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lunes, 15 de mayo de 2017

PRIVILEGIOS




Los pequeños orangutanes huérfanos se abrazan a sí mismos, rodando sobre el suelo de hormigón del orfanato, o se acercan contra una pared, sedientos de contacto. La soledad les muerde de tal modo que todo sus sistema neuroreceptor y psicosomático se desestabiliza, entran en colapso afectivo, en shock emocional, como cualquier bebé mamífero, lloran, cabecean, y se duermen zonas de ellos asociados a la confianza, lo cual puede dejar secuelas y traumas de por vida. Los orangutanes bebés están vinculados estrechamente a la madre durante los primeros seis años de su vida, son una extensión de ella, como un sólo cuerpo en permanenente contacto. El orangután bebé NECESITA de ese abrazo, el abrazo de la madre perdida.

Más de 5000 orangutanes desaparecen cada año para la avarícia y la gula de los seres humanos por la deforestación provocada mediante incendios premeditados o la intensificación de cultivo de palma, un aceite de alta coagulación presente en la mayoría de los productos alimentarios y cosméticos del subdesarrollado mundo enriquecido. Ya no es necesario matar directamente a las especies, la Sexta Extinción provocada por nuestra actividad antropocénica sobre el planeta encoge los ecosistemas donde convivimos con trillones de individuas, matándolas de claustrofobia, de ostracismo, de falta de recursos y de estrés. No hace falta la caza, ni las granjas o el omnivorismo para exterminar individuas y especies, basta con robarles sus territorios, con comprar tierra para la avarícia y desterrarlos de ella. Aparte de la increíble tragedia de por sí, la desaparición de los grandes simios -aquellos genéticamente más vinculados a nosotras, como son orangutanes, chimpancés, gorilas y bonobos-, evitaría también su estudio zooantropológico, facilitando el oscurantismo de las creacionistas, que siguen inexplicablemente aferradas a su absurda idea de dios.

Mueren más animales en el mundo por culpa de nuestro invasivo comportamiento patriarcal y ladrón de espacios, que aquellos ejecutados directamente para comer sus cadáveres o explotarlos hasta la muerte. El comportamiento humano reproduce los protocolos de la persona violadora sexual, centrando un objetivo para vulnerarlo con violencia y conseguir satisfacción personal. A veces las violaciones son colectivas, entonces parecen menos violaciones porque usan el pretexto de la democracia: lo común y grupal es bueno, el maldito utilitarismo. La sociedad grupal, con comportamientos invasivos colectivos, provoca efectos masivos en la tierra. Los aparentemente triviales caprichos ecoilógicos que nos concedemos cada día gracias a nuestro inflado poder adquisitivo, producen una huella ecológica profunda al otro lado del planeta.


El cierre paulatino de los parques zoológicos tradicionales debe ir ligado inexorablemente a un concepto geopolítico de decrecimiento económico que deje de expoliar la naturaleza, para pasar a interactuar con ella. Con sus leyes. Por culpa de lo contrario los orangutanes bebés se abrazan a sí mismos, lloran aterrados, mirando el mundo con los ojos más tristes que puede tener la vida, los de la muerte emocional. La carencia de la madre es una tortura peor que la física, la cual se cura por propia fisiología. Perversamente planeamos el nacimiento y la muerte de las personas no humanas con intención de devorar sus cuerpos ejecutados, hay algo protohumano en ello. Todo es protohumano en ello. Somos una especie perversa que premedita deleitándose con las personas que esclaviza y ordena nacer y ordena morir. Nada que ver con la depredación del león o la orca. El princípio de cautela y de la no-acción preventiva está profundamente reñido con la doctrina del “lo quiero todo y lo quiero ya”. La ciudadanía no destruye más de lo que lo hace, únicamente por una falta de dinero para hacerlo, no porque no existan medios y creatividad para ello. Somos artistas de la destrucción, las más fecundas virtuosas del arte de extinguir, violar hasta la extenuación o explotar hasta desertizar, y en esta crisis ecológica actual, no cabe el bienestarismo, sino el decrecimiento, la detención inmediata del proceso industrial y el desarrollismo tecnocrático.
Pretender que existe un método humanitario de ejecutar a una persona es como anhelar que la igualdad sea que todos los países del mundo tengan nuestro nivel de consumo. Y que nuestros privilegios actuales se conviertan en privilegios globales. La Tierra ha sido prostituída hasta la llaga para lucro y despilfarro de la sobreabundancia. Lo barato y lo lujoso es económico a nuestros bolsillos, pero tiene un coste ambiental. NO satisfacemos necesidades, sino caprichos. La mitad del papel producido en el mundo es usado en embalajes, y de la otra mitad, la mayoría se va en publicidad. Una sola tonelada de celulosa exige 3 metros cúbicos de madera, 3 toneladas de agua, 60 toneladas de gas y 140 kilos de productos químicos. La producción de masa forestal para las papeleras provoca desertización, infertilidad del suelo, contaminación de aguas subterráneas, incendios, así como la liberación en la tierra de metales pesados, disruptores endocrinos o furanos. Según cada país la media de consumo varía, pero en el modelo occidental este consumo se acerca a los 200 kilos por persona/año. La crisis económica del llamado primer mundo es una falacia de una sociedad enloquecida, plaga de niñas malcriadas y exigentes que hacen oídos sordos a las quejas de quien sufre para poder satisfacer sus exigencias, con tal de obtener su caramelo. Las guerras de lanzamiento de hamburguesas en las universidades norteamericanas, la tomatina española donde la gente se divierte arrojándose toneladas de tomates, los miles de toneladas de carne desperdiciadas en las basuras de supermercados y viviendas, los millones de vidas ejecutadas para nada, el despilfarro mundial de vidas de un estupido sistema basado en la destrucción de la naturaleza, bajo el pretexto de que todo es comida y el planeta está para servirnos como un esclavo. No, no todo es comida, la gastronomia arrasa ecosistemas completos y representa la muerte de zonas oceánicas, porque lo que llamamos bíblicamente "el pan nuestro de cada dia" es un exceso.
¿Con que derecho criticamos a las corporaciones que privatizan y embotellan el agua que bebemos?. ¿De la mano de qué legitimidad cuestionamos la altura ética de las asesinas que nos traen la carne a nuestros propios platos y la leche a nuestros vasos? ¿Bajo qué ley defendemos la ley, si está redactada por las verdugas? Quien nos defiende de nuestras defensoras?. ¿Es el pueblo soberano de su suicidio? ¿Es una parte del pueblo soberano cuando decide matar a la otra? ¿Que es el derecho a decidir y hasta dónde la opinión individual juega un papel en la toma de decisiones comunes? ¿Es una pedófila mejor si la comparamos con una nazi?.... Las cuestiones están ahí, pero la banda sonora de la pelicula de moda suena más fuerte que nuestra conciencia, y las preguntas se pierden como susurros ante el trueno. Los dulcisimos vencejos color tierra de las paredes interiores de las cataratas de lguazu y la hierba cubriendo como un vello la tierra, parecen menos importantes que la película que las muestra.
En un rincón de ese caos insaciable de pretextos, argumentos, egolatrías y estupidez supina, una pequeña vida se abraza a sí misma, rompiéndose de tristeza contra el suelo y las paredes, devorada por la soledad y la falta de su madre. Seamos capaces de ponernos en su lugar.





lunes, 24 de abril de 2017

MUCHO PEOR







Últimamente rueda este video en las redes sociales, una persona cazadora de un club cinegético de una población catalana, apuñalando a una jabalina embarazada, mientras los perros -que esa misma persona torturó durante años para conseguir que fueran buenos inmovilizando "presas"-, la sujetan a dentelladas. Otra vulgar ejecución, la historia de la gente cobarde que en grupo violan a una hembra, la historia de la gentuza mezquina que inmovilizan a una persona mientras otra la apuñala repetidas veces, sucede a menudo en los barrios marginales, y entre las mafias de la droga que tantos beneficios ofrecen a las economías nacionales. Esta ejecución probablemente reporta mala fama, y habrá llevado las manos a la cabeza a miles de apasionadas de la caza, como sin duda haría si viviera al bueno de Delibes (persona asesina con dotes para la literatura, como muchas otras artistas... pero asesina). Las aficionadas a fusilar judias o a ejecutar toros en plaza y otras gentes de ley, critican dicho chapucero comportamiento por no ajustarse a los principios de honor, ética, paridad de duelo, astucia y otras tonterías que se supone lleva consigo la noble tradición de cazar.

Llegado a este punto, ya cabe decirlo: las cazadoras son sacos de mierda, escoria que las leyes no permiten erradicar del tejido social, obligándonos a verlas deambular entre la gente normal, libres, e incluso escuchar a veces en espacios públicos. Unas mierdas ecoterroristas que asesinan de mil modos, disfrutan sacando intestinos ajenos, decapitando y castrando los cadáveres, porque descargan ahí sus frustraciones, su naturaleza tóxica y quien sabe qué basura más. La gente cazadora, perteneciente a una banda armada ecoterrorista, cromañonas del siglo XXI, incapaces de pasar el domingo paseando el prado o un parque urbano, como toda hija de vecina, no vacilan en usar a quienes las denigran con el arma preferida del fascismo: las leyes. Esto es legal, por lo tanto es bueno. Con ese tarareo vienen esclavizando el sentido común y la libertad, los ya 80 años que llevamos de franquismo en el estado español.



https://www.facebook.com/sibylle.mesaros/videos/1001662956631946/
 
 
Pero lo que mucha gente normal no sabe es que la caza es peor, mucho peor de lo que vemos. Lo que no se ve en la caza es similar a lo que esconden los mataderos y las granjas de cría y engorde, porque el trato a los animales no humanos, las torturas que les infringen, las exclavitudes a las que las someten, los asesinatos impunes, no tienen más que una regulación ambigua, y en última instancia su rigor a la hora de aplicarse queda en manos de la mera perspectiva de quienes poseen a dichos animales. Cuando los ojos ni las cámaras apuntan, la mierda actúa a pleno rendimiento, y golpea muy duro. Lo que gentuza enferma y psicópata hacen con los animales no humanos con o sin el beneplácito de la jurisprudencia supera con creces todos los infiernos que el ser humano imaginó en sus ficciones artísticas o religiosas. La generosidad de la naturaleza es tan desproporcionada e ilimitada como, en una linea de acción inversamente proporcional, lo es la crueldad de la escoria del humanismo, la gente cazadora.

Zorros vivos con los globos oculares enucleados, ciervos con patas rotas deambulando durante días, desangrándose lentamente por una bala en mal sitio pero no mortal. Cachorros de madres ejecutadas, que mueren lentísimamente de hambre en sus madrigueras, esperando la imposible vuelta de mamá. Cepos y lazos que dejan morir durante días a los animales atrapados. Animales eviscerados y despellejados vivos porque la piel se desprende mejor. Galgos ahorcados con una longitud de cuerda que les asfixia durante días hasta la muerte. Galgos abandonados en el monte con palos atados en la boca, para evitar que se alimenten. Perros vivos arrojados a pozos. Camadas enteras de perros reventadas en bolsas contra un muro. Jabalíes con colapsos cardíacos, espasmódicos agonizando entre los arbustos. Animales que deambulan el bosque desangrándose con partes de su cuerpo arrancados a perdigonazos. Juegos crueles y sádicos de cazadoras con animales moribundos. Castraciones y mutilaciones de trofeos aún vivos para hacerse fotos ridículas con ellos. Ejecuciones de animales para nada, sin recuperar la presa, por el placer de matar. Animales atropellados y dejados paralíticos en una muerte lenta por los automóviles de las cuadrillas. Asesinatos de las madres a ojos de las crías, previo al disparo en la cabeza de ella o a su secuestro y encierro de por vida. Aborto y ejecución de los fetos de madres asesinadas en batidas. Bebés golpeados con barras de hierro y desollados aún vivos. Trata de camadas para venta y comercio local y extranjero. Redes con pájaros con miembros dislocados o desnucados. Animales cegados por tiros o flechas erradas. Niñas humanas corrompidas por cazadoras que las obligan con chantajes a codificar los asesinatos y a cometerlos. Animales cuarteados vivos, y ridiculizados en escenografías post mortem... Muchas son las vulneraciones, muchas las infamias, y muchas más las que no conocemos ni conoceremos, porque los animales no humanos son cosas para la gentuza que se dedica a la caza.

La caza es mucho mucho peor que lo que conocemos por cazar, no hay nada telúrico o elevado, es una sangrienta orgía de estupidez y muerte que debe abolirse cuanto antes, porque degrada a la sociedad al nivel de esas mugrientas protohumanas, con una licencia para ejecutar expedida por leyes protohumanas, y porque la vida de los animales, de cualquier animal en la mira telescópica, es mucho más valiosa que la de sus asesinas.




domingo, 9 de abril de 2017

La Vida en un minuto

LA VIDA EN UN MINUTO


Por unos segundos, el camión se detiene en la retención. El sol inunda el contenedor en un precioso día de septiembre. Un delicioso hocico rosado y unos somnolientos ojos dulces asoman buscando esos rayos benignos. Aspira el aire fresco, lo goza, le llena una plenitud jamás antes conocida, y se baña placentero en el radiante amarillo solar. El azar ha concedido apenas unos centímetros de sol, pero su hocico brilla y se balancea respirando ese sol y ese aire. Es su segundo viaje, el primero fue de lechón, hacia la granja de engorde. Es su último viaje. A pocos kilómetros el matadero de porcino espera su cuerpo provisionalmente vivo, le esperan gente que vive de matar y para matar, asiendo la pistola que penetrara en su cerebro. Su vida se escapará definitivamente por la reja del alcantarillado.
En su cerebro molido por las esclavitudes, disfruta el rayo de sol en una triste asociación de derechos fundamentales y exterminio. Luego la nada. No habrá nada más. Nada de absurdos karmas de regreso para su asesina, nada de otras vidas, nada de muertes amables o crueles. Le espera la nada, como a todas. Pero esta es una nada injusta, por prematura. De momento la hermosa criatura saborea ese rayo de sol como si no existiera nada mejor en el mundo. No conoció el amor, ni el derecho a ser él mismo, ni la belleza de la libertad. Sólo es un peso en kilos en un camión, llevado a la muerte.
Cuando escribo esto él ya no existe. No pude hacer nada. No me rogó por su vida, no tembló ante mí pidiendo ayuda. Y yo no hice nada. Disfrutó ese sol con su triste biografia, ignorante de su destino, incapaz de comprender la nauseabunda perversión de sus verdugas y la gente que compró al día siguiente su cuerpo descuartizado, para deleitarse unos minutos a costa de su vida. Carne es asesinato, se puede decir más alto pero no más claro. Carne es violaciones, dolor, tortura, esclavitud, y ningún tipo de carne ha sido hecha de otro modo, por más pretexto que le pongan. Todas las peliculas de terror, todas nuestras más horrendas pesadillas y pánicos imaginarios que no llegarán, son la vida de millones de personas no humanas. Carne es asesinato, cualquier otro modo de decirlo es pactar con la mentira.
A veces los animales nos morimos por hemorragias internas. A veces de ser matados a golpes, nos rompen por dentro, nos revientan órganos y morimos de ser matados. Parecemos dormidos porque no se ven heridas ni sangre, pero los infringimientos están por dentro y duelen igual, y matan igual. Nos las provocan los golpes de un marido celoso, de una ganadera colérica, de una policía soberbia, de una neonazi. Somos las hemorragias internas del mundo y morimos sin sangrar visiblemente, en los habitats de hormigón que nos inventaron nuestras verdugas, en las jaulas de la leche, en comisarías y campos de concentración, en la vulnerabilidad de pernoctar en un parque o ser fémina, en la vulnerabilidad de ser considerada inferior. Los animales nos morimos de ser inferiores ante los ojos de otras.
La peor muerte es aquella de ver morir a quien se ama. El amor no pacta, igual que la muerte. Por eso no podemos poseerlo, porque el amor es por definición, libre. Nadie pertenece a nadie, pero todas somos de la muerte. Y de la vida. Cuando creas que tu vida es un fracaso y cuando tu infelicidad te domine, piensa en los pollos que ven el sol por primera y última vez cuando son transportados al matadero...

La carne no habla. Por eso no sabemos que el cuerpo vivo que la creó se asfixió durante minutos, antes de que su corazón colapsara y pudiera ser troceado. La carne es muda. El dolor de una infección de oídos en un cerdo no medicado porque iba a ser ejecutado en breve, no le cuenta a aquella persona que compró su carne, el intenso sufrimiento de esa infección. Los días de transporte en abrasadora sed, o la ceguera de un ternero que se clavó durante el trayecto algún perno de la caja del camión. O aquel caballo que se atascó la pata en el remolque y quebró su hueso, obligado a viajar así, colgando de la fractura, durante horas y días antes del matadero. La carne calla, finge ser producto, por eso podría proceder de una refugiada, de una niña huérfana, de una trabajadora que cayó en la máquina trituradora y se hizo hamburguesa o gelatina para subproductos. Porque la carne es neutra. La carne es cosa, la carne es nada. Cuerpos derrumbados sobre las baldosas resbaladizas de la sangre fresca. Ojos en midriasis, mandíbulas desencajadas y dientes rotos por la violencia del golpe. Se desploman como pesados fardos, como montañas de vida en shock sobre la cual llueven manoseos y cuchillos, cadenas que lo alzan de una pata para descuartizarlo, todavia vivo. En cuestión de minutos los metales entran hincándose en el sagrado cuerpo, lo separan, lo desencajan, lo descoyuntan, desollan la piel pegada, lo desordenan. Toda una biografía ha sido reducida a despojos y pedazos enormes de carne cuyos músculos aún tienen espasmos automáticos, como si esa carne aún fuera consciente. Es la apoteosis de la crueldad, es el máximo exponente del crímen, es el climax de toda violación. No hay imagen más explícita para definir a nuestra especie que la mecanización de la muerte y el desgarro horroroso de los cuerpos. Esos cuerpos calientes y llenos de posibilidades, deseos, ganas de paz, han sido reducidos a mercancías. Ningún dios ha sido tan cruel como el patriarcado especista.

Pero la carne fue. Febrilmente vida, fue. Fue músculos y tendones tensados en un salto de juego o en una convulsión. Fue tuberías dúctiles por donde entró hierba u oxígeno y alimentó la suprema rotundidad de la vida. La carne fue vida, esperanzas, amor, ternura, miedo, dolor, estrés, ansiedad, risa, timidez, mezquindad, sensibilidad, inteligencia, personalidad, paz, desasosiego, individualidad, unicidad, un universo perfecto... destruído por placer. La carne es violación, ejecuciones sumarias, egolatría perpetuada, soledad, terror, por más que la miremos como trozos de nada. Fueron alguien. La carne fue alguien que quiso vivir. Y en realidad, la conducta omnívora no disimila de la violación sexual: hay un trozo de carne fresca a conseguir, y no se repara en medios para hacerse con él.

Pero el veganismo no es suficiente, hay que actuar. La lucha es económica, claro, y politica, pero sobretodo ética, por lo tanto no admite indiferencia. Hay que protestar, resistir, chillar, causar verdaderos problemas y visualizar a todos esos hocicos en la sombra, a todos esos picos en la penumbra, a todas esas niñas enjauladas. Combatiendo la superestructura de un sistema de muerte mecanizada insufrible al humanismo. El antropocentrismo debe extinguirse por el bien de la naturaleza y de nuestra propia especie. El veganismo es un proceso eticofilosófico sin precedentes en la historia de la humanidad porque por vez primera actua en beneficio de seres no pertenecientes a nuestras especie, aunque sea por razones aplicables a nuestra especie (inteligencia, personalidad, sentimientos, sintiencia...).
Las violaciones sexuales a mujeres, la brutalidad en los mataderos y granjas, el terrorismo machista, el comercio de carroñas, la crueldad infinita con las niñas,... no son cometidas por monstruas despiadadas y babeantes. Las nazis compraban el pan y cantaban nanas también. Todo ello es realizado por gente aparentemente normal, en el seno de famílias y hogares conyugales. O es considerado trabajo normal del cual dependen las economías nacionales. La normalidad y la frivolidad del horror caracteriza la indiferencia, por eso hay que romper la normalidad, reinventarla, construir una nueva normalidad de cultura de cuidado, que erradique cualquier escena cotidiana, donde el hocico de una inocente asomando por una prisión conducida a su exterminio, simplemente, no suceda.
Se lo debemos, después de miles de años de horror, se lo debemos. Y lo sabemos.


lunes, 13 de febrero de 2017

CISNES MUERTOS, CARNE FRESCA



Cuando alguien revela su nacionalidad en un ambiente de gente poco neuronada, no falta quien hecha mano del recurso del estereotipo para poder hacerle preguntas triviales y manidas, o para suponer realidades. Así, una persona española fuera de su país natal sería considerada una aficionada al flamenco o a los toros, del mismo modo sería ofensa grave molestar a una inglesa a las cinco en punto, porque es obvio que está bebiendo té, o el acto de invitar a comer a una china implica hacer una buena olla de arroz, que es lo que las gusta... En la misma dinámica perezosa de pensamiento sabemos que las árabes son terroristas, que las judías quieren conquistar el mundo, que las cazadoras entienden de medio ambiente o que las veterinarias aman a los animales.

La versión masculina del amor romántico tiende a valorar nuestros actos positivos y a esconder bajo la alfombra nuestras supuestas imperfecciones, aquello que no concuerde con un ideal preestablecido, por mor de un ideal amoroso; asociando en la mimsa línea, que aquellas personas que hacen algo, lo realizan por vocación, por tenacidad heróica o por simple y puro amor. Un macho que asesine a su esposa es de suponer que habrá sido sometido a una presión tan increíble que lo ha sobrepasado y no ha tenido otra opción más que estrangular a su pareja, presentándolo como víctima de las circunstancias, y evitando una realidad más simple, como la de que era una persona violenta, adicta a la carne y mezquina hasta el punto de no valorar la vida. Un peligro para la sociedad, como vemos. Esa suposición tóxicamente ingenua se aplica al amor de la persona aficionada a las corridas de toros por los animales a quien disfruta viendo ejecutar, o el amor de la veterinaria a sus clientas no humanas.

En el año 2006 un brote de gripe aviaria de cepa H5N1 obligó a las siervas especistas del capitalismo a ejecutar sumariamente a 140 millones de aves, las cuales amenazaban según versión oficial, con contagiar a seres humanos, a poblaciones salvajes de otros animales y sobretodo al grueso de la mercancía: las millones de las “cosas cárnicas provisionalmente vivas” en que el mercado ha transformado a los animales no humanos. Todos los controles, las inmensas dosis de preventivos químicos, las miles de toneladas de antibióticos, precedentes en la rama, métodos de tratamiento garantizados, aislamientos estrictos, exigentes protocolos de bioseguridad internacional y actuación eficaz ante pandemias... simplemente se esfumaron en un instante para ir tirando de la solución rápida del exterminio. Era su modo de demostrar lo habitual: el fracaso, la impotencia, la ineptitud y de paso tratar de detener lo imparable. Lo hacen cada vez que la naturaleza decide demostrar quién manda y señalar a la más estúpida de la especies, capaz de considerar que la artificialidad puede tener algún éxito en un mundo hecho por y para la biología.


En Toruñ (Polonia), por ejemplo, aquella primavera del 2006, 39 cisnes fueron capturados, analizados, “aislados”, declarados positivos en dicha enfermedad. Unas semanas despúes, fueron ajusticiados de una inyección de veneno en el cerebro, pese a nuestras quejas. Tuve oportunidad de asistir al lamentable proceso, un exceso de provincianismo tan pésimo como habitual, anclado en el temor que esas aves infectadas contagiaran a otras aves, a seres humanos y demás animales. La inspección veterinaria, las expertas en pandemias y etología, las biólogas y las tecnócratas hicieron lo que mejor saben hacer: firmar sentencias de muerte. Tras ser “saneados” los plumíferos obstáculos del afán carnista, el ayuntamiento -en compensación-, erigió un modesto monumento en memoria de las víctimas.

No, los cisnes no cantaron antes de morir, su cerebro ardió y eso fue todo.

La pandemia secuencial es algo muy grave, pero es como recoger agua del océano, esperando vaciarlo, porque los virus se hacen más fuertes, encuentra el modo de reincidir, mutan, se reinventan, y surgen de nuevo aquí y allá, demostrándonos que nuestros sistema de seguridad nacen obsoletos, estando dirigidos únicamente a apaciguar el terror de las consumidoras. Únicamente a eso: a no perder dinero. Por otro lado pude tomar algunas fotos del lugar donde tenían encerradas a las aves, a escasos 400 metros del centro histórico de la población, en un espacio abierto aunque vallado en el cual los cisnes tenían contacto físico directo con algunos miembros libres de su família que habían dado negativo en las pruebas y había sido de nuevo liberados. A través de las rejas, las aves condenadas por el régimen especista, se olisqueaban y frotaban sus picos con sus compañeras libres, mimándose, acariciándose, preguntándose y demostrando una vez más la negligencia que caracteriza los protocolos veterinarios, meras payasadas pseudocientíficas destinadas a un teatro de apariencias mercantil y despiadado.

Estética sin ética es como ciencia sin conciencia. Creer saberlo todo es el modo más elocuente de decir “no quiero saber nada más”, y mi experiencia con los cisnes es apenas una gota en el persistente goteo de las enfermedades contagiosas de la industria de explotación animal. Los accidentes suceden cada día, y las veterinarias ( que son, salvo muy raras excepciones, mera servidumbre genuflexada a la industria cárnica) simplemente no están capacitadas numérica ni fácticamente para controlar pandemias de otro modo que no sea como se hace hoy día, habiendo un número tan limitado de trabajadoras ante la desproporcionada cifra de animales explotados para la gula de patriarcapitalismo.


Al planeta le sentamos mal, somos su cáncer, con millones de tumores y metástasis en cada país, en cada región, en cada población. Resulta paradójico que un mundo donde jamás antes hubo tantos medios para comunicarnos, nos haga tan aisladas y tan prestas a no entendernos. Una sociedad más segura es aquella donde las personas violadoras no salen de noche ni acechan a mujeres solas. Una sociedad más segura es aquella donde las personas pederastas se encierran en su caverna de miserias y no salen de allí. Una sociedad más segura es la del fin del carnismo, como agente emisor de pandemias, no la de ir parcheando con tiritas, la gangrena de las inevitables fugas de esa sopa de virus llamada granja industrial.