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miércoles, 7 de enero de 2026

La vida huele

A veces las ovejas Maya y Sol se quedan mirando muy interesadas en un punto fijo del infinito, las yeguas también lo hacen, pero las cabras no. Hace años que lo observo, se quedan viendo algo que yo no puedo ver. Miro hacia donde ellas miran y no veo nada, escucho en la distancia y tampoco hay sonidos. Seguro algo se me escapa, pero tiendo a pensar que se ensimisman, reflexionan, tienen pensamientos interiores que acaparan su atención sin necesidad de cerrar los ojos, así como nosotras hacemos. En definitiva sospecho que tienen vidas interiores ricas, propias de mamíferos llamados ¨superiores¨ con compleja y densa red neuronal, así como millones de sinapsis. Piensan en asuntos más complejos que los básicos, de eso no me cabe duda. Los perros también miran al infinito, y se ensimisman, pero es fácil deducir que a menudo es porque escuchan sonidos inaudibles a nuestra poco desarrollada audición, así como los gatos. Las ovejas en cambio se convierten en estatuas. A menudo las veo y siempre actúo buscando algo con ellas, mirando hacia lugar donde miran y siempre acabo no encontrando nada. Por descarte a esta observación añado que cuando miran algo en concreto que sí existe, alguien que pasa, algún ruido manifiesto, yo trabajando fuera, animales salvajes... y entonces miran de otro modo, menos introspectivo, más conectadas con eso que sí existe. El sentido de mi vida creo que a veces es simplemente llegar a saber un poquito qué piensan los animales, su mundo es definitivamente más rico sensitiva y emocionalmente que el nuestro, más racional y sensato, más pacífico y bueno. Sí, mejor.


El año pasado el Papa León XIV advertía que la naturaleza no es un camino espiritual, sino una creación de su dios, y que si se respetaba, debía ser bajo ese postulado de creación-obra. No es extraño que la secta católica considere y advierta la espiritualidad con la naturaleza como una enemiga natural de su negocio, el diálogo con la naturaleza más allá de una visión utilitarista o conveniente de ella, aparece de un modo casual, sin presiones ni instrucciones, directo, pese a que exista una clara jerarquía donde la pertenecemos y no al revés. Sin ser humano hay naturaleza, sin naturaleza no hay ser human. Pero a la naturaleza la podemos tratar de tú sin miedo, de un modo horizontal, armónico y fluido, sin necesidad de cláusulas, mandamientos, órdenes, advertencias, amenazas, chantajes ni falsas promesas. La hoja que miramos nos conmueve, la luz atardecida nos encanta, el río que discurre nos tranquiliza, el siseo del viento en la grama nos sosiega, la mirada de un ciervo entre los helechos nos deja sin aliento y la paz más profunda es la que proviene de acercarnos a la naturaleza, bien sea en una forma salvaje absoluta o en el simple chopo que crece en nuestra calle.


Una de las escenas cinematográficas que más me impactaron y sigue haciéndolo es la de la película Samsara del año 2001, donde un joven monje budista que ha estado meditando tres años en una cueva, sin comer ni beber, sin contacto con el mundo exterior, es despertado para regresarlo al monasterio donde vivía. Su despertar se hace con mucho cuidado, mimando el tempo de vuelta a sus funciones vitales, sabiendo que el paso entre dos mundos reflexivos-contemplativos debe ser dulce. Su musculatura está tan aletargada que no puede caminar y es llevado por otros monjes en una silla de madera. La escena de la que hablo sucede en ese momento del transporte, dura unos cinco segundos y consiste en un primer plano en que el monje admira extasiado una hoja seca que sostiene entre sus dedos mientras esboza una sonrisa leve de profundo agradecimiento por esa vida a la cual regresa. Sólo pensar en ella me enerva el vello de la nuca, hay mucha espiritualidad en esas imágenes, muchas capas filosóficas y mucha reflexión sobre nuestro vínculo con el planeta. La naturaleza es un regreso, una religión si se quiere, un estado de supraconsciencia. La naturaleza siempre fue todas las deidades que existen.


La premisa a la que más recurro a la hora de defender el valor de la vida -por el poder de convicción que considero que tiene-, es el hecho irrefutable de que es una excepcionalidad, un algo entre dos o varios tramos de nada. La vida, desde un punto de vista científico, es algo que sucede una sola vez, y todas las teorías o creencias que alimentan otras vidas previas o posteriores son mitos que reconfortan a quien se considera tan importante para querer haber vivido antes y pretender vivir después. Es importantísimo derruir esas creencias porque despistan sobre el verdadero valor de vivir, la sacralidad de la vida no dirigida simplemente a su morfología, sino a la personalidad exclusiva de ella, en el caso nuestro, de los animales. Despista pensar en otras vidas extras, tanto que llegamos a relativizar sobre la valía de la real, o considerar la muerte física y la devolución de las energías que nos componen sólo un mero trámite biótico, un cambio irrelevante. Todas las personas en cualquier caso, fingimientos aparte, sabemos del valor de nuestra vida pero entendemos ¨LA vida¨ como ¨NUESTRA vida¨, o acaso la de nuestras personas cercanas en el mejor de los casos, o el de la humanidad en la más generosísima de las situaciones, relegando la excepcionalidad de la vida a nuestro círculo afectivo, que puede incluso atañer a los animales con los cuales convivimos. Pero claramente quien paga para ejecutar animales y quien directamente mata animales, manifiestan un absoluto desprecio por esa unicidad, especialmente debido al hecho de que no necesitamos hacerlo como el tigre o el lobo. Ningún argumento científico justifica el consumo de carne o proteína animal.


La vida es un suceso anómalo que disfrutamos todas las individuas de todas las especies existentes, especialmente los animales, poseedores de concienca y en el caso de los animales con sistema nervioso, un disfrute añadido y una riqueza sensorial notable que nos hace acercarnos al placer y huir del dolor. Salvar a un animal a punto de ser matado, auparle al cariño, ayudarle a vivir no se diferencia en absoluto de ayudar a un ser humano. Esto en el fondo todo el mundo lo sabe, las jerarquías de valías son constructos unilaterales. Sabemos perfectamente que los animales saben vivir, quieren, lo desean con todas sus fuerzas, y disfrutan de su libertad tantísimo como sufren cuando de ella carecen. No necesitamos usar el cerebro, ni siquiera la empatía para saberlo, porque lo sentimos, somos copias emocionales y neurobiológicas de ellos, fuimos manadas de la misma fuente, del mismo océano madre, y sentir nos iguala, sentir es la única herramienta de una lógica común a todo lo que vive. El activismo, el proselitismo, el sentar ejemlos y precedentes es útil hasta cierto punto, no para hacer ver lo evidente sino para normalizar que hay algo más común que el deseo de matar, y es el deseo de salvar o no dañar, del mismo modo que quisiéramos ser salvadas si lo necesitáramos, y nunca querríamos ser dañadas ni matadas. Qué mejor y diferente sería el mundo si el ser humano se comportara como los buitres, los cerdos, los lobos, los burros, las ratas o las cucarachas, con toda la carga negativa que les adjudicamos con nuestros intereses, ascos irracionales y prejuicios falsos. Instintivamente los animales más débiles buscan con desespero y perseverancia asociaciones y alianzas, confían en la empatía, es su herramienta vital, el mutuo sentir, aquello que no es procesable por mecanismos cognitivos, sino que forma parte del deseo de la vida.


Mi posicionamiento político es la abeja y sólo rindo pleitesía a su majestad el bosque. El océano es apenas un superlativo de la gota de agua, una mera cantidad, una conjunción, pero en esencia es lo mismo el arroyuelo que el tsunami. No es necesaria más que la compasión y el respeto, pero si llegamos a alcanzar amar a los animales se revela como la principal alimentación de la fortaleza interior, porque es una emoción avalada en la pureza y la autenticidad. La falta de salud, dinero o amor no impide a los animales ser felices, les basta comida y buen sueño para mostrar su mejor versión de sí. Son infinitamente menos exigentes. Ellos estan entre nosotras, son nuestras profetas, ascetas, bodhishattvas, líderes espirituales, guías, santas... y no quieren nuestro perdon porque están por encima del bien y del mal, son ínfimas y colosales deidades que siguen sin desviarse el camino de equilibrio que un día perdimos y que nos muestran constantemente con su simple respiración.



De la misma letrina supremacista de donde surge que la raza árabe es inferior a la blanca, lo hace el delirio criminal de que los cerdos sirven para comer y los perros no. Hemos permitido que nuestra felicidad sea condicionada por la sociedad, los deseos ajenos y colectivos, la moda y la actualidad, las chucherías de lo banal. Una felicidad validada y aprobada por un ministerio de normativas que nos impone -para tratar inútilmente de satisfacerse- un sobreesfuerzo y un sacrificio de nuestras vidas y lograr así ajustarnos al modelo. La felicidad no es compleja, es simple como la de los animales, que nuestra pedantería haya diseñado mundos tecnócratas y dependientes para definirnos no significa que así sea realmente. La sociedad de la intangilibilidad virtual domina Occidente, de una cultura, arte, emociones y odios sin materia a la cual asirse, donde todo se reduce a conceptos etéreos de una realidad líquida recibidos desde la pantalla con apariencia de códigos premeditados y establecidos por consenso. No hay un árbol que tocar, un cuerpo peludo que nos acompañe, un instante de calma. La sociedad es un superlativo de mentira y fingimiento, por eso es racional y necesario que nuestro corazón sediento de algo real huya de ese artificio para refugiarse en los incondicionalmente cálidos brazos de la gratuituidad de la naturaleza, de la verdad y la sinceridad de los animales. Estar allí o el mero hecho de dirigirnos hacia ella, ya supone una liberación y una dicha pluscuamperfecta.


No hay más vidas, lo sabe el ratón y lo sabe el pollo. Vivir sin la esperanza de otra vida ayuda a vivir sin miedo en esta. Entramos en los bosques a devastarlos dejando a sus animales sin comida ni cobijo, que a su vez entran en los campos y las ciudades a alimentarse, y tampoco los queremos ahí. Podemos pasarnos la vida entera mirando animales y no verlos nunca. Sólo llegamos a verlos cuando nos reconocemos en ellos.


Las iglesias no son más que sadismo puro disfrazado de espiritualidad, un sadismo consistente en reprimirse por motivos extraños y reprimir no sólo a las creyentes, sino a todo el mundo. El sadismo de humillarse y humillar, disfrutar con el dolor y la carencia, transformando la muerte en virtud. En lugar de escoger un camino de paz, amor y vida, las iglesias escogen en primera y última instancia la guerra, la tortura, la agonía y el martirio como signos de identidad, en competiciones vergonzosas de sufrimiento y verdad más y más verdadera, muy propias de hombres y sus complejos. A todo ese entramado de chantajes, acusaciones, exclusión y amenazas, lo llaman evangelización y promover la fe. Pero no hay más que lo que tocamos y sentimos. La vida sabe, huele, luce, suena, se manifiesta muy elocuentemente y por más despreciable que nos parezca, nuestro cuerpo es la casa, el origen y el destino, sagrado si queremos, pero ni más ni menos que el de los demás, así como nuestra libertad lo es. Los animales no nos pertenecen, así como nadie nos pertenece ni pertenecemos a nadie. Somos parte y todo de un planeta de bosques y desiertos interconectados, de mares y vidas diversas, únicas y maravillosas, que coexistimos de fuera adentro y viceversa. Exigir respeto a nuestra vida y libertad sin ofrecer respeto hacia la vida y la libertad de las demás es injusto e inaceptable. Hemos venido a vivir, pero también a dejar vivir. Eso es espiritualidad.





miércoles, 3 de diciembre de 2025

MATADERO

 

La sangre del edificio emerge por una tubería a decenas de metros con un murmullo gutural cantarín y hacia el río. En hilos a veces y a trompicones otras, alternativamente sin una cadencia, empujándose una a otra, atropellándose como si estuviera espantada de lo que vio dentro. Toma varios tonos, el de animales adultos, otros muy jóvenes -niños en realidad-, hembras gastadas con los huesos esponjosos y crujientes de tanto parir sin pausa, algunos de esos huesos se chascaron con la manipulación de sus cuerpos durante el transporte y proceso de carnificación por lo débiles que estaban, descalcificados tras años de explotación. Sangre mezclada con la de hembras preñadas y sus fetos, degollados apenas fueron extirpados del útero caliente y tembloroso, sin tomar siquiera un primer trago de aire, sin el bautismo básico de la respiración. Todos esos sanguinolentos tonos amontonados de cuerpos diversos se aúnan en un sólo cauce, una confusa fosa común líquida y esparcida que se precipita y choca crepitando en magentas contra las piedras de los márgenes del río. Es un sonido sórdido, suena sordo y obsceno, inútil. Por la altura a la que cae alza pompas de translúcido rojo y rosa con un ribete beige, color de pus. Algunas burbujas son más grandes, tal vez debidas al miedo. Junto a la masa a veces espesa a veces fluida, corren también coágulos, formados por arrastrar suciedad en la carrera, o que ya existían dentro del cuerpo cuando vivía por las hemorragias internas, grumos informes, jirones de carne indefinidos, pedazos de médula ósea, cachitos de arterias, tráqueas, órganos seccionados por error en el apremio de la línea de descuartizado, pelos y mechones enteros, astillas de osamentas y de soledad...


Aún a cielo abierto la zona hiede a pornografía, a pecado lascivo, a crimen aconfesional, Los dioses de todos los hombres están aquí, carcajeándose impúdicos, mostrando su verdadero rostro, adolecido de estrategias y pretextos, apestoso y despellejado. Son los dioses del terror y de la náusea que bailan su fúnebre arrítmica melodía de ejecuciones al son de la flauta de una tubería por donde emerge la inconfesable e indecible falta de toda esperanza. En ese chorro de vergonzosa intimidad despilfarrada se halla la pérdida total de la noción básica del humanismo, como la sangre reseca estampada contra los muros de los paredones de ejecución, como la grasa pegajosa adherida a las paredes mugrientas de los hornos crematorios nazis, como la más elocuente sacrílega mención de la palabra fondo. La suciedad roja se engancha en la mirada, legado por antonomasia de nuestra especie, desquiciada amante de la muerte.


No tiene connotaciones ni lecturas, capas, sesgos o reflexiones, la palabra MATADERO significa siempre lo mismo. Hay mataderos casuales, frutos de la desavenencia intrínseca a los seres humanos y de su incapacidad de resolver conflictos sin violencia, y hay mataderos de personas no humanas, alegres, aceptados, bendecidos por la economía, que forman parte a su vez de la cultura e idiosincrasia, signos de identidad de una civilización fallida y profundamente mediocre. Cualquier país del mundo que albergue en su territorio edificios llamados Mataderos, lo delata como letrina moral. En todos los países del mundo hay mataderos, más pequeños, más industriales, más ¨humanitarios¨ pero siendo lo que son, infectos agujeros de fín. Para los animales carece de valor si fueron o no amados, o respetados, si poseían un nombre humano o sólo el suyo, si fueron ejecutados por un padre de familia rural o en una superfactoría de aniquilación. La casi totalidad de las religiones y culturas se alimentan de cuerpos diseminados, disgregados, que fueron premeditadamente forzados a nacer, a ser cebados, a sufrir lo inombrable, a ser ejecutados y descuartizados.


Cada persona es un ladrillo para esos edificios, y cada moneda que invierten alza muros, forja ganchos de colgado, afila cuchillos. La palabra Matadero une a violadores y a sus víctimas en el carnaval de los tendones seccionados, fascistas y antifascistas celebran sin el más mínimo escrúpulo pertenecer a la especie jerárquicamente superior que dicta quién vive y quién muere, mordiendo con gula por igual su pedazo de alguien. Activistas de izquierda y de derechas con gusto coinciden y se relamen ante un plato de asesinatos, católicas y protestantes, gente llamada buena y monstruos pederastas y femicidas, personas altas, bajas mujeres, hombres, minusválidas y no minusválidas, blancas, negras, rojas y amarillas, dejan de lado con alegría sus diferencias para comportarse como lo que son, engendros borrachos de sangre de matadero y carentes de cualquier deje de ética. La peor escoria del planeta no dista moralmente de la gente buena y pacífica ante un pedazo de cadáver cocinado. Sólo en España hay 650 mataderos legales donde se exterminana a 920 millones de animales, y en Polonia 207, los cuales exterminan a 840 millones de animales terrestres anuales. La suma en todo el planeta alcanza las 100.000 millones de vidas interrumpidas, bebés y niñas decapitadas, existencias frustradas que perdieron la única probabilidad de ser felices y vivir que tenían. Desde luego la cifra es más alta, hay muchísimas muertes de carácter ilegal, local, no declarados, sin tuberías a cielo abierto, donde la sangre mana a borbotones y se filtra por alcantarillas o la tierra mismo. Los animales se matan en casas privadas, por millones, en países donde las ejecuciones no son tan mecanizadas y su sagrada sangre se va por los desagües de las bañeras y los fregaderos, las rejillas de los patios en forma de hilos de sangre, chorros de sangre, ríos de sangre, cataratas de sangre.


Todos los horrores cometidos contra sí mismo por el ser humano son testimoniales e ínfimos ante la cantidad y la forma del genocidio animal, que ha crecido exponencialmente en los últimos 100 años y no para de crecer pese a ese supuesto aumento de la dieta vegana. La oferta se mantiene sin acorde a la demanda porque el capitalismo exige despilfarro y abundancia. Lo que los índices económicos llaman eufemísticamente crecimiento, progreso o bienestar no es más que una destrucción masiva de la naturaleza como jamás antes se había conocido, hasta límites de irreversibilidad. Las bombas nucleares no devastan tanto como la avaricia humana deforestando, hormigonando, expandiéndose como una metástasis. Es tal la magnitud que los animales mueren de cualquier manera, sin aturdimiento, sin inspección ni monitoreo, mecánicamente, como objetos. El animal ¨de consumo¨ es un referente ausente sobre el cual se ejercen rutinarios y diferentes tipos de violencia psíquica y física basados en estándares veterinarios y científicos pretenciosamente dirigidos a minimizar su sufrimiento, como si existiera una analgésia real, sin embargo no es otra cosa que lavado de conciencia social, negacionismo, confort psíquico y voluntad de querer tener las manos límpias. Pero los animales lo saben todo, huelen, escuchan y ven cuanto sucede con sentidos intuitivos mucho más desarrollados que los nuestros, son perfectamente conscientes de su destino, y son forzados en filas como hace 80 años en filas eran forzadas las presas a las cámaras de gas nazis. No es ninguna exageración comparar el genocidio animal con el nazi, en absoluto, incluso es ofensivo para los animales disociar los hechos, el modo y las cifras, porque el genocidio nazi duro unos años solamente y en una sóla hora de la actual producción de carne son exterminados más animales que durante toda la II Guerra Mundial. Somos recordistas de la muerte que aplacan su simple hedonismo con mil excusas, de carácter sanitario, legal, económico, de costumbre o tradición para satisfacer primitivos caprichos y ganar dinero a cualquier costa. Cuando la inteligencia sólo se utiliza para refinar el pretexto o justificar crímenes, entonces no sirve. Cualquier tradición que conlleve infringir sufrimiento a quien no quiere,debe desaparecer.



Es un fracaso absoluto de la justicia que el ser humano, habiendo creado los códices y leyes más sofisticados para esclarecer culpas y proteger a víctimas, sin importar procedencia, raza, tendencia sexual o status económico, acabe ejecutando sin raciocinio a los más inocentes y puros de todos por pertenecer a otra especie. Las especies animales todas ellas, deben ser sujetas de derechos colectivos e individuales a sus vidas, su libertad y su integridad, y ello implica defender paralelamente los ecosistemas en que viven desde muchísimos millones de años antes que la nuestra. La tierra no es un organismo vivo en sí, pero sí la suma de millones de millones de organismos que interactúan con los minerales, la metereológía, las estaciones y todas las demás especies. Resumiendo: nos necesitamos para existir y permanecer.


Quien no es capaz de sentir la verdadera dimensión del amor y de la muerte, jamás entenderá la verdadera dimensión de la vida. La espiritualidad no es mirar hacia arriba, sino hacia abajo. La tierra y la vida contenida son la respuesta perfecta a la pregunta perfecta, una falsa respuesta de conveniencia venial, económica, territorial o de otra índole que trate de justificar la destrucción de las condiciones bióticas que hacen que una especie perviva no es más que un balbuceo torpe e ininteligible.


El especismo abarca miles de actividades humanas contra los animales, no obstante la mera dieta vegetal soluciona el 98% del problema del especismo. Hay un pseudoanimalismo superficial instalado en el discurso pseudoanimalista, dispuesto a golpearse el pecho contra el consumo de carne de perro en países orientales, el cual -cuando no tiene un indisimulado tufo racista- sólo parece pretender despistar del hecho de comer carne de cerdo o pollo, como asuntos menores. El mismo pseudoanimalismo de gentuza aficionada a la corrida que argumenta que el toro ejecutado en la plaza vive mejor que la vaca explotada en una granja y, sin ser del todo mentira, pretende desviar la atención del bosque mirando a un sólo árbol. Son cortinas de humo, no es peor comerse a un perro que a una vaca que a una niña humana, por mucho que nuestra miope cultura lo haya normalizado.


Si la vida nos parece corta ¿acortar 4 veces la de una vaca sólo para el capricho de comer queso es correcto?. La pregunta es retórica, la respuesta es no. Aunque sepamos reducirlo a algo personal, no se trata de aceptar lo que a cada cual guste o no, el mundo no puede ni debe regirse por las consecuencias de las decisiones tomadas según un apego personal y aleatorio, sino por las más básicas reglas de justicia, decencia ética, empatía e igualdad, basadas en el hecho empírico de nuestra dependencia a la coexistencia con el planeta, con las otras especies vegetales y animales y con la sociedad humana, sin ellas jamás podríamos haber sobrevivido y jamás podremos llegar a permanecer. La noción de pertenecer a algún colectivo susceptible de ser discriminado aleatoriamente, como podría ser la gran mayoría de la humanidad, nos da una reflexión sobre lo erróneo o correcto de un comportamiento, basado en el principio de que no hagamos aquello que no queremos que nos hagan. Coexistir no es tolerar, sino respetar, involucrarse, cooperar, fluir unas con otras sin interceptarnos ni coartarnos, en la mayor armonía posible, escenario único para una paz común.


Una paz silenciosa que se ve retada y agraviada por el constante y ensordecedor burbujeo de la sangre de los animales desechándose en el río, a escasos metros de cualquier matadero. Un último sonido antes de la nada posterior con que la muerte convierte en nadie a alguien. Preciosísimas vidas animales que tuvieron la mala suerte de toparse con seres humanos.