas de la IA son casi tan inteligentes y personas como los hombres… Sarcasmos aparte, el hecho de declarar sin vergüenza que un colectivo humano puede ser una persona, al igual que en jurisprudencia una empresa en abstracto puede ser una persona jurídica, y al mismo tiempo negar esa condición a seres que sí son personas (como todos y cada uno de los animales del planeta), dice mucho de la capacidad humana. Y no sólo la de la revista Time, sino de billones de personas humanas que en el mundo consideran a los animales cosas, seres vivos en el más generoso de los casos, pero jamás personas.
En ningún caso podría calificarse a la IA como persona, como una entidad única e irrepetible, sino apenas como un amasijo de información idéntica a otro amasijo de información fabricada un minuto antes o un minuto después en la misma línea de montaje. Una cosa cualificada por sí misma y por quien la construye, diseñada para autodefinirse por quien la proyectó y por la postverdad imperante (la cual podríamos llamar paraverdad) como alguien verosimil y omnisapiente que responde a todas las preguntas que se la hagan. Esa seguridad incluye los multitudinarios y sistemáticos casos en que la IA afirma erróneamente, o confirma en base a sus conclusiones falsas, emite hipótesis como si fueran verdades o, simplemente, miente. La IA no es una ¨máquina pensante¨, como afirma el Time, dado que no piensa en el sentido estricto, y mucho menos es una persona, del mismo modo que no es persona un cuaderno abarrotado de complejos datos, la biblia, los miles de tomos de códigos civiles y penales o los de física cuántica, sino meros centros de información volcada, cajas llenas de cosas. La IA no improvisa, no duda, no posee un pensamiento abstracto, no genera información, no contextualiza, no se aventura a especular, no emite teorías propias, no llora a una niña muerta, no toma caminos ajenos a los que la han indicado, no recapacita, una IA no se diferencia de otra IA (base empírica de la impersonalidad), y un largo etcétera de comportamientos que no son tales, sino consecuencias, consecuciones acumulativas de datos. Llamar a una IA inteligencia es como denominar persona a una piedra, aludiendo a la diversidad de minerales que la conforman, su evolución formal, su historia geológica o el valor monetario que la hayamos dado. La IA no crea, no toma rumbos imprevisibles o inacordes a una linea de actuación trazada previamente. No está sujeta a pasiones y rebeldías propias del pensamiento, modificaciones abstractas y aleatorias de dirección y sentido de actuación, en definitiva no sabe más que lo que queramos que sepa, está muerta en todos los sentidos de la palabra. No acierta ni se equivoca, sólo expele resultados que satisfacen a personas demasiado perezosas para hallar caminos de análisis y conclusión que requieran tiempo y esfuerzo racional. La IA no soluciona nada, sino que es otro mecanismo tecnócrata de desapego de la creatividad, y que hacen del ser humano un ente cada vez menos resolutivo ante situaciones sin precedentes y sin archivo al respecto. La IA es incapaz de afrontar situaciones drásticas novedosas por eso no son inteligencia en sí misma. Cualquier cucharacha, en sus 350 millones de años de evolución, ha creado mecanismos de inteligencia propia, resolutividad y personalidad más sofisticados que una IA.
Los animales, en cambio, sí somos personas, y por lo tanto somos valiosas en nuestra unicidad neuronal y conductual, somos absolutamente únicas e irrepetibles, incluso creadas en un ambiente idéntico al de otras y sometidas a las mismas experiencias. Un ordenador dañado podrá ser retirado e incluso destruidos sin el menor riesgo de pérdida ética, sólo material, sin menoscabo ni lágrima alguna, no obstante un cerdo degollado supone el trágico fin de un universo que jamás existió antes y jamás podrá volver a existir, un fenómeno extraordinario, atípico y sin igual. El fín de un universo en sí mismo para capricho del sabor delata la profunda mediocridad y la más flagrante banalidad del mal. La gente come milagros, excepcionalidades, seres singulares, sin el menor atisbo de conciencia de lo que hace.
Escoltada bajo el griterío del avance tecnológico y un supuesto progreso sin consulta ciudadana, la IA supone una invasión en todas nuestras disciplinas, en la gestión de la sociedad, y en la eliminación de millones de puestos laborales. A escala global la IA consume 21 millones de toneladas de agua potable para refrigerar los servidores, de las cuales un 30 % se evapora y el resto se desecha o hay que potabilizarla de nuevo mediante un consumo enorme de energía añadido. En un mundo donde la escasez de ese casi sagrado fluído imprescindible para la vida mata a millones de personas humanas y no humanas cada año, se antepone el uso mayoritariamente lúdico y venial de la IA. Ese consumo va in crescendo por semanas, por meses, eliminando paralelamente la capacidad de juicio, la iniciativa para buscar respuestas de diferentes fuentes contrastables, simplificando la inteligencia humana y arrodillándola a otras nuevas posibilidades de error. Porque nosotras podemos recapacitar y corregirnos, la IA no. La estupidez de la máquina sólo puede ser adorada por la estupidez humana. Las defensoras de la IA no ven nada malo tampoco en el calentamiento global, el consumo de proteína animal o viajar, situaciones ecocidas que lamentablemente son legales, permitidas y promovidas en el mundo contemporáneo, pese al impacto mortal y lesivo para la Tierra. La IA existe por encima de la ecología, la IA vive como nosotras mismas vivimos por encima de las posibilidades del planeta.
Otra aplicación que vulnera los derechos humanos es una IA aplicada en cámaras de control en las calles, e incluso en gafas que hacen una lectura facial de cuanta gente se encuentre casualmente por la calle, aportando muchos datos personales sobre esa persona, en detrimento de su derecho a la intimidad. La IA empìeza a controlar -de momento bajo supervisión humana- aspectos cruciales de la vida en la sociedad, no sólo se usa para técnicas militares y de control, sino para regular el tráfico con cámaras, sensores y algoritmos, seleccionar personal de trabajo, abastecimiento de electricidad y agua a los hogares,… y poco a poco irá suplantando a los seres humanos en los aspectos más incómodos de sus vidas, como hizo la revolución industrial y la mecanización masiva del trabajo. La destrucción de la naturaleza, los mataderos, las granjas de producción de animales… todo será en poco tiempo sustituido por impersonales cajas de datos. ¿Cuál será entonces nuestra función? ¿Sobrará quien creó a la creación? Y, sobretodo ¿con qué derecho podremos o no culpar a las máquinas?.
A día de hoy está sucediendo que resulta a veces practicamente imposible diferenciar imágenes reales de aquellas generadas por IA, no hay una regulación que obligue a identificar una imagen hecha artificialmente de una real, de manera que por lo pronto urge legislar su uso y distribución. Se están haciendo videos porno con la cabeza de personas reales incrustadas en otros cuerpos como modo de venganzas, bullying y chantajes. La IA entonces es YA usada como un arma, cuya autoría y diseño genera mucha admiración y orgullo en quien la proyectó, así como en muchas de sus usuarias, la pregunta que cabe hacerse es ¿es necesaria, o sólo otra chuchería comercial sin aplicaciones realmente positivas y exenta de daños a terceras personas?. Ya entrando en materia animalista, en proselitismo de los derechos animales, me pregunto qué ventaja tiene recrear artificialmente imágenes de un mono abrazando a un burro, águilas que adoptan gatitos y los cobijan bajo sus alas, unicornios que cocinan macarrones… ¿qué aporta a la lucha animalista?. Los animales son capaces de proezas increibles, de muestras de afecto realmente tiernas y de asociaciones, sinergias, ayuda mutua y cooperación que nada envidiarían al ser humano, llevan en ello decenas de millones de años, y del mismo modo que son capaces de volar a 300 km/h, poner millones de huevos, resistir temperaturas extremas o dar saltos que multiplican por 100 los de un ser humano, ello no significa que deban hacerlo cuando nos apetezca ver un video sobre eso, porque así convertimos a los animales en sujetos de obligatoriedad para con nosotras, obedientes al capricho humano, serviles a nuestro antojo de sorpresa y entretenimiento como en los zoos las visitantes van a ver a animales ¨haciendo algo¨, como juguetes.
Un ejemplo de juguetización es lo sucedido en febrero de esta año con un macaco juvenil que llamaron Punch encerrado en el zoo de Ichikawa, en Japón, el cual fue rechazado por su madre cuando pequeño y buscó en otras monas del recinto el afecto perdido. Es un comportamiento habitual en estos primates, y la solución evolutiva siempre fue que se adopte de manera colectiva como parte de un proceso de cohesión grupal. Mientras ello sucedía ofrecieron a Punch un peluche al cual se abrazó de inmediato como un sustitutivo provisional con el cual calmar su honda necesidad de recibir ternura, aunque pasaba tiempo con un cuidador-trabajador del parque. Las redes y medios viralizaron la imagen de dos juguetes que todo el mundo quería abrazar, adoptar, poseer, provocando masivas colas de entrada al zoológico, que no es otra cosa que una cárcel. La gente sigue teniendo una visión infantiloide de los animales, y se adjudican un carácter tutelar supremacista. No hay instinto protector en este caso, sino cosificación del animal para atarlo a las necesidades emocionales personales. El animal ¨de compañía¨ como objeto emocional.
Similar a ese esclavo emocional se presenta la IA en la pelicula HER, con Joaquin Phoenix. Una IA capaz de satisfacer las necesidades emocionales y afectivas de la gente, una entidad ausente que responde a todas nuestras exigencias siempre y cuando esas exigencias sean superficiales y sin personalidad, y o requieran responsabilidad mutua. La IA no piensa, sólo ejecuta y busca respuestas que quien la diseñó consideró oportunas. Una IA no es empática, pero a menudo en la sociedad actual no se busca la verdad, sino un placebo provisional que calme el hambre de saber y sentir. Una IA no puede sustituir a nadie, del mismo modo que una hija no es la proyección de una madre o un padre, como corredoras a quien pasar el testigo de relevo en la carrera que queríamos, no es una continuación de un apellido, una obligatoriedad genética, sino que es un ser único e irrepetible. En la misma línea de pensamiento, un lechón no es alguien obligado a seguir el camino de dolor y sangre que designaron para su madre, ni alguien a quien someter a nuestras expectativas. Todas somos personas, a diferencia de los conglomerados de bits, datos, frecuencias, algoritmos, etc.
La Naturaleza es sin duda como un gran ordenador el cual posee la capacidad de errar, de recrearse en ese error y eliminarlo después o convertirlo -con un millón de años más- en otro ser, otra planta, otro fenómeno atmosférico, otra longitud de onda… No necesita acción u omisión ajena, vuelca, se alza, se hunde y se retuerce sobre sí misma usando los materiales de que dispone, es fecunda y creativa hasta niveles que desconocemos por completo. Los animales y la vida en general somos éxitos, provisionales pero perfectos en nuestra efímeridad. Lo que llamamos Inteligencia es algo más profundo y dependiente de responsabilidad de uso que una mera acumulación de datos dictando acciones y pensamientos; la inteligencia requiere valores, emocionalidad, noción de comunidad y bien dentro de parámetros vitales y de preservación de la vida.
Una vez preguntaron a una IA cuál sería la solución a todos los problemas medioambientales causados por nuestra especie y ella respondió que extinguirnos era esa solución. Razón no la faltaba, una razón matemática y exponencial, pero sin corazón. Si conocemos el problema debemos aplicar la solución aunque no sea rentable, aunque no la hayamos probado antes, aunque contradiga las lógicas de mercado, comodidad o supremacismo con que oprimimos a la naturaleza y sus criaturas. Por todas las especies que extinguimos e incluso por nosotras mismas, dejemos que la bondad y el deseo de la vida sean nuestra Inteligencia Natural.
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