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domingo, 15 de octubre de 2017

¿ DOMESTICADOS ?



Existen divisiones inverosimiles en nuestra visión de la animalidad terrestre, una de ellas es la que segrega a ciertos animales para comida y otros para acariciar, otra división es simplemente entre “los animales” y la especie humana, pretendendiendo quizás que somos alguna especie de hongo o vegetal y no -lo que somos- animales todos. Una tercera división pretende que hay animales “salvajes” y animales “domésticos”.

La pretensión del antropocentrismo de crear una naturaleza dócil y sumisa a sus caprichos, fantasea con el delirio de la “domésticación” como un gran éxito de la superioridad humana. Los animales así “domesticados” se ordenan en la categoría de indisolubles a la voluntad del ser humano, al espacio que les queramos otorgar, a nuestra benevolencia y buen hacer, así como a la instrumentalización que hacemos de ellos, olvidando la genética, que se desarrolló durante millones de años, a fuego lento, en los crisoles del acierto-error, en las optimizaciones y las mejoras del tesoro de las células, los aminoácidos y las cadenas genéticas.

Animales como el caballo por ejemplo, proceden de antepasados que datan de 55 millones de años, pero cuya “domesticación” por el ser humano apenas se remonta a los 3600 años. Sucede lo mismo con el lobo, que ha sido encontrado en fósiles de 38 millones de años y de cuya rama ha surgido esa subespecie que llamamos perro, con apenas 14000 años de convivencia entre humanas, un poco más que el cerdo o la oveja, con sus 13000 y 9000 años bajo nuestra tiranía. El gato “doméstico” procede -como todos los felinos- de un antepasado común, un depredador similar a la pantera habitante del sudeste asiático y datado en 10,8 millones de años, pero sólo convive entre nosotras desde hace 9500 años. Todas estas y muchas otras diferencias temporales entre la realidad genética de los animales y su supeditación a los intereses humanos, delatan errores de interpretación antropocéntricos, claramente unilaterales, los cuales explican las vidas de dichos animales según nuestro filtro y nuestra conveniencia.

La literatura al respecto de los animales que explotamos para comida, vestimenta, trabajo, etc, parte de la base de la “domesticación” como punto de partida, invisibilizando los millones de años pretéritos de la existencia de tal o cual especie vinculada a nosotras. De hecho todos los animales “domesticos” reciben su nombre a raíz del uso que de ellos hacemos, reduciendo su historia a la genuflexión a la nuestra. Hemos eliminado el pasado de los animales “de uso” (es decir, de abuso), hemos extinguido sus culturas, sus formas de vida ancestrales, sus instintos... para doblegarlos a nuestra voluntad. Sin embargo, la naturaleza es mucho más poderosa, y la genética sigue enviando al perro al bosque, haciendo indomable al gato y haciendo huir a las aves enjauladas.

La “domesticación” en la mayoría de los casos no es más que el miedo del animal a ser pegado. La confianza basada en la búsqueda de interacción, alimento o ayuda por parte de algunas individuas de “animales salvajes” (esta expresión es una redundancia) hacia los animales humanos, y sustratada probablemente en una cierta ingenuidad, condena a los animales a la posesión inmediata que ejercimos sobre ellos por el hecho de acercarse. Nuestra especie es perversa y posesiva. Incluso en los casos en que una humana ama a “su” animal “de companía” o “mascota”, existe una cierta dependencia con visos de sometimiento, donde la humana interpreta un papel jerárquico, dado que sujeta la vida de esos animales a sus intereses. Una cría de animal “domesticado”, educada fuera de un ambiente de esclavitud y dependencia del ser humano, tendrá un comportamiento salvaje inmediato, porque lo lleva en los genes, cuya inercia y eficacia se remonta a varios millones de años, y no a los miserables miles que hace que los poseemos.

     El animal no humano jamás reconoce la superioridad del humano, ni se pliega a su inteligencia -resulta espeluznantemente megalómana esa teoría-, sino que se doblega y somete por terror, incapaz de comprender la maldad y falta de escrúpulos, ingredientes jamás encontrados en ninguna otra especie con tanta saña y enfermiza obsesión como en el homo sapiens. Nuestra especie alimenta y cuida a los animales llamados “de consumo”, y de un día para otro los degüella, estableciendo una “relación” de mentira, traición, engaño y crimen. No hay cooperación entre el caballo obligado a arrastrar un carro y la mano que lo alimenta (únicamente para que no se muera y poder seguir explotándolo), no hay pacto entre las gallinas y quienes roban sus huevos y sus vidas, no hay simbiosis entre la vaca y la gente que la viola y exprime, no hay armonía ni amistad y mucho menos amor. Todos esos argumentos son subterfugios y falsías, detrás de ellos queda, desnudo, el crimen.

En los ambientes rurales hay quienes cuidan más su coche que los animales no humanos que tienen bajo custodia. La brutalidad es el método de relación más habitual entre seres humanos explotadores y animales no humanos. El discurso perverso de la armonía rural entre granjeras y vacas o gallinas felices y cerdos agradecidos termina su romance... bajo el cuchillo. Nadie mata lo que ama. Nadie... que no esté enferma.

La fábula de la domesticación se difumina definitivamente cuando el perro nos muerde, el caballo nos cocea, el gato nos araña o la cabra nos embiste. La domesticación es algo fictício y antropocéntrico, que pretende solamente someter a los animales interponiendo en sus voluntades, las nuestras, extendiendo para ello una alfombra de argumentos absurdos, bien gruesa e insonorizada para que no escuchemos sus gemidos de agonía y sufrimiento. Sobre esa alfombra se pretende que la persona explotadora sabe más de los intereses de la esclava que cualquier otra persona, siendo ello como si las guardianas de los campos nazis fueran por ello expertas en comportamiendo de las presas que tienen secuestradas. Los animales así esclavizados no ejercen una conducta libre, sino sometida al miedo a las consecuencias de su rebeldía. Los animales insumisos, de especies consideradas “domésticas”, son ejecutadas por rebelarse, castigando la libertad natural, quizás porque somos una especie condenada a funcionar en manada y no soportamos la idea de la libertad...

Todos los animales somos salvajes, los instintos son la base de nuestra supervivencia. Nadie nace para nadie, y todas las relaciones se basan en pactos y contratos tácitos. Si una de las personas no desea participar en una relación, mantenerla a la fuerza es secuestro, si esa otra persona -humana o no humana- desea esa relación, no la convierte en domesticada.







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miércoles, 30 de agosto de 2017

Fronteras

La razón por la cual cientos de millones de humanas en el mundo no comemos animales no humanos es la misma por la cual la mayoría de la población humana no se come entre sí. Desde un punto de vista económico y práctico, devorar los cadáveres de nuestras familiares y conciudadanas humanas sería correcto, pues es un despilfarro alimentar y cuidar a alguien durante su vida y luego enterrarla o incinerarla sin aprovechar su carne. Desde el punto de vista económico todo es comprensible -ya lo vimos en Treblinka-, pero hay otros factores. No lo hacemos, por cultura, pero sobretodo por ética. Las razones del veganismo son las mismas que niegan el canibalismo. Contra las muertas y su esclavitud.

Comer cadáveres humanos era una práctica normal hasta finales de la Edad de Piedra y desde 800.000 años atrás, con el homo antecessor, como alternativa gastronómica fruto de ser una especie oportunista. La antropofagia ritual comenzaría más tarde, por diversas creencias y cultos. Hoy día el canibalismo está relegado a situaciones extremas de guerra, hambrunas, o enfermedades psicopáticas criminales, en todo caso está prohibido en el mundo occidental, aunque es ritual en ciertas tribus africanas, meso y sudamericanas y polinésicas. Perseguido y penado, pero actual. En el resto del mundo, nuestra carne se halla bajo amparo legal de no consumo... teóricamente. Sin embargo en Europa se consume carne humana, como carne de otras especies en inminente peligro de extinción, la ley simplemente no es suficiente, y la ética hace lo que puede. Por curiosidad, por morbo, por banalidad del mal, por perversión... Durante un estudio realizado entre jóvenes estudiantes varones en España hace un año, preguntándoles si violarían sexualmente a chicas, sabiendo que no habría ninguna consecuencia legal por ello, el 40% de los encuestados respondió que sí, que lo haría. Prohibir la violación sexual, la pederastia o el canibalismo es sólo el mínimo garante de que dichas acciones no se hagan de un modo masivo y público, pero todo ello, hoy día, sigue existiendo.



Del mismo modo en que es imposible garantizar el bienestar de los animales no humanos explotados, dada la indecente cifra que alcanzan -infraestructura necesaria, personal disponible y costes derivados de tal intención-, también es imposible garantizar el control sanitario y bienestarista de los millones de toneladas de carne en forma de amputaciones o en su forma abstracta de subproductos cárnicos que se consumen o se desperdician en el mundo. Simplemente es imposible, y la industria de explotación animal es un caos desbordado por su propio tamaño, un monstruo incontrolable que produce millones de casos de enfermedades, pandemias, plagas e intoxicación alimentaria, ...e incluye puntuales casos de antropofagia. La estafa y el fraude que acarrea dicha industria, sumada a la corrupción de las inspecciones veterinarias y al propio mundo perversamente especista de tal profesión, imposibilitan ni el más remoto uso de la palabra “humanitario” (entendido en un sentido positivo a mi pesar). Las pandemias y epidemias, las infecciones y virulencias fuera de los muros de los campos de concentración, las alertas sociales y los brotes de enfermedades que afectan -también- a la salud humana, son apenas una punta del iceberg, no lo suficientemente elocuentes para que la población renuncie totalmente al consumo de personas no humanas. El control cárnico es un teatro, una puesta en escena horrible para pretender establecer una división entre “carroña” y “carne”, con el único objetivo de alimentar una adicción y de mantener obeso al patriarcapitalismo. Las mezclas en factorías entre carnes de distintos animales y comerciadas bajo otro nombre para venderlas más caras, el uso de cientos de productos químicos legales e ilegales, accidentes donde seres humanos son molidos y vendidos como carne de otra procedencia, restaurantes donde se sirven carnes humanas sin conocimiento de la consumidora (su sabor no se diferencia de la de vaca), carne de cisne o bisonte vendida en Polonia, gato guisado también consumido en este país, personas desaparecidas que acaban en carnicerías... Todo es comestible, el carnismo es más que un comportamiento, es adicción a la carne, cultura de la violación. La carne fue alguien que no quiso morir, y la frontera entre especies apenas perceptible.

El grueso de la sociedad ha aceptado que comprar una niña es un acto deleznable y mezquino, aunque sea legal o paralegal en muchos países e incluso que al mercado realmente aporte cuantiosos beneficios al comercio mundial. Las personas humanas no son mercancías y -con superlativo- menos lo son las niñas, por su fragilidad e indefensión. Su inocencia e incapacidad de defenderse son valores suficientes para respetar sus vidas. Con fallido intento de exculpación acusamos golosamente complacidas a aquellas culturas que trafican con niñas humanas para diversos usos y placeres, porque nos hace sentir mejores y exculpa nuestros crímenes. Independientemente del hecho de que las niñas humanas sean traficadas diariamente en nuestras sociedades, comprando su silencio, acallándolas con regalos materiales, agasajándolas con bienes o dinero, esclavizándolas a la demencia del consumo, torturándolas a las normativas heteropatriarcapitalistas, comprando su libertad para que no molesten, y convirtiéndolas en esclavas; hay también otras niñas que en idéntico estado de indefensión ante nuestra fuerza bruta y sobretodo nuestra falta de escrúpulos, siguen siendo compradas y vendidas, enteras o descuartizadas, a peso, o vivas para que sean nuestras esclavas emocionales. Son las niñas no humanas, algunas en estado de bebé. Bebés no humanas son asesinadas a las pocas horas de nacer para el tráfico de carne. Bebés de un día de vida son trituradas vivos para la industria del huevo, niñas no humanas de una edad comparable a nuestras niñas de seis años, son atravesadas por el ano por un hierro, que emerge por el orificio de su cuello decapitado, para denominarse pollo al ast. Billones de muertes prematuras, un constante goteo de sangre, dolor, agonía y esclavitud de bebés, que la mayoría de una sociedad corrupta e idiotizada por la gastronomía, mata o manda matar. Mientras no erradiquemos el infanticidio en nuestras sociedades, no podremos tener legitimidad para juzgar lo que otras sociedades hacen. Ninguna legitimidad. La gastronomía humana es primitiva, subdesarrollada, a la altura moral de procurarse placer sexual a costa de no voluntarias menores de edad. El carnismo es pederastia.

Como activista de calle he podido escuchar de la gente en no pocas ocasiones "si pudiera comería carne humana", refiriéndose sin duda al impedimento legal que no transige tales prácticas, más que al freno moral que lo inhibe. Las fronteras de nuevo son maleables y elásticas. En todo caso se delata una situación existente en la actualidad de vulneración de las normas básicas de convivencia en Occidente, y que esclarece que la ética y la educación no son suficientes para erradicar el consumo de carroña. El canibalismo existirá mientras exista el carnismo. Mientras las personas sean vistas como carne, existirá la mirada violadora de alguien sobre alguien. La jerarquía, la desigualdad y la depredación.


martes, 25 de julio de 2017

MÁS QUE DOS



Si hay algo perfectamente invariable en el Universo, ello son los cambios. Si existe algo más normativo en la vida, esas son sus excepciones a las normas. Incluso en nuestro planeta, -el que mejor conocemos, aún con tanta ignorancia sobre él-, existen muchos temas sin zanjar. Uno de ellos es el sexo.

Enfrentar sin tabúes el temas de la identidad sexual, la orientación, la biología y el género son realidades que cada vez toman más conciencia en la sociedad, y es urgente hacerlo para dejar de provocar dolor, incomodidad, discriminación y apartheid social. El sexo biológico (algo mesurable en cromosomas, pene, vagina, hormonas...), que esuvo siempre mayoritariamente dividido en dos, ha sido finalmente cuestionado y se enfrenta al estudio del género, que convierte el constructo binario en algo cultural, meras expectativas basada en intereses reproductivos y sociales, pretendiendo erróneamente que la reproducción es nuestra única misión en la vida. Luego tenemos la identidad de género, que es aquella que hace referencia a quien la persona se siente ser, y en otro plano, la orientación sexual la cual refiere a cómo dirigimos nuestras apetencias sexuales.

Antes del genocidio europeo a fuego y cruz, las tribus nativas americanas reconocían cinco géneros sexuales: hombre, mujer, hombre de dos espíritus, mujer de dos espíritus y transgénero. Según la ciencia biológica en base a la propuesta de la doctora Anne Fausto-Sterling, se estudian al menos cinco sexos: macho, hembra, herm (hermafroditas verdaderos), merm (seudo-hermafroditas masculinos) y ferm (seudo-hermafroditas femeninos), y son muchos los ejemplos históricos de realidades más allá de la mirada reduccionista reproductiva macho-hembra, de tal modo que empobrecer la diversidad sexual al binarismo macho-hembra, es una falacia desde la propia perspectiva científica. El género está en el cerebro, en la cultura, en la educación, en la rutina, en la visión que de cada cual tienen las demás personas, en la programación codificada, haya o no una correspondencia con la forma física y la genital. La genitalia no obliga a nada. A nada.

La heteronormativa, los géneros impuestos por la apariencia, son una aberración contra la naturaleza, la cual es traviesa y simpática, y gusta de ser creativa y saltarse los patrones. La anguila listón azul por ejemplo, invierte su sexo a voluntad, igual que el macho de la serpiente listada, en sus orgias reproductivas de decenas de individuos, segrega feromonas para atraer a machos y mantener su calor. Estas serpientes son fingidoras, pero poseen esa capacidad de hacerlo para mejorar su calidad de vida.

Las hienas manchadas, matriarcales y amorosas madres de familia y clan, con sus vaginas largas como penes, confundieron durante décadas a los miopes exploradores que las creyeron machos “bien dotados”. Los peces payaso o los peces loro también cambian de sexo con la edad o cuando una hembra muere, para sustituirla, sin problemas, sin traumas, sin tabúes. Muchos molúscos macho entablan duelos de penes intentando penetrarse mutuamente, son tan masculinos que practican homosexualidad, como los toros y miles de especies documentadas. Las ranas rugosas cambian de sexo en función de la proporcionalidad entre machos y hembras. Los caracoles son bien conocidos por su hermafroditismo, en definitiva les da igual ser machos o hembras, les aburren las normas y quieren ser, simplemente, las dos.


Nada más natural en la naturaleza que la homosexualidad, especialmente entre jóvenes de especies, que descubren el sexo como una maravilla urgente, y exploran entre sus amigos porque tiene confianza y afecto, y no precisan entablar luchas, sino quererse y fluir. La masculinidad doble del ciervo rojo puede presentar individuos con o sin cuernos, de este modo existen hasta tres y cuatro tipos de macho dentro de su misma especie, diferentes en comportamiento y reproducción. Esa misma característica ha sido estudiada en peces y reptiles, como la lagartija uta, la cual manifiesta cinco géneros, diferenciados por colores, comportamientos y agresividades distintas.

Los roles de género son también abiertos y creativos en la naturaleza a la que estamos indisolublemente ligadas: parejas de pinguinos macho que pueden incubar un huevo y adoptar un polluelo si la madre falta, porque en definitiva, no importan los roles sino la vida del pequeño. Lo mismo sucede en islas hawaianas con parejas hembra de albatros que cuidan y alimentan polluelos. Adoptar hijas por parte de una pareja de hembras o machos es NORMAL, y sólo en nuestra triste especie parece representar un problema insalvable.... ¿Qué decir del propio parto?, un campo exclusivamente reservado a la hembra... salvo en el caso del hipocampo, que recibe de la hembra los huevos en su vientre y los fertiliza y gesta y hace crecer en su interior hasta que los expulsa un día en contracciones idénticas a las de las humanas, siendo uno de los casos conocidos de machos que paren. El gorrión de cuello blanco -con símbolos físicos distintivos de macho y hembra al mismo tiempo-, también desafía la notoria ignorancia de la dualidad como único camino de sexualidad.

Machos de sepias y gusanos azules que se comportan como hembras para despistar al macho custodiador y poder procrear con “su” hembra deseada. Que fingen, que se travisten, que se decoran y engalanan con imaginación y sin conflictos morales. En muchos animales nacer macho o hembra es una cuestión sólo de la temperatura a la que fueron incubados, a menudo aleatoria, y las poblaciones de muchas especies deciden el número de machos o hembras antes de nacer, y nadie se ofende, y nadie se enfada, y cada cual disfruta de su propio cuerpo. Para las masculinidades heridas tenemos el ejemplo de ciertos gusanos planos, que pierden el pene en peleas mutuas y se convierten en hembras.

Entre los grupos humanos tenemos las kathoey (no hombres) thailandeses, las cuales no se identifican ni con mujeres ni con hombres y son plenamente aceptadas en la sociedad thailandesa. En algunas tribus africanas los varones se practican un corte en la base del pene que da una apariente forma de vulva, para proclamar con ello su dualidad genital, fingiendo poseer ambas. Todo ello abre otro mundo de diversidad genérica y sexual, donde en un marco de teoría queer moderna, muestra realidades genéricas y sexuales como el pangénero, el bigénero, el genderqueer, el andrógino, el intergénero, el “otros géneros” o los “generos diferentes”, no deben dar miedo a quienes se sientan muy hombres o muy mujeres, porque forman parte de la riqueza sensitiva y emocional de la humanidad, como un tesoro que nos vincula a la fecundidad aparentemente caótica de la naturaleza.

Del mismo modo que la fauna con una dieta exclusiva y restringida por su fisiología tiene menos probabilidades de supervivencia que aquella de alimentación más diversa y con más elasticidad y tolerancia en la absorción de nutrientes, la diversida sexual en fauna y flora es mucho más amplia que la reduccionista propagada por las religiones o el sistema binario sexual de catalogación humana. El sexo en nuestra especie -en constante celo y sin una misión meramente reproductiva sino de placer, alianzas, afectos, ternura, mero estar bien juntas-, sólo tiene una regla: el mutuo acuerdo. Fuera de él, todo es violación en diversos grados y debe ser rechazada.

La vida es un constante fluir de sucesos y situaciones, de identidades estables o transitorias, de cambios, a menudo exteriores y a veces interiores. Sentirse bien con una misma y sentirse aceptadas en el entorno social son dos imperativos de una vida sana y plena. Somos parte de una naturaleza que nos sorprende con su profusión y exhuberancia, y ni siquiera toda nuestra creatividad va a superarla en experimentación y variabilidad. Las discriminaciones derivadas de las opiniones deben desaparecer; el mundo de miedo y el rigor reduccionista debe dar paso a la armonía entre individuas, grupos poblacionales y comprensión social mutua. Se ha derramado demasiada sangre por no asumir la calidoscopia de las realidades y la riquísima combinación de los colores. Es hora de la frutalidad dulce y deliciosa de la vida. Exactamente eso: es la hora de la vida.


jueves, 6 de julio de 2017

DEFENDER LO SALVAJE




Algunas veces en la vida he sentido instantes de tal intensidad, que nada humano me los podría haber proporcionado. Instantes de amar, o de complicidad entre humanas no han sido tan íntimos. Tanto, que el hecho de escribir acerca de ellos requiriera una lucha interior con el pudor y la vergüenza ante tanta felicidad. Son instantes que aparecen estando, por ejemplo hace algunos años, junto al roble de Stelmužė, en Lituania, con arrugas y encorvaduras de mil quinientos años, o dentro del hueco formado en el tronco del olivo “Lo Parot”, al sur de Catalunya, y sentada sobre sus retorcidas inmensas raíces, que crecieron en pleno tiempo de las romanas. Son instantes de choque, absolutamente inhumanos, donde una no quiere compartir, sino recogerse sobre sí misma, desoir a las estridencias de la civilización y responder a todas las preguntas importantes.

Paseando una ladera con musgo de 30 centímetros, entre riachuelos color cobre en el parque nacional de Góry Stolowe (el bosque de todos los cuentos, el cuento de todos los bosques), o acaso andando en la noche durante una acción por un bosque abarrotado de luciérnagas, una no se atreve a romper el silencio -que es el lenguaje de la naturaleza, aunque le pese al trueno y al volcán-, y se limita a liberar la catarsis de las emociones. Son momentos de felicidad pornográfica, tan intensa que, como decía Henry Miller, más valdría pegarse un tiro y acabar ahí mismo, porque más allá no hay estadio superior, ni meta más alta.

Sólo he estado una vez en el Bosque Primitivo de Bialowieza, en Polonia, hace cerca de 20 años. Se podía visitar sólo el cinco por ciento de su superfície, el resto era reservado a científicas y personas no profanas, y está bien que así sea, porque a ese bosque hay que llamarlo de usted, andarlo en silencio sin más explicaciones que sus olores y humedades. El perfume intenso de la madera podrida y las turberas exhalando densos aromas, el goteo de los líquenes en verde vivo, laciamente abandonados sobre las ramas muertas. Es un espacio único y quería hablar de él.

 
Nadie se espante, no voy a aburrir con la historia del bosque, no me interesa cuándo y cómo fue declarado de interés natural, ni mucho menos por quién, lo ignoro y quiero seguir ignorándolo, no importan las circunstancias humanas que lo rodean. Lo que voy a hablar es del bosque no como zona de interés económico, sino como espacio liberado, como extensión ajena a las leyes del homo economicus. En pleno antropoceno, cuando somos responsables de la Sexta Extinción de especies vivas, hablar de lugares intactos o de intervención cero por parte de nuestra corrupta especie, se vuelve prioritario. Biotopos sanos en ecosistemas intactos y multitudinarios, abarrotados de vida, son imprescindibles para la riqueza amenazada. Los bosques en Polonia ocupan un porcentaje relativamente alto del territorio, aunque constantemente amenazados por la excesiva superproducción de cultivos. Son bosques domesticados, plantaciones donde se entra con máquinas a arrasarlo todo cuando llega su edad a los árboles, del mismo modo que se llega la hora de ejecutar a los animales esclavizados en las granjas: la hora que decidimos que les llegó. Llegan las máquinas y talan, deforestan, aplastan, dejan miles de pequeñas faunas muertas y cargan los cuerpos mutilados del árbol en sus camiones.

Un árbol vale menos que una persona humana, eso está claro, pero si el árbol es un baobab de 4000 años y la humana es un violador reincidente, los valores se pueden invertir, por mucho escándalo que arme la persona antropocéntrica. Pocas cosas delatan la estupidez humana tanto como juzgar a la Naturaleza como inoperante y necesitada de nuestra ayuda, cuando no se doblega a los intereses humanos. La Naturaleza siempre acierta, pero se halla en constante proceso de reinvención. La plaga son esa gente que dicen que algunas especies son plagas.


El bosque de Bialowieza es un planeta aparte al cual no tenemos acceso y deberíamos observarlo a la distancia, con los ojos que no lo ven ni tienen la intención de poseerlo, como los animales que son para sí mismos y no para la mirada carnista, como la niña es para sí misma y no para la intencion pederasta. El bosque es el refugio de aquellos corazones salvajes hartos de asfaltos, leyes económicas, ruido y charlatanería humana. Yo vine a Polonia por los árboles y por la lluvia, y mi corazón respira sabiendo que ese bosque existe, lejos de las leyes patriarcapitalistas garabateadas en sucios libros, por los viejos y decrépitos machos avariciosos del poder.


La excusa que se esgrime para su tala profiláctica es que está siendo atacado por la carcoma, pero las máquinas harwester que lo hacen, descortezan los árboles (la mayoría en buen estado de salud, sin carcoma), y la dejan ahí, sobre el bosque, en lugar de enterrarlas o quemarlas, como harían si de verdad quisieran “acabar con la carcoma”. De este modo, el año que viene todas esas larvas volverán a otros árboles y tendrán más pretextos para seguir destruyendo Polonia.


A mi me cae bien la carcoma de Bialowieza, es simpática, no pasa nada si mata el árbol, se seca, o cae y es colonizado por cientos de millones de bactérias, microorganismos, artrópodos, roedores, pájaros..., cuya abundancia garantiza la abundancia de otras formas de vida, más grandes o pequeñas en la cadena trófica, desde grandes mamíferos hasta numerosas especies de hongos, líquenes, musgos y floras y faunas de diversa funcionalidad en los ritmos y necesidades del bosque. La madera que se derrumba sobre el suelo boscoso es un aporte indispensable de comida y refugio a miles de animales y plantas, así como a generaciones de ellas. Y de eso va el bosque primitivo, de abundancia de recursos, de la naturaleza haciendo lo mejor que sabe hacer: ciclar.


El bosque es un organismo vivo que respira, come, bebe, defeca, escupe, vomita y transpira. Un conjunto vivo, un monstruo gigantesco formado a partes proporcionales de animales, plantas y hongos, asentados sobre un suelo excepcional hecho de una estructura única en Europa. Las características del suelo del Bosque Primitivo de Bialowieza son las mismas que las de Europa hace miles de años. Se diría que el tiempo -ese constructo humano destinado a medir nuestra fragilidad-, haya decidido tener su propia forma y medida en el bosque de Bialowieza. Los bosques primitivos son los superlativos de la palabra bosque, y deben apartarse de nuestra mediocre mirada de la vida, de nuestra fascista mirada.


Con una mentira tras otra, con un abuso de poder tras otro, con un genocicio tras otro, los granjeros de la vida salvaje han invadido con sus leyes económicas los bosques polacos, ejecutando a sus animales cartucho a cartucho, destripamiento a destripamiento, talando y criando árboles a la conveniencia de las leyes del mercado internacional y a la conveniencia de su falta de escrúpulos y su avarícia. Las fronteras de ese tesoro excepcional europeo deben ser agrandadas, sus perímetros controlados y dejar que el tiempo se derrame a su tiempo en esa isla hirviente de vida. No podemos permitirnos el lujo de permitir que la destruyan.

lunes, 15 de mayo de 2017

PRIVILEGIOS




Los pequeños orangutanes huérfanos se abrazan a sí mismos, rodando sobre el suelo de hormigón del orfanato, o se acercan contra una pared, sedientos de contacto. La soledad les muerde de tal modo que todo sus sistema neuroreceptor y psicosomático se desestabiliza, entran en colapso afectivo, en shock emocional, como cualquier bebé mamífero, lloran, cabecean, y se duermen zonas de ellos asociados a la confianza, lo cual puede dejar secuelas y traumas de por vida. Los orangutanes bebés están vinculados estrechamente a la madre durante los primeros seis años de su vida, son una extensión de ella, como un sólo cuerpo en permanenente contacto. El orangután bebé NECESITA de ese abrazo, el abrazo de la madre perdida.

Más de 5000 orangutanes desaparecen cada año para la avarícia y la gula de los seres humanos por la deforestación provocada mediante incendios premeditados o la intensificación de cultivo de palma, un aceite de alta coagulación presente en la mayoría de los productos alimentarios y cosméticos del subdesarrollado mundo enriquecido. Ya no es necesario matar directamente a las especies, la Sexta Extinción provocada por nuestra actividad antropocénica sobre el planeta encoge los ecosistemas donde convivimos con trillones de individuas, matándolas de claustrofobia, de ostracismo, de falta de recursos y de estrés. No hace falta la caza, ni las granjas o el omnivorismo para exterminar individuas y especies, basta con robarles sus territorios, con comprar tierra para la avarícia y desterrarlos de ella. Aparte de la increíble tragedia de por sí, la desaparición de los grandes simios -aquellos genéticamente más vinculados a nosotras, como son orangutanes, chimpancés, gorilas y bonobos-, evitaría también su estudio zooantropológico, facilitando el oscurantismo de las creacionistas, que siguen inexplicablemente aferradas a su absurda idea de dios.

Mueren más animales en el mundo por culpa de nuestro invasivo comportamiento patriarcal y ladrón de espacios, que aquellos ejecutados directamente para comer sus cadáveres o explotarlos hasta la muerte. El comportamiento humano reproduce los protocolos de la persona violadora sexual, centrando un objetivo para vulnerarlo con violencia y conseguir satisfacción personal. A veces las violaciones son colectivas, entonces parecen menos violaciones porque usan el pretexto de la democracia: lo común y grupal es bueno, el maldito utilitarismo. La sociedad grupal, con comportamientos invasivos colectivos, provoca efectos masivos en la tierra. Los aparentemente triviales caprichos ecoilógicos que nos concedemos cada día gracias a nuestro inflado poder adquisitivo, producen una huella ecológica profunda al otro lado del planeta.


El cierre paulatino de los parques zoológicos tradicionales debe ir ligado inexorablemente a un concepto geopolítico de decrecimiento económico que deje de expoliar la naturaleza, para pasar a interactuar con ella. Con sus leyes. Por culpa de lo contrario los orangutanes bebés se abrazan a sí mismos, lloran aterrados, mirando el mundo con los ojos más tristes que puede tener la vida, los de la muerte emocional. La carencia de la madre es una tortura peor que la física, la cual se cura por propia fisiología. Perversamente planeamos el nacimiento y la muerte de las personas no humanas con intención de devorar sus cuerpos ejecutados, hay algo protohumano en ello. Todo es protohumano en ello. Somos una especie perversa que premedita deleitándose con las personas que esclaviza y ordena nacer y ordena morir. Nada que ver con la depredación del león o la orca. El princípio de cautela y de la no-acción preventiva está profundamente reñido con la doctrina del “lo quiero todo y lo quiero ya”. La ciudadanía no destruye más de lo que lo hace, únicamente por una falta de dinero para hacerlo, no porque no existan medios y creatividad para ello. Somos artistas de la destrucción, las más fecundas virtuosas del arte de extinguir, violar hasta la extenuación o explotar hasta desertizar, y en esta crisis ecológica actual, no cabe el bienestarismo, sino el decrecimiento, la detención inmediata del proceso industrial y el desarrollismo tecnocrático.
Pretender que existe un método humanitario de ejecutar a una persona es como anhelar que la igualdad sea que todos los países del mundo tengan nuestro nivel de consumo. Y que nuestros privilegios actuales se conviertan en privilegios globales. La Tierra ha sido prostituída hasta la llaga para lucro y despilfarro de la sobreabundancia. Lo barato y lo lujoso es económico a nuestros bolsillos, pero tiene un coste ambiental. NO satisfacemos necesidades, sino caprichos. La mitad del papel producido en el mundo es usado en embalajes, y de la otra mitad, la mayoría se va en publicidad. Una sola tonelada de celulosa exige 3 metros cúbicos de madera, 3 toneladas de agua, 60 toneladas de gas y 140 kilos de productos químicos. La producción de masa forestal para las papeleras provoca desertización, infertilidad del suelo, contaminación de aguas subterráneas, incendios, así como la liberación en la tierra de metales pesados, disruptores endocrinos o furanos. Según cada país la media de consumo varía, pero en el modelo occidental este consumo se acerca a los 200 kilos por persona/año. La crisis económica del llamado primer mundo es una falacia de una sociedad enloquecida, plaga de niñas malcriadas y exigentes que hacen oídos sordos a las quejas de quien sufre para poder satisfacer sus exigencias, con tal de obtener su caramelo. Las guerras de lanzamiento de hamburguesas en las universidades norteamericanas, la tomatina española donde la gente se divierte arrojándose toneladas de tomates, los miles de toneladas de carne desperdiciadas en las basuras de supermercados y viviendas, los millones de vidas ejecutadas para nada, el despilfarro mundial de vidas de un estupido sistema basado en la destrucción de la naturaleza, bajo el pretexto de que todo es comida y el planeta está para servirnos como un esclavo. No, no todo es comida, la gastronomia arrasa ecosistemas completos y representa la muerte de zonas oceánicas, porque lo que llamamos bíblicamente "el pan nuestro de cada dia" es un exceso.
¿Con que derecho criticamos a las corporaciones que privatizan y embotellan el agua que bebemos?. ¿De la mano de qué legitimidad cuestionamos la altura ética de las asesinas que nos traen la carne a nuestros propios platos y la leche a nuestros vasos? ¿Bajo qué ley defendemos la ley, si está redactada por las verdugas? Quien nos defiende de nuestras defensoras?. ¿Es el pueblo soberano de su suicidio? ¿Es una parte del pueblo soberano cuando decide matar a la otra? ¿Que es el derecho a decidir y hasta dónde la opinión individual juega un papel en la toma de decisiones comunes? ¿Es una pedófila mejor si la comparamos con una nazi?.... Las cuestiones están ahí, pero la banda sonora de la pelicula de moda suena más fuerte que nuestra conciencia, y las preguntas se pierden como susurros ante el trueno. Los dulcisimos vencejos color tierra de las paredes interiores de las cataratas de lguazu y la hierba cubriendo como un vello la tierra, parecen menos importantes que la película que las muestra.
En un rincón de ese caos insaciable de pretextos, argumentos, egolatrías y estupidez supina, una pequeña vida se abraza a sí misma, rompiéndose de tristeza contra el suelo y las paredes, devorada por la soledad y la falta de su madre. Seamos capaces de ponernos en su lugar.